EL FESTIN

Por Everardo Monroy Caracas

polvos ajenosEl aire huele a yerba silvestre. No cesan de piar los cardenales y arrendajos azules que han invadido el trozo de bosque donde caminas. Has dejado atrás el pequeño poblado de Saint-Ferréol-les-Neiges. Fuiste advertido de los riesgos al incursionar en territorio desconocido. Una semana atrás, dos turistas suizos terminaron en los intestinos de una manada de lobos hambrientos y aves carroñeras.

—En febrero solo encontrará borrachos, osos, linces, lobos negros, frio y nieve —te advirtirtieron antes de meterte al autobús y huir de la isla.

Nunca mencionaron a los zorrillos pedorros que invadieron la cabaña donde te alojas. Sembraron de miados rancios la habitación. Ni las ardillas voladoras y los mapaches fueron tan indolentes y abusivos como estos peludos omnívoros de patas cortas.

Poco importa.

No quieres vivir días inútiles.

Redescubres el ruido del silencio. Paciente, cavas en un aire diáfano y luminoso.

La falta de gente te invisibiliza en la foresta. Das de tumbos.

No hay verdor, sino oro refulgente.

Lo pisas y tiene forma de hoja.

Saint-Ferréol-les-Neiges no tiene industria y genera electricidad.

Las aguas del rio Sainte-Anne nacen de la impresionante reserva ecológica des Laurentides. Se funden en el rio San Lorenzo y son la fuente de vida de los solitarios pescadores de carpas y truchas.

—¿Quieres que te alcance? Yo puedo estar contigo este fin de semana —te ofrece Sandra Shiner al despedirte frente a su departamento de Outremont.

—Olvídalo, me interesa estar solo —respondes.

Febrero se presta para este tipo de retiros. Únicamente cargas la tableta electrónica con dos millares de libros y un par de libretas.

Tu bitácora de viaje está vigente. Ha registrado tus últimos cuarenta años de existencia.

El ritual diario que te permite recordar.

Desde hace dos años decidiste enviarle tus libretas a gente desconocida. Dejar un hilo conducente al final de cada página para que los mil trescientos ochenta y dos elegidos lleguen a conectarse a través de la bitácora de tu vida. Son anotaciones diarias con letra menuda, de distintos colores. Desde tu incursionar por las agrestes llanuras de la huasteca veracruzana hasta tu encierro temporal en una habitación de Montreal, semejante a una celda monástica.

Saint-Ferréol-les-Neiges se ha robado el tiempo.

La ciudad de Quebec está cerca. Del lado poniente, en el océano Atlántico, aguarda el arribo de los corsarios y belugas.

 Groenlandia o Europa, destinos inciertos e inalcanzables.

Sandra es insistente y quiere que la recuerdes.

Mientras avanzas por la desierta avenida, sabes que ella sigue de pie en pantuflas y bata de dormir. Te observa hasta que tuerces por el boulevard y aguardas el paso del primer autobús que te saque del barrio.

Lo de ir a Saint-Ferréol-les-Neiges fue una decisión improvisada.

Y valió la pena, meditas.

No importa que los zorrillos de cola blanca orinen tu cabaña o que los mapaches se coman tu despensa. Tienen el derecho de hacerlo.

Seguramente, los cardenales y arrendajos azules enmudecerán ante el inminente despliegue de la nieve.

Empieza a oscurecer y estás consciente de la jauría. No precisamente de perros. Lo imaginas antes de sumergir los pies en las frías aguas del Sainte-Anne.

 Los lobos tendrán su festín… y lo anotas.

HEMEROTECA: Temporada de zopilotes – Paco Ignacio Taibo II

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