LA PARTIDA

la dama7

Cuando ejecutaron a don Candelario Guerrero se perdió la tranquilidad.

Los crímenes se recrudecieron.

Una o dos veces por semana, los sicarios arrojaban cadáveres en las plazas públicas y carreteras.

El terror se inoculó por toda la zona serrana de Durango.

Indirectamente lo ocurrido me benefició.

Octavio pudo liberarse del compromiso de ser mi guardaespaldas. Optó  por unirse al capo que heredaba la plaza.

Hasta el malnacido de Guadalupe Carrizales huyó, antes de ser asesinado o procesado en un tribunal militar por corrupto, torturador y homicida.

También Serela logró deshacerse de la pesada carga vejatoria y reconciliarse con su pasado, al no ser abandonada por mis hermanos.

Todo ocurrió a mediados de 1991.

En esas fechas trabajaba de mesera en una taquería céntrica de San José de la Parrilla, propiedad de Carrizales.

En La Gladis, como se llamaba la taquería. En el local la clientela consumía tacos al pastor o de hígado encebollado. Y adquiría tachas de heroína y cocaína y marihuana, cerveza y mezcal.

En un tramo de la calle Vicente Guerrero nunca faltaban los soldados y policías.

En el mismo local y frente a mis ojos, un guacho ejecutó a dos chihuahuenses ebrios. Iban armados. Tuvieron los guevos de preguntar por el domicilio del alcalde.

Yo tenía veintiún años cuando presencie las ejecuciones.

Después de lo ocurrido, Gustavo me buscó en su motocicleta para llevarme al rancho.

En una de las polvosas curvas agarró hacia una brecha. Y diez minutos más adelante detuvo la marcha.

Primero nos besamos como poseídos y descargamos nuestras tensiones naturales. Después, me hizo una revelación:

—El jediondo de tu padrastro es un culo y anda de gallina, Princesa, y los cabrones del Pacifico amacizaron los negocios de por acá y nosotros cerramos filas. Y quiero que te vayas pa’Guadalajara y pongas algún tanichi o taquería y no es cábula. Le voy a dar unos cobres pa’que haga lo propio y me espere.

—Pero si usted ya es casado… —dije sin tono de reclamo.

—Eso ya lo hemos discutido mucho y ahorita el jolgorio es otro. Carrizales es un desertor y segurito que se irá de rata con los gabachos, porque aquí su cabeza de cagado tiene precio. Hágame caso, princesa…

—¿Y cuando quieres que parta?

Prontito y no se le olvide que usted siempre será mi morrita… Por la mañanita le llevo unos fierros y unas direcciones de Guadalajara pa’que se establezca y es posible que hasta la lleve a Nombre de Dios… No me falle, Princesa

He intentado reproducir sus palabras arrojadas en plena oscuridad. Desnudos y con las sudoraciones propias de dos calenturientos.

Estábamos conscientes que difícilmente podríamos vivir bajo un mismo techo, por culpa de mi violador y la protección ilimitada de don Candelario.

El tiempo había transcurrido muy prontito, como decía Carrizales.

De la adolescencia pasé a ser mujer, sin desatender y ocultar mis atributos físicos.

Por el contrario, me calentaba coquetear y comprobar cómo los desguevados vecinos y clientes de la taquería bajaban la mirada a mi paso.

No pude continuar mis estudios.

Dejé la escuela al terminar la primaria. Tampoco lo lamenté. Aprendí a leer con las fotonovelas e historietas que me regalaba Octavio.

En algunas noches llegué a soñar con casarme al lado de un hombre adinerado. Vivir en el extranjero y hablar inglés.

Serela fue enterada de mi relación con Octavio. La huida de Carrizales y la ejecución de don Candela rio le soltó la lengua a los vecinos.

Las dos habíamos compartido al mismo hombre. Si  llegué a aceptarlo fue para no lastimar a mis hermanos. Ellos nunca recibieron afecto y protección de Serela.

La violencia cotidiana de la región nos envenenó el alma.

Leopoldo y Albino siguieron los pasos de los pistoleros rascuaches y narcomenudista del montón. El más lepe, Agustín, pudo librarla al ser adoptado por una familia acomodada de Sombrerete, incapacitada para engendrar descendencia.

Carrizales lo aceptó. Temía que sus enemigos lo secuestraran y devolvieran en pedazos.

Octavio cumplió su palabra.

No solo me regaló veinte mil pesos, sino me llevó en taxi a Nombre de Dios, donde la pasamos juntos e hicimos algunas compras de ropa, calzado y un veliz con ruedas.

En la habitación del hotel bebimos mezcal e hizo el amor como condenados a muerte.

Era nuestra despedida.

Y aprovechamos el encuentro sin escatimar energía y fantasías. Gozamos los placeres de la carne hasta casi desfallecer.

En un descanso, mientras acariciaba su melena sobre mi vientre, dijo que me buscaría en Jalisco para asociarnos en la venta de carne seca o cría de puercos.

—Mientras, Princesita, renta un departamento pequeño y trabaja en el salón de belleza de mi prima Alba. No le faltara el chivo, y de eso me encargo yo…

En la misma fachada del hotel Ofelia, donde nos hospedamos, aguardé el paso del autobús que me llevaría a Aguascalientes. De ahí proseguiría el trayecto a Guadalajara.

En el cruce de la avenida Fray Gerónimo de Mendoza y la calle Nicolás Bravo divisé al taxista que nos trasladó del rancho a Nombre de Dios.

El tipo hizo una inclinación de cabeza al meterme al autobús, luego de despedirme de Octavio con besos y lágrimas.

—¡Que se joda! —murmuré al acomodarme en el asiento pegado a la ventanilla y ver, por última vez, la recia figura de mi amante fortuito, ahora disfrazado de chero.

HEMEROTECA: 2019-01-01_TvNotas

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