LA CONGOJA…

Por Everardo Monroy Caracas

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El cocinero no regresó durante la noche.

No quise aprovechar la embriaguez de su mujer, Lisandra, para liberar nuestras tensiones, sin ropa.

La cargué y acosté en el sofá atigrado de la sala de estar, cubriéndola con el edredón de su cama.

Minutos antes tuve que abrazarla y aguardar a que descargara toda su congoja y encono.

El evidente fracaso matrimonial superaba cualquier militancia religiosa o amor maternal. Ni la Congregación de Cristo o sus hijos, amainaban los rigores del desamor y los celos.

—Es algo muy aquí, hermano —repitió tocándose el vientre—y me quema. No puedo superarlo… He perdido hasta el apetito y mi amor a Dios y la vida…

—La entiendo… —y no le mentía al afirmarlo—. Yo también navego por esos infiernos de la locura y ni el alcohol me ha permitido huir de esa dolorosa maldición…

—Pero míreme hermano… Míreme, ¿por qué Bob cambió todo esto por un homosexual operado y con prótesis?

Y al decirlo, se desabotonó la blazer y levantó una especie de jubón o justillo blanco de licra.

Un par de inquietas tetas de doncella encumbrada, quedaron expuestas. Tuve que sobreponer mi concupiscencia de malandro sin apartarme de la maledicencia.

—¡Tienes unas tetas muy ricas, de flauta, hija e puta! —exclamé acicalado por la tentación e intenté atraparlas y chuparlas, pero me contuve.

Lisandra estaba muy ebria, despechada.

Preferí aguardar otra oportunidad.

E hice lo correcto.

La sacrosanta mujer, sin el parche y los lentes de ciega, retomó su lloradera hasta quedar semiinconsciente. Había despedazado las cinco fotografías que un detective privado le entregó y donde podía apreciarse a Roberto sin ropa, fallándose a un jovencito afroantillano y transexual.

Después de recostarla en el sofá, agarré la botella de ron y terminé en la cocina.

Tenía hambre.

Freí un enorme trozo de carne de res y preparé una ensalada de lechuga, aguacate, chile morrón y cebolla picada.

El atracón y el Havana club me hicieron olvidar por completo las chuchus de mi anfitriona.

Aun con el pichi echao pa’lante, como papalisa boliviana, evoqué a la cusca Melania y sus arrechadas e intenté preconcebir un plan de acción para mi futuro. Tendría que ponerme en manos de los Mina para buscar trabajo o esperar instrucciones de Johnny Morales…

HEMEROTECA: tvnotas2019.01.22

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