MONTREAL

vuelaMontreal,

tienes los pies de agua invernal

y cabellera blanca,

de hippie enfebrecido.

Tus caderas de arce

arrean moscas de luz

y monedas de plata.

Hueles a pino virgen,

a manzana abierta

a savia de abeto triste

lastimado por la escarcha.

Cada noche sin luna

es una palma ardiente

de loba ciega

en los humedales de Hochelaga.

Antes de desaparecer

del tiempo-espacio

llevaré en mi lengua

retama seca,

poutine y queso

de cette maternelle isla:

Montreal.

HEMEROTECA: La muerte del comendador (Libro – Haruki Murakami

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