VIVIR EN PECADO

Por Everardo Monroy Caracas

portada en la entrana del castorEl aeropuerto de Noi Bai tiene teja roja. Es de dos niveles y semeja una corbata de moño.

He pagado cinco mil Đồng —veinticinco centavos dólar— para arribar al lugar en autobús.

Hanói se ha tragado sus manglares, a nombre del turismo.

Greta evita mirarme.

—¿Dímelo? ¿Por qué he de molestarme?

—Así pasan las cosas… No quiero vivir en el pecado…Él es un hombre de Dios…

—¿Estás segura? ¿Cuál es la diferencia en la cama? No lo entiendo…Es un hombre de carne…

Un policía nos observa con insistencia. Es cetrino. No cesa de agitar su tolete.

El francés fluye por todas partes: herencia maldita del colonialismo franco.

—Mientras no estés en paz con Dios, no puedo ser parte de tu vida…

—Por favor, tenemos quince años de conocernos, de estar juntos… ¿Y por qué aquí, en Vietnam…?

—Carlos vino…

Ella no declinó la mirada al confirmarlo. Yo lo sabía y no quise contradecirla.

No era el momento.

Lạc Long Quân, el Rey dragón, me engullía.

Huyan de las relaciones sexuales prohibidas. Cualquier otro pecado que alguien cometa queda fuera de su cuerpo, pero el que tiene relaciones sexuales peca contra su propio cuerpo. ¿No saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que han recibido de Dios y que está en ustedes? Ya no se pertenecen a sí mismos. ….procuren pues que sus cuerpos sirvan a la gloria de Dios… Léelo, está en Corintios

Me sentí un miserable, como cuando le solicité a una mesera vietnamita que me llevara la botella de ron a la habitación. Ella vive al margen del lago Ho Tu Lien, a dos manzanas del hotel Wild Lotus, el de la avenida Xuân Diệu.

(El aroma de las palmeras vietnamitas, que no dejan de vibrar bajo el continuo vaivén del río Mekong, recobra su esplendor después de los salvajes bombardeos de antaño.)

—Te equivocas de tiempo y de espacio, Greta. Ya no somos unos chamacos… Es increíble que tu misma actividad sexual sea plena porque supongas que un ser divino, del que creen, convalida el mismo orgasmo que siempre has tenido… En verdad me confundes…

Nuestras maletas siguen en el mismo lugar.

El verano ha arribado cínicamente, remoja nuestras ropas.

Ella optó por vestir una blusa de lino blanco. Por primera vez se allegó de un brassier oscuro. La textura de su piel, tersa y frágil a mis manos, quedó oculta. Se avergüenza de mi perenne lujuria.

—Carlos es un Pastor de Dios y es viudo… Lo conocí en mi iglesia…

—Entiendo, pero ¿por qué debes tomar una decisión de esa naturaleza, cuando se trata de algo que es motivado por tu militancia a un libro que, las enciclopedias e iglesias, llaman sagrado?

—Es mi legítimo derecho, ¿no lo crees?

—Así es… Tienes razón…

En una ocasión lloró mientras veíamos la película La Pasión de Cristo, de Mel Gibson. No soportó las imágenes de la sangrienta tortura reconstruida. La sección policiaca de la eterna historia enfrentada por un hombre de bien que experimentó la crueldad humana, hace más de dos mil años.

Sin embargo, en Vietnam, de 1957 a 1975 fueron asesinados seis millones de habitantes en dos guerras colonialistas —la francesa y estadounidense—.

El actor Jim Caviezel hizo un buen trabajo.

—Carlos me espera en la otra sala… Nos regresamos juntos…

—Pero tenemos los mismos boletos…

—No te preocupes… Él compró otros… Nos regresamos en el vuelo de las seis…

No logré contenerme. Me yergo.

El policía, hierático, se acerca hacia nosotros.

—¿Est-ce que il y a quelque problème, madame?

—Non, merci beaucoup… Il a douleur de jambes…

Vuelvo a sentarme y termino mi vaso de cerveza.

—¿Por qué me haces esto?

—¿Qué?

—Por favor, ya no te burles de mí… Soy alguien que en su momento dejó todo por estar a tu lado…

—¿Qué dejaste? Mis hijos siguen bajo mí cuidado… y mi moral… Jamás hiciste algo por ellos… ¿Ya se te olvidó?

—Nos conocimos adultos… no éramos unos jovencitos y solteros… ellos son adultos, todos están casados o tienen hijos… ¿Qué te pasa?

—Ahora soy una mujer de Dios…algo que tú no has querido aceptar… Tú eres un mundano, un hombre que vive en el pecado…

—Soy socialista… Creo en Cristo, pero no a tu manera. Vivo en la tierra, no en tu cielo, chingao… ¿No lo comprendes, chingao?

El policía seguía involucrado  a nuestro conflicto. Es persistente el sonido del tolete al estrellarse en su delgada y huesuda mano.

—Cristo es Cristo y no te confundas… No es un asunto de lucha de clases, como tú quieres interpretarlo… Eso no va por ahí…

La vietnamita vive en la calle Ngo 9 y tendré que buscarla.

La idea prende en el instante que Greta activa  su teléfono celular: envía un rápido texto.

Todo está resuelto y me tranquiliza.

Nuevamente decido ponerme de pie.

—Gracias por ser honesta, Gree (así le digo de cariño). Me retiro…

—¿No te regresas a México? —No respondo. Ella insiste—: El avión sale en una hora…

El mismo silencio.

Dejo diez dólares sobre la mesa y agarro mis dos maletas.

El policía opta por alejarse al confirmar que el peligro toma otro derrotero…

Hanoi huele a selva salvaje.

En dos semanas, las mejores de mi vida, reconstruí mi mundo afectivo de buen ánimo.

De niño quise ser don Diego de la Vega, el Zorro.

Greta sigue fantaseando (de acuerdo a los psicoanalistas) con el modesto hijo de un  carpintero de barba anglosajona.

Lo merece.

Carlos, al fin vivaracho, sobrevive de esa revolucionaria leyenda y está en su derecho.

Greta tiene sesenta años y merece ser feliz…

Kim Hue me espera…

—Buenas tardes —oí a mis espaldas en un castellano perfecto.

Era el policía vietnamita.

HEMEROTECA: la guerra de vietnam – christian g appy

Un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s