EL ETERNO QUEJUMBRE

Por Everardo Monroy Caracas

chacal portada7 DE MAYO/I

Uno puede despertar sin alcohol en la sangre y desconocer el propósito del sueño: verme nuevamente en la casona del siglo XIX, estilo gótico, con sus columnas a la usanza corintia. Poseía largos corredores en torno a un jardín poblado de rosales blancos, separado por un sendero de baldosas rojizas que desembocaba en un portón de roble, tachonado con clavijas de hierro dulce chapadas en bronce. Me vi nuevamente inmerso con los ropajes del Zorro, el legendario héroe californiano que personificaba el timorato hijo del aristócrata don Diego de la Vega.

Y antes de desenvainar mi espada de madera, que en realidad era una regla escolar, canturreaba el tema introductorio de la serie producida por Walt Disney a finales de los cincuenta y principios de los sesenta.

“En su corcel/cuando sale la luna/aparece el bravo zorro…

“Al hombre del mal/él sabrá castigar/mar-cando la zeta del Zorro…

“Zorro, Zorro/su espada no fallará…

Zorro, Zorro/la Zeta les matará

¡Zorro…Zorro…Zorro…Zorro… Zorro!”

Estaba imparable con mi capa (una vieja y raída toalla color orín) y un antifaz negro. El largo tablón numerado empezó a hacer estropicios. Mis adversarios, militares de casaca azul con botonadura plateada, difícilmente se resistían a mis mortales estoques. Caían muertos ante mis pies y no me detuve hasta dejar devastado a todo el pelotón.

Guy Williams me había marcado, pese a carecer del bigotillo negro y los ademanes de hombre culto y nada pendenciero.

Después vendría la pérdida de memoria como consecuencia de los puñetazos que me proporcionó mi padre. La tía Esther estaba a mi lado, en el diván de terciopelo verde. Me mesaba el cabello, aún húmedo de alcohol, y sus palabras de aliento pretendían darme confianza.

El dolor hacía de las suyas en mi cuello y espalda.

—Eres un salvaje, Raúl… Es un niño, apenas tiene siete años, pudiste haberlo matado…

Evidentemente mi padre estaba asustado. El médico continuaba en el comedor hablando con mi madrastra. Ella lo convenció que no diera parte a la policía. Mis huesos estaban intactos, solo magulladuras que en menos de quince días sanarían. Eso dijo el enjuto doctor, amigo de infancia de la madrina de bautizo de mi madrastra, dueña de la casona.

—Regreso muy presionado del trabajo, hermana, casi no he dormido… Espero me entiendas y eran los rosales de doña Lucha, imagínate, se va a infartar cuando se entere de lo que hizo Moisés.

—Voy a llevármelo a Huaya y asunto resuelto. ¿Quieres? Al fin mis hijos ya están grandes y viven aquí, en la ciudad de México, y yo y Joaquín estamos viejos y solos. Moisés nos servirá de compañía. En Huaya lo meto a la escuela.

—Te estaré muy agradecido hermana. Rebeca ya no lo quiere aquí. Es muy travieso y peleonero. Su medio hermano le tiene miedo por atrabancado. Es un dolor de muelas…

Las imágenes eran muy nítidas a pesar de los años transcurridos.

No quería despertar.

La evocación me permitía alejarme de la cruda realidad mediata. Ni siquiera el deseo de orinar aceleró la involución del pasado al presente.

Era como morir en vida y seguir prendido en la misma película personal. El sepulcro tomaba el sitio de una cómoda sala cinematográfica, donde se proyectaba la película de nuestro transitar por la vida. La mitad de la existencia siempre se había apoderado de ese mundo onírico imposible de abandonar.

El insistente y molesto ruido de la chicharra cortó los recuerdos y me catapultó al presente. Silvestre tardaba casi medio minuto en desactivar la alarma de su reloj despertador. Nunca lo colocaba en la mesa cercana al sillón donde dormía, sino sobre un largo escritorio insertado en el único pasillo que nos permitía llegar de nuestras habitaciones al sanitario y a la cocina.

En esos instantes recordé que tenía una cita con mi hija, antes de salir de su departamento.

—Si no llegas a las siete de la mañana ya no me alcanzas, Pa —me aclaró.

De lunes a viernes iba a sus clases de francés en una escuela pública aledaña al parque Mont-Royal.

—No, no…. Llego, llego hija… Me urge cambiarme de casa, esto es peor que una prisión de alta seguridad…

Un día antes le hablé por teléfono y acordamos el reencuentro.

Rosalba tenía la consigna de bucear por internet para encontrar algún nuevo cuarto de renta. Conocía Montreal y hablaba el idioma de los lugareños y eso facilitaba las cosas. En segundos dejé de ser niño y envejecí. La cama suplió al diván y el roce de la almohada en nada se semejaba a la piel tibia y cariñosa de la tía Esther.

Cuarenta minutos después del obligado despertar, iba a bordo del autobús, camino al departamento de Rosalba y sus amigos. Una veintena de pasajeros, la mayoría adultos, estaban somnolientos, sin ánimo de hablar o sonreír. En sociedades industrializadas, como la canadiense, la existencia se mecaniza al sustraerse el alma. La rutina prevalece para sobrevivir. Es el alto costo que debemos pagar para ser dueños de nuestra individualidad y derecho de tránsito.

—Hice dos citas para hoy, Pa… —dijo Rosalba tras recibirme en el umbral de la puerta—. Los dos cuartos están al sur de Montreal.

Uno por el parque Notre Dame de Grace y el otro cerca de la estación del Metro Villa-María.

La cita del primero es a las dos de la tarde y el segundo, a las cuatro…El del parque, que tiene un costo de trescientos dólares, tendrías que compartirlo con un japonés y el de Villa-María con un marroquí, un alemán y un colombiano.

Te aclaro que es un departamento con cuatro recamaras y con el mismo dinero cubres agua, energía eléctrica e internet…

El piso de parquet, rayado por el uso, volvió a crujir bajo el peso de nuestras pisadas.

El eterno quejumbre de Montreal.

VIDEOTECA:

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