DE NIÑA A MUJER

Por Everardo Monroy Caracas

soy normaaaa11

No hay edad para temerle a la muerte. Es un reflejo instintivo. Lo experimenté cuando empecé a sangrar por la entrepierna durante el recreo. Tenía doce años de edad y estaba por concluir mi educación básica e iniciarme como cobradora domiciliaria del servicio municipal de limpia.

Horrorizada corrí desde el colegio a la casa. Imparable escurría la sangre, enrojeciendo mis piernas, falda, pantaletas, calcetas y calzado.

La gente me veía con extrañeza. Nadie intentaba auxiliarme. Ni siquiera mis compañeras de aula.

—¡Mamá… mamá, me voy a morir! —grité al instante de introducirme a la casa.

Berreaba alarmada y me negaba a comprobar el estado lamentable del uniforme.

Emma me recibió en la entrada de la cocina. Se puso lívida al suponer que algo grave ocurría. Por los manchones de sangre pensó en un accidente.

Sin embargo, de inmediato descubrió la verdad.

—Ya eres una mujercita, cálmate hija…—dijo en tono tranquilizador, de alma protectora—. No es grave…Únicamente vos estás menstruando, todas las  mujeres pasamos por lo mismo… Cálmate, por favor… Deja de llorar hijita… Ven, tranquila…

Y al decirlo, una y otra vez, me abrazó y condujo al baño. Me ayudó a quitarme la ropa y el calzado y me metió a la tina para ducharme.

—¿Me voy a morir, mamá Emma? —pregunté titubeante.

—No, hijita, no. Es algo temporal. En tres o cuatro días vos dejarás de sangrar.

De uno de los cajones del peinador sacó una pequeña toalla blanca que en su momento no fue utilizada por Frida.

Esa imagen siempre me persiguió.

Cada vez que mis ovarios ovulaban, enfrentaba temerosa las debilidades de mi condición de mujer-madre. No era fácil aceptarlo. Los sangrados uterinos me recordaban el trágico final de María Jelvez al parirme.

Y otro hecho se aunó a esa alteración hormonal de mi cuerpo. El repentino acoso de los adolescentes de la escuela o la cuadra y mi despertar sexual.

Emma lo intuyó y empezó a alertarme de lo que podría ocurrirme.

—Cuando algún agilado ande de pegajoso, me lo dice… ¿Está claro, Norma Luisa?

—Si, mamá Emma.

Extrañamente dejaron de interesarme las muñecas. Durante el recreo escolar opté por jugar con niñas y niños mayores que yo.

Tengo muy presente el día en que el presidente de la república, Juan Antonio Ríos visitó San Francisco de Limache. Fue el 29 de junio de 1943, ocho días después de mi cumpleaños número doce.

Es difícil olvidarlo.

Precisamente en aquel jueves invernal recibí el primer llamado de la naturaleza: había dejado de ser niña y entraba en el territorio de la adolescencia o pubertad.

Otro hecho trascendente ocurrió el lunes 3 de julio al ir a comprar dos de mis historietas preferidas —Don Fausto y Penecas—, y leer en uno de los costados del quiosco un aviso firmado por uno de los concejales de la municipalidad.

La fecha la tengo presente.

El departamento del Medioambiente, Aseo y Ornato solicitaba cobradores casa por casa para el servicio de limpia. Los requisitos solicitados: saber leer, escribir, sumar, restar y multiplicar.

Y de preferencia haber terminado los estudios básicos.

En caso de ser menores de edad era necesaria la autorización de los padres o tutores.

Los interesados deberían acudir a las oficinas de la municipalidad, de nueve de la mañana a una de la tarde.

Mis padres no se opusieron a mis deseos de trabajar.

Guillermo buscó personalmente al concejal Juan Carlos Lobos para interceder a mi favor.

El lunes acudí a la entrevista y de inmediato me entregaron una tira de estampillas que debería pegar en las libretas de las familias beneficiadas con la limpieza pública.

Una mujer obesa, de cara agria y pálida, me dio las indicaciones para que tuviera cuidado con el dinero y evitara jugar  o noviar durante el trabajo. Por vivir en la calle Boquedano, se me encomendó hacer los cobros en el cuadrante correspondiente a la Arturo Prat (lado oeste), la Urmeneta (norte), la Caupolicán (sur) y la Dolores (este).

Trabajaría después de comer y hasta las siete de la noche, mientras asistiera al colegio.

El dinero obtenido durante el turno debería entregarlo antes de las ocho de la noche y recibiría a cambio un porcentaje.

Me emocioné al saberme libre y dueña de mi tiempo. En septiembre ya no regresaría al colegio y podría trabajar durante el día y parte de la tarde.

Como sucedió.

En la primera semana conté con el apoyo de Emma quien supervisaba la cantidad de estampillas que me entregaban. Al término del día, ella checaba el dinero recibido y su  correspondencia al número de estampillas sobrantes.

De lunes a sábado, un ejército de empleados de la municipalidad barría las calles y avenidas de San Francisco de Limache. Su paga dependía del dinero que recabábamos casa por casa.

Durante dos años realicé ese trabajo. Ya no regresé a la escuela.

La calle se convirtió en un medio efectivo para socializar y abrir nuevas puertas. En ella conocí mejor a mis vecinos. Sin proponérmelo me enteraba de sus problemas cotidianos.

Por ejemplo, supe de la enfermedad incurable de Dolores García, ex deportista española que huyó de su país en la década de los treinta por la guerra civil. Era republicana y amiga de la esposa de León Trotsky, líder bolchevique asesinado en la ciudad de México en 1940.

En una ocasión, mientras bebíamos una taza de té en su terraza me enseñó fotografías de ella y su esposo al lado de Natalia Ivánovna Sedova y el revolucionario marxista de piocha, cabellera revuelta y lentes circulares.

Otro personaje que visitaba los fines de semana para hacer el cobro del servicio de limpia era una ex-amante del dirigente comunista, Luis Emilio Recabarren Serrano. El 19 de diciembre de 1924 se había suicidado en su domicilio de Santiago de Chile.

Olga Vélez tenía su casa en la esquina de la calle Boquedano y Riquelme y le gustaba la jardinería y comer chirimoya.

—Mira chiquilla —me decía al servirme un plato de fruta con sal y limón—. Esto es lo más sagrado para no ponerte gorda, ¿entendés?

Lo que ella desconocía era mi fobia a la chirimoya y el comer en demasía.

Olga frisaba los sesenta años, pero no perdía su atractivo físico. Su delgadez y rostro de trazos finos, de diosa griega, casi enloqueció a Recabarren Serrano, líder sindical en Iquique y uno de los principales fundadores del Partido Comunista de Chile.

Por aquella atractiva mujer empecé a tener conocimiento del verdadero uso de los perfumes, cremas y del lapizlabial.

—Una mujer pulcra —sentenciaba— es una mujer bella y no necesita ser una miss de concurso. Siempre hay que estar presentable ante el marido y ser en casa una verdadera dama, una auténtica puta y una excelente madre…

Y al reiterarlo y ver mi asombro, empezaba a reír con fuerza. Luego me abrazaba.

Una agradable fragancia floral quedaba impregnada en mi ropa.

En algunas ocasiones la acompañé al cine Regis con la anuencia de mis padres. Fue como aprendí a descubrir aspectos estéticos y críticos de cada película. De esa manera tuve el privilegio de asistir al estreno en el viejo Limache de la primera película sonora de Chile, Norte y Sur.

El director del filme, Jorge Délano Frederick, apodado el Coke, conocía a Olga. Fui testiga privilegiada de la conversación que tuvieron en uno de los restaurantes cercanos a la estación del ferrocarril.

Coke era de cara redonda, lampiña y juvenil a pesar de rebasar los cincuenta años.

La película me había conmovido y sorprendido a mis casi catorce años. Se trataba de una historia de amor, celos y engaños. Todo ocurría en Nueva York y en las pampas chilenas.

Recuerdo que lloré mucho ante la tristeza que embarga al personaje femenino, interpretado por la actriz chilena Hilda Sour.

En ese triángulo amoroso entre la mujer y los dos ingenieros mineros, uno estadounidense y el otro chileno, la soledad e incomprensión del marido provocó el engaño de la esposa.

La tragedia fue inminente.

Olga felicitó al Coke por el éxito de la película. Lamentó no haber trabajado en algunas de sus realizaciones.

Sin embargo, me entusiasmé al saber que el Coke colaboró como caricaturista en la editorial Zig-zag donde elaboraban las historietas El Peneca y Corre y Vuela. Antes de filmar Norte y Sur, dirigió otras cuatro películas: Juro no volver a amar, Rayo invisible, Luz y sombra y Calle del ensueño.

Por el cine aprendí a conocer mejor a mi país y otros lugares del mundo.

Sin darme cuenta, había dejado de ser una niña y empecé a internarme en territorio minado, el de los adultos.

La vida estaba a punto de colocarme una corona de espinas.

Valparaíso me aguardaba.

Y ahí, en ese puerto de aventureros y perversiones, radicaba el personaje que me convertiría en mujer y madre.

HEMEROTECA: a libro abierto – john huston

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