EL LEÓN DEL DESIERTO

soledadq10

Fuiste el único que aguardó el arribo del amanecer sin una queja.

Jueves agresivo, de absoluta soledad y frio.

La calle 23 olía a orines y basura podrida. Te lamentabas haber perdido la última corrida del tren subterráneo. Tendrías que caminar dos kilómetros y exponer tu salud al predominar una temperatura inferior a los catorce grados Fahrenheit.

Habías participado en un encuentro de poetas en el bar Le Lion du désert. Después de leer tus tres sonetos frente a treinta y dos asistentes, viejos como tú, optaste por retornar a tu cama. Diosdado Jesús Iñiguez no pudo acompañarte. Marieta seguía enferma y le pidió ayuda. Era su único hermano.

La cafetería del ruso Ulianovsk no cerraba durante la noche.  Intentarías llegar al lugar para no rendirte por el frio.

En el buzón del  teléfono celular recibiste dos mensajes de Paila Sanfermines. Te recordaba que la noche del sábado te entregarían los medicamentos contra el asma.  Posiblemente uno o dos paquetes de antibióticos.

—Me dijo Aline que intentará saludarte  —te adelantó Paila— y está muy contenta porque le dedicaste el libro de poesía amorosa…

VENIA

Nunca es fácil borrar la palabra empeñada

y exigir esa paz que patética sella

la verdad insultante de mi suerte marcada.

Es difícil andar por caminos sin ella.

y mirar hacia el cielo de praderas ajenas,

esos soles vidriados sin su brillo de estrellas.

Hay penuria al borrar su sabor de mis venas,

son retablos de Venia en un lecho lejano

bajo sábanas rudas envolviendo las penas.

¿Debo ser semental de esperpento mundano

O mortaja de luz en hotel marginado

Mientras cubro de nieve el calor de mi mano?

No lo sé, no lo entiendo, es asunto minado…

¿Olvidarla? ¡Qué va!, ya me tiene embrujado…

 

Mientras recorrías el primer tramo del trayecto percibiste el molesto escándalo interior. Como un simple distractor  empezaste a armar versos y ritmos. Te sorprendió confirmar que la solitaria avenida tenía ojos aguamarinos y plantillas de piel seca y oscura.

El viernes sería 14 de abril y la dentista te aguardaba, como siempre, con su generosidad samaritana…

Ninguno de los poetas presentes en la tertulia de los jueves asimiló tus poemas. La cerveza y el vino los enclaustró en sus propios versos y frustraciones.

Cada poeta era un retrato de sí mismo: encadenado al espejo de las palabras recorridas.

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