AMARGA EXPERIENCIA

la dama8

No hay cosa más horrible que ver dormir un cadáver.

Y no es mentira.

Es muy difícil soportar el olor y las manías de algunos clientes minados por la edad, el olvido familiar o las enfermedades.

La esquizofrenia es muy visible cuando los escucho hablar sin interlocutor, encerrados en el baño o en la cocina, desnudos y desvalidos y arrastrando sus huesudos pies reumáticos, invadidos por riachuelos violáceos o negruzcos.

En algunas ocasiones intimido con hombres treintañeros, vitales y de buena estampa, para contrarrestar el asco. No sentirme tan horrible y avejentada.

En esa búsqueda irresponsable de autovaloración física y sexual, me he expuesto a situaciones de alto riesgo.

Por ejemplo, hace ocho meses —un miércoles por la noche—, conocí a un barman muy bien plantado, tosco y velludo. Proveniente de Republica Dominicana.

Me sedujo su aparente civilidad e inteligencia.

Nunca descubrí en sus ojos,  deseos malsanos, ni escuché de su boca algún improperio.

La mayoría de los clientes de La Petite Italie le tenían estima y confianza. Ello me hizo creer en sus buenos sentimientos.

La media botella de ron y las canciones de Juan Gabriel y Vicente Fernández me prendieron. Esa noche acepté dormir en su departamento.

Nunca le revelé mi manera de ganar dinero. Simplemente le dije que era la esposa de un bombero de Saint Leonard, de la parte noroeste de Montreal, y que, por un asunto de negocios, tuvo que viajar a los Estados Unidos. Estaría ausente un par de semanas.

Por mi borrachera permití que me filmara desnuda en los momentos que intimidábamos sexualmente.

El estúpido supuso que con ese video podría chantajearme y obligarme a ser su amante y empleada doméstica.

Sus verdaderas intenciones salieron a relucir en nuestro tercer encuentro sexual, inoculado por los celos: exigió que abandonara a mi marido y compartiera su departamento. Yo tendría que pagar la mitad de la renta y los alimentos.

Lo mandé a la chingada, como decimos en México.  Tuve que diluirme de su territorio.

En uno de mis encuentros con Payette, le externé mis temores de ser hostigada o agredida por el dominicano.

—No te preocupes —asentó—, aún tengo amigos para que ese imbécil se regrese a su basurero.

En Montreal, como en todas las ciudades del mundo, hay delincuencia organizada y policías corruptos. Mi experiencia en las calles me ha enseñado que la noche tiene sus riesgos. Velarde siempre me lo advertía:

—La noche libera murciélagos, ratas y cucarachas y pueden atacarte sin piedad. Si te gustan los excesos nocturnos, nunca pienses que vas a encontrar solo cosas buenas… Cuídate e intenta evitar los peligros, sobre todo para una mujer como tú a la que le encanta exhibir el trasero y esas chichis tan bonitas y atractivas…

En México, los asaltos y asesinatos son recurrentes.

En Montreal, donde hay cinco millones de habitantes, los indicadores de violencia no son tan alarmantes.

Por año, se cometen entre cien a ciento cincuenta homicidios.

Los únicos delitos recurrentes son el robo de bicicletas y vehículos.

La droga circula libremente y la prostitución se ejerce sin perjuicios. No hay hostilidad policiaca.

La mafia es cauta. Sus métodos de intimidación, permiten limpiar las calles de ratas y cucarachas que intentan lastimar a sus amigos o aliados.

Nathan Payette me reveló que, en sus tiempos de restaurantero, pagó protección. Por lo mismo, aún podría recurrir a los mafiosos italianos para solicitarles algún favor.

Un mes después regresé al bar del bulevar Saint-Laurent. Sorprendida comprobé que el dominicano había retornado, de improviso, a su país de origen.

El pretexto: su madre se había infartado.

La nueva encargada, simpática y cincuentona afroquebequés, convirtió el local en un salón de baile. Los viernes y sábados presentaba música en vivo, principalmente salsa y reggae.

La amarga experiencia con el dominicano me hizo ser prudente y exigente en la selección de clientes.

Payette, Gretzky, Hubert, Quattrocchi, Racano y Umana encabezaban la lista y confiaba ciegamente en ellos.

Lo mismo con Alphonse Moreau y Diègue Bourgeois que vivían en el mismo edificio donde rentaba.

El único inconveniente era el olor, después de exprimir sus colgajos seminales o verlos roncar con la boca abierta y sin dientes.

Payette tenía sus prótesis atornilladas a las encías.

Los otros ancianos trituraban sus alimentos con sus placas parciales o los escasos dientes y molares que enfrentaban la corrosión, por el desaseo y exceso de tabaco.

En verdad, no es nada agradable despertar y descubrir a tu costado un huesudo cadáver que ronronea y tiene pesadillas.

VIDEOTECA: 

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