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La Langosta

DE CAMARADA A CAMARADA

la langosta portada—Échale la mano, camarada…

Pech me mira condescendiente. Su rostro andino, a pesar de la penumbra, lo distingo tras la barra.

La chica mexicana está a la expectativa. En el banquillo contiguo aguarda la respuesta.

Piensas:

“Venancio, Venancio aléjate de los problemas, deja de ser un shute…

—Olguita es buena persona, tiene todas las posibilidades de obtener el refugio político… Lee su historia…

El local está en silencio. Son casi las tres de la mañana. Fue un día movido para el peruano. El ultimo cliente dejó La Langosta hora y media antes.

—¿Cuando arribó a Montreal, señorita?

—Señora —me aclara—, soy divorciada y madre soltera…

Pech fue el de la idea.

Olga Roca, de 27 años, llegó a Quebec por invitación de una amiga. El peruano, por su negocio, es muy conocido en Hochelaga. No hay borracho ajeno a su presencia.

No es la primera vez que intenta enjaretarme historias de inmigrantes con pretensiones de establecerse temporalmente en Quebec.

Y resalto la palabra temporal, porque pocos demandantes de asilo político soportan los largos periodos invernales.

Olga Roca tiene su lado atrayente. No es fea. Por ser norteña, o sea del norte de México —concretamente de Sinaloa— es alta, blanca y cabello claro, suelto hasta su cintura avispada. Atrae miradas y despierta tentaciones.

Falcón es ajeno a su presencia, afortunadamente. Pech tuvo la precaución de no presentársela. El paraco es muy obsesivo, por un asunto del pasado que lo ha marcado de por vida: su primera esposa huyó con su mejor amigo. Viviana le rehúye por lo mismo. Si intimida con él, es solo por el dinero.

—¿Quiere que trabajemos en su departamento o en el mío? —sondeo a la mexicana.

—En el suyo —responde con prontitud—, los hijos de mi amiga son muy escandalosos…

—En marcha, pues…

Pech me da las gracias y rechaza el billete de cincuenta dólares. Barra libre por mis servicios de corrector de una historia aún desconocida. Una más de las cincuenta mil que cada año ingresan a territorio quebequés.

Sonríe William Lyon Mackenzie King. El ex premier ministro de Canadá parece estar satisfecho cuando retorna a mi cartera. Todo servicio merece ser gratificado. Eso pensaba. Vivió 84 años. Fue un Chicago Boys afortunado.

En un taxi Uber nos trasladamos a mi departamento. Pech dormiría en su local.

La mexicana cargaba una botella de tequila que pensaba regalarme al término del trabajo. Optamos por cenar y bebernos un par de copas, antes de meterle mano al texto.

Juntos preparamos espaguetis con salsa de frasco y queso mozzarella. Todo fue muy rápido: agua hirviendo, espaguetis de harina de trigo, mantequilla, sal y  la salsa embotellada con infinidad de ingredientes.

En menos de veinte minutos empezamos a engüir la pasta.

Después de lavar los trastos a cuatro manos, inicié el trabajo de revisión.

Le pedí que mirara una película en mi recámara para no aburrirse. Me tomó la palabra. Optó por ver un filme italiano: El ladrón de bicicletas, de Vittorio De Sica.

Trabajaría en la cocina.

En menos de una hora reelaboré la historia de demanda de asilo político. No me interesó corroborar la veracidad de los hechos. Yo estaba un poco embotado por el  alcohol. Olga atravesaba por las mismas. No paraba de achicar la botella de tequila.

La llamé y dije:

—Te voy a leer lo que me entregaste y corregiré en voz alta… Si hay algo que modificar me lo dices, por favor…

A QUIEN CORRESPONDA

Ser secuestrada, violada y amenaza de muerte me obligó huir de México y esconderme en Canadá. Olga Roca Pineda es mi nombre y tengo 27 años de edad. Soy educadora y a partir de noviembre del año pasado, mi vida dio un vuelco al ser secuestrada al salir de mi trabajo y trasladada a un lugar lejano de la Ciudad de México.

El lunes 8 de mayo, aproximadamente a las 21: 30 horas tres sujetos me obligaron a meterme a una camioneta compacta, color verde. Yo trabajaba en la escuela Secundaria Federal Número 25, ubicada en la Mixcoac.

Todo sucedió muy rápido. En la camioneta algo me inyectaron en una pierna porque sentí mareos y perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba en un cuarto donde había otras dos mujeres, casi de mi misma edad.

Ambas estaban dormidas, o eso creí.

Un hombre ventrudo, de pelo muy cortito, entró a la habitación y me obligó a salir. Casi me cargó al subir los escalones y meterme a una recámara donde estaba otro hombre viejo, de  ropas negras. Parecía policía o militar, por el corte de cabello.

Yo no dejaba de llorar.

Me aterroricé porque aquel hombre estaba ebrio o drogado y reía mucho.

A pesar del miedo, traté de controlar la situación. Sabía que si me oponía, corría el riesgo de ser asesinada.

Tuve que acceder a todo.

Después de sufrir golpes y toda suerte de vejaciones, mi violador se quedó dormido.

En una silla divisé varias armas y un uniforme negro con la leyenda AFI. Me metí al baño porque estaba abierta la puerta y aún adolorida del cuerpo, me di cuenta que había una ventana en el sanitario, en la parte trasera. Semidesnuda y descalza, logré huir y llegar al traspatio con tres camionetas estacionadas.

Me lastimé los pies por no traer calzado. Logré recorrer un buen tramo sin asfalto y me detuve frente a una hilera de casas de concreto. En una estaba estacionado un taxi amarillo. Llegué a la puerta y la azoté con fuerza.

Una mujer se sorprendió al verme con el cuerpo y la cara con verdugones y sangre. Me dejó pasar a su casa y despertó a su marido que era taxista.

La señora me regaló ropa. Llorando le expliqué lo que me había pasado.

Su esposo me llevó a  mi domicilio. En el trayecto le dije que quería denunciar mi secuestro y violación a la policía. Sin embargo,  me recomendó que primero hablara con mi familia. Me advirtió: “Puede tratarse de traficantes de blancas y drogas y puede poner en riesgo su vida, porque recuerde que siempre son protegidos por policías o militares”. Y después me dijo: “Dios te protegió, porque pocas mujeres pueden salir bien de un secuestro como el que te sucedió”.

El taxista era de una colonia de Naucalpan..

Mis padres reportaron, por vía telefónica, mi desaparición. Les informó la operadora de 060 que era necesario aguardar dos días para confirmar el secuestro. Ese tipo de ausencias son muy comunes en mujeres jóvenes, insistió la mujer.

Como las ocho de la mañana del martes 9 de mayo, sonó el teléfono. Una voz masculina le dijo a mi mamá que no denunciaran lo ocurrido. De hacerlo nos matarían. Dijo muchas groserías y lamentó mi huida.

Su jefe estaba muy encabronado, exclamó.

Mi mamá se asustó mucho. Tuvo cuidado en no decirme de la llamada.

El sábado y domingo la pasé dormida, bajo el cuidado de mis papás y hermanos.

Una semana me ausenté de la escuela. No quise laborar. Incluso, gestioné el cambio de plaza. Dos meses después, logré ser reubicada a la escuela secundaria federal 37, en la colonia Aeropuerto. El turno era diurno. De ocho de la mañana a dos de la tarde.

Mis papás me llevaban y traían todos los días, de lunes a viernes.

Supuse que terminarían mis pesadillas. Estaba equivocada. A finales de marzo del año siguiente, nuevamente recibimos una llamada telefónica. En esta ocasión fue mi papá quien contestó.

Una voz de hombre dijo que se habían enterado que yo había abierto la boca. Ya estábamos advertidos de que nos matarían a todos. “No tienen ni una maldita idea cabrones con quienes están hablando”, amenazó.

Y para que no dudar de sus amenazas, enviaron una camioneta parecida a la que me secuestró. Empezó a rondar la casa y varios vecinos se dieron cuenta.

Volví a tener pavor. Fue cuando mis padres sugirieron que yo viajara fuera del país.

Me escondiera.

El 12 de abril huí a Quebec. Entré a Montreal como turista.

Yo no sabía qué hacer. Un matrimonio, originario del Perú, me recomendó solicitar refugio político. Por esa razón busqué protección legal.

Estoy segura que de regresar a México puedo ser asesinada.

Lo mismo puede ocurrirles a mis padres y hermanos.

Dios quiera que se investiguen estos hechos y de paso, ayuden a las muchachas secuestradas que no tuvieron la oportunidad de huir. Tengo aun sus rostros en mi mente. Esos delincuentes, militares o policías no deben quedar sin castigo.

Descubrí que Olga lloraba en silencio. Preferí no ahondar en el tema. Me erguí y llené los dos vasos de tequila.

Ella permaneció todo el fin de semana en mi departamento…

HEMEROTECA: el gran mar – david abulafia

Por Everardo Monroy

Periodista y escritor, originario de Huayacocotla, Veracruz, México. Es fundador del periódico Uno mas uno y laboró como reportero en los diarios El Diario de Chihuahua y Ciudad Juárez, El Universal, Diario de Nogales, El Sol de Acapulco, El Sol de Chilpancingo, El Diario de Morelos, La Opinión de Torreón, La República en Chiapas y de las revistas Proceso y Día Siete. Es autor de los libros Ansia de Poder, Nostalgia del Poder, El Difícil Camino del Poder, Tepoztlán: Cuadrónomo Extraterrestre, La Ira del Tepozteco, El Quinto Día del Séptimo mes, Complot Chihuahua: Matar al Gobernador, y Fusilados. Actualmente radica en Toronto, Canadá.

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