INSTINTO DE GALLINA

Por Everardo Monroy Caracas

amapolaUn día triste por tanta llovizna.

 Abraham Katz le informó a mi madre:

—Nos vamos mañana a la casa y primero Dios todo mejorará para nosotros…

La familia Flores era la propietaria de esas tierras improductivas. Sin embargo, el cacique Lupe Flores se quedó pasmado al comprobar los resultados del trabajo de aquel hombre de ojos lapislázuli y manazas encallecidas.

No daba crédito.

Por lo mismo, trató de echar abajo los acuerdos de aparcería y recuperarlas sin dar nada a cambio.

Mi padre se defendió.

—La razón está de mi parte —le dijo a Lupe Flores— y sólo muertos nos sacan.

Tuvo que armarse de su fusil y un viejo revólver, buscar el apoyo de amigos y autoridades, y así convencer a los Flores de que la verdad estaba de su parte. No faltaron las amenazas de muerte y las hostilidades.

—Díganle a Abraham que si no se larga, les vamos a quemar la casa —nos advertía Lupe Flores, en ancas sobre su caballo retinto.

Mis padres estaban ausentes. No nos amilanaron.

Por el contrario, los Flores se convirtieron en personajes imitables. Los caracterizábamos en nuestros juegos. Yo lo hice y usaba para ello la ropa de mi papá y de mis hermanos.

Hasta los perros me desconocían.

Fueron los tiempos más felices de mi niñez, sin duda lo puedo afirmar.

En Chopeque el cielo parecía desprenderse, irascible y estentóreo. El agua caía con tanta virulencia que imaginaba estar sobre una barcaza verde, boscosa y frugal.

La palabra sequía no se encontraba en la boca de los moradores en aquel territorio de promisión.

Nuestra casa —una verdadera fortaleza—, estaba construida de adobe y techo de lámina galvanizada: una morada llena de detalles, fragancias, colores, ruidos, risas, pesares y temores. Hasta los gritos de Abraham Katz, muy comunes por su carácter irascible, me parecían musicales, sonoros y reconfortantes.

Bajo esa égida familiar crecí y desarrollé mis instintos. Aprendí a valerme por sí misma, a defenderme de mis hermanos y amigos, a ser Amapola Katz, la hija de Mariana y Abraham, pero al mismo tiempo a poseer mi propia personalidad.

Los pisos de mosaico de muchos colores nos ayudaron a sobrellevar la rutina. Jugábamos al mamaleche (que en otros lugares llaman avioncito) o los convertíamos  en carreteras para nuestros camiones y tractores de madera, fierro y plástico.

Tampoco faltaron las recreaciones que hacíamos de El Llanero Solitario y su inseparable compañero apache, Toro; el intercambio de balazos y ayes de Hopalong Cassidy y la Chata Candela.

En el interior de los tambos vacíos de doscientos litros recorríamos llanos, veredas y arroyos.

Mis hermanos se negaban a jugar conmigo a los trastecitos y muñecas. Lo hacía sola y representaba las imágenes cotidianas de mis padres.

—¿Qué haces? —me preguntó una tarde Abraham Katz.

—Estoy jugando…

—¿Y por qué tienes esa muñeca arriba de la otra?

—Porque están durmiendo, como trabajaron todo el día y ya cenaron, es de noche y se acostaron.

Simplemente recreaba imágenes visualizadas en la recámara de Abraham y Mariana.

Por las noches, cuando mis hermanos dormían, escuchaba los murmullos de mis padres. Me inquietaba el crujir metódico de su cama. En esos momentos era ajena a las revelaciones de la carne, pero algo en mi interior me provocaba hormigueos y sudoraciones.

En la parte noreste del rancho vivía doña Leonorilda con sus dos maridos: don Anastasio y don Emeterio. El segundo laboraba de agente de ventas. Se ausentaba varios días y regresaba cargado de regalos y alimentos. Le decíamos La Casita a esa parte de Chopeque.

Doña Leonorilda tuvo dos hijos y no se trataba de una mujer atractiva. Su situación conyugal era tolerada por los vecinos, pero no se sustraía a las miradas curiosas y los chismorreos.

En una construcción de muros enormes, deslavados, radicaban las hermanas Martha y Ramona López Coria, hijas de don Rafael y doña Petra.

Para acortar distancias, previo permiso, cruzaban nuestro potrero por una veredita construida por mi padre. Nunca le negaba el paso a nadie, pero siempre bajo su anuencia o la de Mariana.

Los caseríos levantados al sureste del ejido pertenecían al barrio de Los Orozco. Ahí radicaban varias familias con hijos pequeños que terminaron siendo nuestros compañeros de juego. En esa zona tenía su rancho don Antonio Orozco, hombre garrudo, de bigote escaso, que aparentaba enojarse al ser llamado Pachulio.

¡Pachulio! —le gritábamos.

—Van a ver lepes cabrones —respondía y nos correteaba, chicote en mano, entre las labores y llanura.

Siempre se hacía seguir de perros escandalosos y babeantes. Nos emocionaba enfrentarlos y evitar las tarascadas y chicotizas.

Los nubarrones de infelicidad aparecieron ante el temperamento incontrolable de Abraham Katz. Sus continuos viajes a Creel empezaron a deteriorar la relación con Mariana.

El Paraíso de Chopeque enfrentaba los sinsabores de la decepción y el desamor. Empecé a sentir las ausencias de mi padre, los accesos de cólera y llanto de mi madre y los comentarios mordaces de nuestros vecinos.

—Pobres lepes —decían.

Y algunas señoronas de La Casita intentaban tranquilizar a Mariana, lastimada por la pena y el engaño. No quería abandonar su habitación y sus exclamaciones de enojo y pesadumbre llegaban a los oídos de la familia.

El rancho empezó a sentir los rasguños del abandono y desamor.

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