EL MUNDO ES OTRO

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La ciudad del Mandarín Oriental existe. Está en la parte noreste de Nueva Delhi. Sus cien mil habitantes trabajan en el vertedero de Ghazipur Landfilltes.

Toda una fauna: trabajadores del reciclaje, cartoneros, mineros, pepenadores, recogedores de basura, basureros o recolectores de residuos…

Bill Gates hizo el milagro.

Alexandra Atavus intenta conmoverme.

—Los ricos no siempre odian a los pobres y los explotan… Son otros tiempos.

Me imaginé a Simon Keswik, el presidente del consorcio hotelero Mandarín Oriental interviniendo ante sus socios. Gate invertiría en la mega obra, pero los empresarios de Jardine Matheson Group regalarían el concepto arquitectónico.

El ronroneo de tripas me distrae.

Hermaneo fue quien preparó la avena. Sigue molesto.

—Eso jamás va a ocurrir —murmuro, encuclillado y desnudo.

Estamos en la antigua segrera del templo. La niebla apenas nos permite divisar los trozos de roca de la fuente.

  —Gate dispuso de la mitad de su fortuna para darle felicidad a los miserables de la Montaña de Basura india. Son veinte mil suites parecidas al hotel Mandarín Oriental de Washington DC, el de la avenida Maryland. Sus baños son de mármol y cada suite tiene salón de descanso y tres recámaras. Todos comen en el restaurante de la planta baja… Imagínate, una familia de tres a cinco miembros por suite…

Alexandra Atavus visitó el vertedero e intimidó con el líder del sindicato de recicladores de Ghazipur dairy farm, Kashish Mishra. No logro entenderla. La sangre del indiano seguramente tenía altos concentrados de plomo y metano.

Hermeneo nos observa desde el soportal de argamasa. Evita la luz del atardecer.

Alexandra Atavus no para de hablar. Su cuerpo, envuelto en seda negra, resalta sus caderas y pechos.

Es una princesa egipcia de rostro pálido, enormes pestañas violáceas y labios granate.

Huele a pachuli.

—Cincuenta mil millones de dólares es mucho dinero —musito. No tengo ánimo de hablar recio. Me aguarda la avena ablandada con agua caliente y miel virgen—. ¿Y podrías decirme cuántos edificios se levantaron para darles un refugio a las veinte mil familias de miserables?

—Lo has dicho —respondió—: veinte mil inmuebles tan modernos y limpios como el hotel que te mencioné. Por dentro y por fuera en nada se diferencian al hotel Mandarín Oriental de Washington. De cuatro niveles y cuatrocientas habitaciones… Grandes ventanales, hormigón grisáceo y un maravilloso iluminado… No tienes idea…

El mundo es otro. De eso estoy seguro.

Hermeneo es enemigo de la tecnología moderna. Odia los ordenadores, tabletas y teléfonos celulares. Está convencido que destruyendo los satélites que bucean en el espacio es posible evitar la destrucción del medio ambiente.

Sus antepasados le inculcaron su amor al México prehispánico.

Huayacocotla, a pesar de ser consumido por las llamas, aún conserva sus chubascos estrepitosos y una verde floresta cargada de fragancias naturales.

Sin Internet el hombre recupera su inocencia, supone.

Le causa gracia su pesimismo a Alexandra Atavus. En Shanghái y Tokio comprobó que el hombre y la mujer podrían transportarse en pequeñas naves circulares a cualquier parte del mundo. Han logrado separar el hidrogeno del agua y convertirlo en un potente sustituto del hidrocarburo.

Recordé algunos párrafos del libro de Ezequiel.

“Yo miré a los seres vivientes, y vi que en el suelo, al lado de cada uno de ellos, había una rueda.

“El aspecto de las ruedas era brillante como el topacio y las cuatro tenían la misma forma. En cuanto a su estructura, era como si una rueda estuviera metida dentro de otra. (…) Cuando avanzaban, podían ir en las cuatro direcciones, y no se volvían al avanzar. (…) Las cuatro ruedas tenían llantas, y yo vi que las llantas estaban llenas de ojos, en todo su alrededor. (…) Cuando los seres vivientes avanzaban, también avanzaban las ruedas al lado de ellos, y cuando los seres vivientes se elevaban por encima del suelo, también se elevaban las ruedas. (…)  Ellos iban adonde los impulsaba el espíritu, y las ruedas se elevaban al mismo tiempo, porque el espíritu de los seres vivientes estaba en las ruedas. (…) Cuando ellos avanzaban, avanzaban las ruedas, y cuando ellos se detenían, se detenían las ruedas; y cuando ellos se elevaban por encima del suelo, las ruedas se elevaban al mismo tiempo, porque el espíritu de los seres vivientes estaba en las ruedas.”

Tal vez, Alexandra Atavus se sumergió en el libro sagrado hebraico: volumen armado hace tres mil años con fines moralizadores.

Me conmueve.

Hermeneo no le teme a los iconos cristianos y al ajo. Menos ella. Es un mito promovido por los ingleses y rumanos.

Hollywood y Berlín dieron la puntilla. Ahora es una industria.

Hermeneo y Alexandra Atavus gozan con las viejas películas de la Hammer. Ristras de ajos y crucifijos cuelgan en el templo. Christopher Lee, en holograma, se desplaza por el atrio y los túneles subterráneos, oscuros y húmedos. Todo de negro y con su larga capa de tul, roja en su interior. El clásico chupasangre inglés.

Sin embargo, en Huayacocotla el silencio nos aplasta.

El asunto de Nueva Delhi difícilmente logra retenerse en mi memoria. Alexandra Atavus es una curiosa obsesiva. No para de viajar y exprimir arterias.

Kashish Mishra es basura reciclave. Posiblemente su familia ya resiente su ausencia.

Si es verdad  lo dicho por Alejandra Atavus, los Mishra son parte de esa ciudad maravillosa, donde los cien mil miserables de Ghazipur Landfilltes, asumen su condición de topos. Apenas perciben diez mil rupias al mes, unos ciento cincuenta dólares canadienses, por persona. No paran de espulgar el montículo de basura de cuarenta y cinco metros de altura.

Cada veinticuatro horas seiscientos cincuenta camiones dumper escupen nueve mil toneladas de desechos sólidos.

Los milanos y buitres no son ajenos al festín.

 Hasta los inversionistas de la Delhi RSU Solutions Limited viven del desperdicio: por día, su planta generadora de electricidad consume mil trecientas toneladas de basura.

HEMEROTECA: secundarios y antagonistas del hollywood clasico – aa vv

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