EL JOLGORIO

Por Everardo Monroy Caracas

AMAMAQUCHA POERTADAIII

El jolgorio pudo realizarse en el atrio principal de la ermita. levantada en honor a la Virgen de la Candelaria o del Socavón. La hostelera Crescencia Zurita aportó el singani.

El juez Elizalde no escatimó dinero para agasajar a los residentes de Santa María Magdalena de Cobija. En la comilona degustarían tajos generosos de carne de chancho, corvina, lenguado y peje-perro y grandes raciones de chuño, mote y arroz peruano.

No todos los días, y menos en estos tiempos de intrigas y revueltas sangrientas, los bolivianos festejarían el tercer aniversario de su independencia.

Al mediodía, abarrotaron el atrio, estibadores, pescadores, comerciantes, servidores públicos, arrieros y mercaderes. Fueron indiferentes a los calores incendiarios de la canícula o a las amenazas de invasión del ejército peruano, bajo el mando del general Agustín Gamarra.

El gobernador residente, coronel Manuel Anaya, hizo acto de presencia, acompañado de su esposa, en basquiña y sombrero cordobés de terciopelo negro.

Tras ellos, sin dejar de sonreír y saludar con repetitivas inclinaciones de cabeza, iba su hija Simona, bella quinceañera de cabello recogido con una mantilla solferina calada y ojos moriscos, verdes y coquetos.

Los siete músicos del puerto de Mejillones, provenían del consulado chileno, asentado a catorce leguas. Ninguno olvidaba la consigna impuesta por su contratante: allegarse de información relacionada al número de fuerzas militares acantonadas en Cobija y si los pobladores les eran fieles al Gran Libertador y Sucre.

El cónsul Bernales prohibió a los músicos emborracharse, meterse con las maracas y jamás separarse de sus charangos, guitarras, quenas, panderos y el arpa, propiedad de monseñor José Santiago Rodríguez Zorrilla, simpatizante de la causa realista.

Los instrumentos fueron fabricados por las religiosas de Aconcagua. En ellos utilizaron caparazones de quirquincho, tripas de gato montuno para las cuerdas, maderas tucumanas —de nogal, abeto y algarrobo—, barro cocido y cuero de vicuña y alpaca.

Los singulares espías —mestizos y negros amazónicos—, en una noche recorrieron a caballo las catorce leguas. Al amanecer, protegidos por un salvoconducto del cabildo potosino, reposaron, durante la mañana, en el único hostal del puerto, adyacente al prostíbulo de Bartolina Dolores.

La awicha Yuriana —de sangre quechua y cadera ancha—, llenó de agua la bañera de fierro forjado y puso sobre una mesa de madera cruda un canastón con chambergos, una cafetera de barro negro y siete tazas de porcelana. Desde el ventanal —de correrse la estera y el cortinaje de manta—, podía avistarse el atracadero de caleteras, donde los pescadores descargaban sus redes. Hacían negocio con los lugareños y visitantes.

Desde tres días anteriores, dos goletas con bandera boliviana fueron fondeadas en el atracadero. Sus ocupantes terminaron en el galpón de la capitanía del puerto. De una de las naves, provenientes de Valparaíso, descendieron el coronel Anaya y su familia, quince enormes cofres con ropa, joyas, perfumes franceses, medicamentos y botellas de vino tinto de Tarija.

—¿Y los rascatripas tienen buen semblante, awicha? —cuestionó Bartolina Dolores, sudorosa e incómoda por su blusa impregnada de leche materna.

A principios de junio, había parido a un enfermizo niño de piel canela y piernas regordetas, llamado Patojo por el viejo Aparicio Flores.  Su padre biológico, el capitán José Villalobos, le demandó tranquilidad y recordó que por esas fechas veraniegas, los calores tropicales eran insanos para los recién nacidos. Simón —como decidieron bautizarlo—, superaría sus males sin necesidad de medicamentos. Tendría que desarrollar sus propias defensas naturales, como en su momento lo hizo Mamaqucha, su pequeña hermana.

Pos son cambas, Patrona —dijo la awicha Yuriana—, eso que ni qué… Y hay un chato que apenas alcanza el tamaño de un petizo y es muy bueno para la guitarra, eso que ni qué, Patrona…Y no tienen nada de chupacos, porque me rechazaron el singani que les ofrecí, solo quisieron café y chambergos, Patrona…

—Déjalos que duerman, porque tendrán que moverle la guata a los paisanos hasta que el macerado los doble de cansancio.

—Eso que ni qué, Patrona…

 Bartolina, a pesar de ser la mandamás del prostíbulo y socia en los negocios de Crescencia Zurita, seguía imbuida en el ajetreo de descascarar huevos duros y remover la enorme cazuela con maíz remojado durante la noche para preparar las bolas de mote, salarlas y freírlas con manteca de chancho. Una veintena de mujeronas, cholas todas, tenían bajo su responsabilidad el cocimiento del arroz y el chuño, hecho a base de papa.

Las esposas de los pescadores aportarían la carne frita de las corvinas, lenguados y peje-perros.

Ese fue el trato con el juez Elizalde, a cambio de no molestarlos en el contrabando de alcohol, tabaco y mujeres con los piratas ingleses y chilenos.

Ni coimas ni mazmorra y cada quien en su soroche, fue la consigna.

La cueca, descendiente de la samba arábigo-andaluza, pondría en movimiento a los porteños de sangre india y criolla, acicalados por el guariñaqui, el pucho y las feromonas.

Y el juez Elizalde sabía que después del bochinche, los hombres se ponían arrechos, principalmente los soldados. Y dos veces por mes era la misma historia. Ya chupacos solamente los apaciguaban las prostitutas de la Bartolina.

Día inolvidable para los lugareños de Santa María Magdalena de Cobija.

El coronel Manuel Anaya decidió ajustarse el uniforme de gala, pero sin casaca. También la chupa y el pantalón con presillas, las medias blancas y los zapatos de hebilla. En vez del ros con sprit, muy en boga entre los oficiales bolivarianos, se calaría un modesto gorro teresiano para no distinguirse de la tropa.

En esta ocasión celebrarían el tan esperado 6 de agosto, un año más de patria boliviana. Por desgracia, sin la presencia física del general Juan Antonio José de Sucre, presidente vitalicio de la Republica.

Sin embargo, la oligarquía y el clero del Alto y Bajo Perú lograron su objetivo: impedir que la llamada Gran Colombia alcanzara territorio andino y que el Mariscal de Ayacucho y Bolívar dejaran de meter las manos en sus asuntos internos.

El 2 de agosto de 1828, Sucre había abandonado Chuquisaca y aun desconocían su paradero.

El capitán Boulanger y el teniente Villalobos temían por su vida.

Las últimas noticias recibidas de boca del administrador general del puerto aseguraban que fue secuestrado y asesinado al intentar llegar a Guayaquil para combatir contra las tropas del Perú, país gobernado, desde junio de 1827, por el general separatista, José de La Mar.

Durante el jolgorio, la tensión era evidente.

El teniente José Villalobos se integró al bailungueo. No dejó de demostrar sus destrezas físicas bajo la batuta de la cueca. Lo hizo durante un par de horas en compañía de Bartolina, envuelta en encajes y listones amarillos atados en las trenzas. No le importó lucir sus grandes pechos de madre parturienta.

En uno de los extremos del atrio, Crescencia Zurita retenía en sus rollizos brazos a la pequeña Mamaqucha, de pelambre morisco y ojos verdes e inquietos, como los de su padre. La mocosa chupeteaba su muñeca de madera y reía cada vez que la awicha Yuriana le daba terrones de panela y pellizcaba sus regordetas mejillas de mulata.

El viejo Aparicio observaba callado el bailongo. Le preocupaba conocer a detalle los entretelones de un secreto revelado por una prostituta quechua, amante ocasional del teniente Samin Condorcanqui: en quince o veinte días, el Mariscal Antonio José de Sucre se internaría en el puerto La Mar, donde una fragata inglesa lo sacaría de Bolivia.

Ni siquiera su patrona, Bartolina Dolores, tendría acceso al hecho. No solo estaba en riesgo la vida del Mariscal Sucre, sino la de todos los lugareños de Santa María Magdalena de Cobija, leales seguidores del Libertador. Lo acompañaban dos oficiales de confianza. El viaje lo desarrollaban de noche, desde Chuquisaca, a casi doscientas leguas de distancia.

Tras conocer los pormenores de la huida del Mariscal de Ayacucho, el viejo Aparicio tuvo que tomar una difícil decisión, tal vez la más escabrosa de sus setenta y dos años de vida. Durante la madrugada, personalmente degolló al teniente Condorcanqui, adormilado por los excesos del singani y sexo. En su cayuco llevó el cadáver mar adentro y lo ató a una gran piedra. La india quechua lo acompañó en la odisea.

Y después de deshacerse del cadáver, el anciano le advirtió a la aterrorizada mujer:

—Nadie más debe saberlo, después del muerto y vos…Solo los chupacos y paposos alimentan barracudas… Recuérdalo, una huevada de vos nos puede costar la vida…

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