SEMBRANDO PATRIA

Por Everardo Monroy Caracas

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El permiso de trabajo lo recibiría por correo en tres meses.

—Le recomiendo que no trabaje al contado para evitarse problemas —sugirió Johnny Morales—. Puede perder su status de demandante de refugio político…

—¿Y qué hago entonces?

—Debe pedir ayuda social, hermano. También inscribirse a una escuela de francés y aprender alguno de los oficios que paga Empleo Quebec. Todo es temporal y los beneficios son muchos…

Su propuesta no me agradó. La cantidad de dinero proporcionado por el gobierno quebequés apenas cubriría parte de mis necesidades personales. El paralegal habló de seiscientos dólares mensuales. De ahí pagaría, en el mismo lapso, trescientos cincuenta de renta, ochenta y dos de transporte y doscientos de alimentos.

De la misma caseta telefónica le hablé a Susana Torrijos. Me contestó con voz afónica, de enferma.

—Los efectos de la alergia para mí son devastadores, pero nada grave —aclaró—. Martin fue a limpiar un basement que van a remodelar y rentar…

—Únicamente quería saludarte, escuchar tu voz –dije.

La resaca exigía un aperitivo fermentado.

—¿Dónde estás en estos momentos?

—Cerca de la estación del metro Guy Concordia, en la calle Marc.

—Vente a comer y hablamos —ofreció Susana—, Martín regresa como a las seis de la tarde, pero no dudo ni tantito que se vaya de cabrón con el Ronco…

—¿Tienes cerveza o compro?

Pregunta obligada, de protocolo. En mi cartera intentaron pasar desapercibidos los dos billetes de diez dólares y las nueve monedas de veinticinco centavos que utilizaba en los teléfonos públicos.

—No gastes tu dinero, aquí tenemos, no te preocupes…

No pude mentirle.

—Gracias por decírmelo, ando en tiempos de vacas flacas, con los putos bolsillos agujerados.

Bruto, tú sabes que tienes a una amiga y nunca lo dudes…

—Lo sé, pero ya vendrán las mías y pondré mi parte…

—Ya lo has hecho y me ha sido de mucha utilidad… Algún día lo hablaremos… Y no tardes…

En dos días se vencería mi pase mensual del sistema de transporte público. Tendría que renovarlo. Tuvo razón Susana al recomendarme su permanente uso.

—Es un artículo de primera necesidad, porque es el medio para allegarte de comida, trabajo, salud, desmadre y dinero.

Y era verdad.

Montreal contaba con una excelente red terrestre de transporte público. Por ochenta y dos dólares mensuales nos desplazábamos por todos sus distritos y barrios. En la mayoría de avenidas y bulevares, los camiones circulaban las veinticuatro horas.

El tren subterráneo dejaba de funcionar de la una a las cinco de la mañana.

En mi primer mes de estadía todo fue embonando, como si mi vida tuviera algún propósito favorable para otras personas. Me hicieron visible, sin cuestionar mi procedencia, debilidades o fortalezas el venezolano de Cleveland; el pescador de Kingston, Clemente Ravary; Narguiles y la gorda Clarence; el calvo Martin y Susana; Johnny Morales y los Mina.

El güevón de Narguiles me abrió las compuertas de Montreal, internándome de inmediato a sus entrañas de vicio, verdor y concreto.

El pago fue en especie, en su propia cama y con las descomunales nalgas de Clarence.

Los mexicanos Martin y Susana, y el panameño y Lisandra, también contribuyeron en la bienvenida.

 Difícilmente olvidaría su bonhomía.

Las mujeres nunca cuestionaron mi proceder al intercambiar nuestros fluidos. El alcohol fue el mayor afrodisiaco de la inconsciencia. La misma sensación de placer que compartí con la española de Hochelaga.

Mi pasado en Chiquirines dejó de tener olor, color, volumen y peso.

Guatemala, en menos de dos años, pasó a ser una referencia y no una razón de vida.

Demasiados muertos, torturados y miserables observé desde mi infancia. Saltar ese tranco significaba reencontrarme con el otro Venancio Rendón Lizama que me aguardaba en Quebec. Ingenuamente supuse que en esta provincia volvería a recuperar la lengua de mis ancestros europeos y sus creencias raciales y religiosas.

Los balbuceos de Clemente Ravary, mientras conducía la lancha fuera de borda por los afluentes del San Lorenzo y bajo un cielo cargado de oscuridad y presagios, tenían mucho de verdad y sabiduría. Los despatriados sembrábamos patria en los territorios conquistados. Por ese simple hecho no tendríamos que avergonzarnos de nuestro origen.

—El mayor error que podemos cometer, chapín —sentenció el lanchero, pítimo y enmariguanado— es vaciarle los bolsillos a un inmigrante necesitado y perseguido. Hay que ser cerdo, pero no trompudo… Y téngale temor a los mentirosos, porque no solo son cobardes, sino traicioneros y vengativos…

HEMEROTECA: TvNotas_-_5_febrero_2019

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