LOS RELINCHOS DE ROSALBA

portada en la entrana del castorRosalba preparó con esmero una veintena de enchiladas rojas. Cornelio Melo, aquejado por las dolencias de espalda, picó la cebolla y ralló el queso. Esa misma noche, la comida seria saboreada por Manuel López y Joaquín Do Santos El Holandés.

Manuel y Cornelio tenían una cosa en común: intimidaban sexualmente con Rosalba Luna.

En los diálogos telefónicos con Rosalba, Manuel le decía socio a Cornelio. La pareja lo festinaba al comentar los pormenores de esa relación estúpida, alentada por la necesidad de dinero.

Rosalba anhelaba comprarse una camioneta y ponerse en manos del cirujano plástico cuando retornara a México. Intentaba retener el tiempo: conservar su prestancia femenina que tantas calenturas despertaba en el sexo opuesto.

—Me voy a poner unas chichotas —repetía entre sus compañeras de la empacadora—, quitarme un poco de grasa de los costados y arreglarme la cara.

No cesaba de observar su desnudez en el espejo. Entusiasmada se acariciaba los senos, las caderas y el vientre. Quería prolongar la fascinación de los hombres por su cuerpo y rostro de gitana.

Una noche de junio, Cornelio bebió cerveza. Ya ebrio y encendido de pasión, convenció a Rosalba para que hablara telefónicamente con Abel Smith, otro de sus amantes.

En la cama, Rosalba cabalgaba a Cornelio. Profería gritos de placer.

—Pienso mucho en ti, en tu vergota Abel —vociferaba extasiada.

Del otro lado de la línea telefónica, Abel Smith, oriundo de Calgary, tuvo que apartarse de su recámara, donde veía el televisor con sus hijos y esposa. En un mal castellano dijo que la deseaba y extrañaba su perrito: Rosalba había desarrollado una inquietante habilidad con el cuello uterino que sorprendía a sus parejas.

—¿Cómo le haces para apretarla tan rico? —preguntó Abel Smith en el primer encuentro y entusiasmado por el descubrimiento.

—Es que tengo perrito —respondió Rosalba en plena arremetida.

—0—

Cornelio conocía el pasado sexual de Rosalba. Por lo mismo, aprendió a sobrellevar sus constantes acercamientos sexuales con Abel y Manuel.

En el fondo, los deslices de su mujer exacerbaban sus instintos sexuales. Le permitían fantasear.

—Antes de venirse Abel, yo ya me había venido en dos ocasiones. El muy cabrón sabe prolongar el placer —alardeaba Rosalba con las pupilas abrillantadas,

El agricultor de Calgary poseía un enorme mandoble genital, casi caballuno. Difícilmente, al recordarlo Rosalba, dejaba de entusiasmarse. Le quemaba por dentro, a pesar de tener el afecto y apoyo de Cornelio.

—0—

Manuel, sotaco y moreno, solo representaba dinero fácil para Rosalba. Lo toleraba por el apoyo económico que recibía cada fin de semana.

Manuel se conformaba con verla bailar los viernes y domingos en el Paraíso Encantado. Incluso, prometió comprarle una camioneta y darle ciento cincuenta dólares semanales.

En una ocasión, en la granja de flores donde laboraba, Cornelio se cortó el dedo pulgar de la mano derecha.

 Rosalba le comentó el hecho a Manuel.

Lo tenía al tanto de su relación con Cornelio.

—Qué bueno que se cortó —dijo Manuel.

—¿Por qué?

—Porque así mi socio no va poder tener relaciones sexuales contigo.

—¿Es malo?

—Claro, se le puede enconar la herida y darle tétanos…

—0—

El domingo, Rosalba iría a bailar al centro nocturno de Joaquín Do Santos El Holandés, hombre tosco, de nariz torcida y brazos de pesista. Decidió llevarle enchiladas en salsa roja. Manuel le pidió un poco de arroz con leche y canela, pero no tuvo tiempo para darle ese gusto. Prefirió tambien compartirle las enchiladas. Ocurrió después de compartirle algunos movimientos corporales, sin ropa, durante su espectáculo.

—0—

Pícame unas seis cebollas, pero muy menuditas, a la juliana—le pidió a Cornelio que escribía en la computadora.

—Le dices a mi socio Manuel que te ayudé a prepararle sus enchiladas —ironizó Cornelio.

—También le voy a decir que te comiste sus alimentos, no te hagas. Cuando llegaste, todo lo que había en el refrigerador lo compró Manuel.

—Estás equivocada, yo he puesto dinero. En un mes te he dado mil dólares para comprar la despensa y pagar la renta…

—Sí, lo que sea, pero comiste de la despensa que Manuel compró.

El reloj despertador accionó su alarma. Anunció el arribo de las cinco de la tarde.

Rosalba terminó de hacer las enchiladas. Las metió a un contenedor de plástico. Posteriormente optó por vestirse.

—Te preparas tus enchiladas —sugirió mientras se enfundaba unos pantalones de mezclilla, muy ajustados.

—No te preocupes, yo resuelvo lo mío —dijo molesto Cornelio.

—O cenamos juntos cuando regrese…

—0—

Cornelio prefirió abandonar el departamento e ir al supermercado.

No deseaba discutir, hacer algo incorrecto.

En esos momentos, Rosalba se preparaba para presentar su show en el centro nocturno. Su responsabilidad laboral minaba cualquier discusión o remordimiento.

El entuerto estaba hecho y era bronca de Cornelio ajustarse a sus reglas y necesidades.

Ensimismado, Cornelio recorrió las dos manzanas que lo separaban del supermercado Price Chopper.

“Soy el único responsable de que ocurre”, pensó.

Jamás había intentado ponerle un dique al pasado y presente de Rosalba. Por el contrario, la alentaba a seguir en el mismo derrotero sexual.

Concluyó:

“Ella tiene propósitos muy claros y nadie la va a hacer cambiar. Tendré que aprender a convivir con mis cuernos y falta de dignidad y entender que todo es relativo en la vida. Rosalba jamás será hembra de un solo hombre y así tengo que reconocerlo. Ni modo”.

Cornelio, al escuchar los gritos de Luis, no tuvo deseos de volver la cara. Lo conoció en la florería donde laboraba de jornalero de lunes a sábado.

Los ruidos de la ciudad le eran indiferentes. Principalmente en aquellos momentos de enojo contenido.

Luis aceleró el paso para alcanzarlo e invitarlo a trabajar en la cosecha de mazorcas, a veinte kilómetros de Leamington.

—Necesito catorce trabajadores y apenas somos cuatro… ¿Qué dices?

—Prefiero seguir en la florería…

—¿Por qué no le dices a tu esposa? —sugirió el mexicano.

—Ella ya tiene trabajo en una empacadora.

—¿Ya no va a bailar al Paraíso Encantado?

—Sigue ahí, precisamente hoy en la noche se presenta.

—Bueno, tienes mi número telefónico. Si sabes de alguien que quiera trabajar en el maíz, échame un grito, por favor.

Cornelio no respondió.

Lamentó haber renunciado a su trabajo en Guatemala. Ser policía político le generaba buenos ingresos. Nunca faltaban los quetzales en su cartera.

Una noche antes del incidente de las enchiladas, Cornelio soñó que moría de cáncer en un descarapelado hospital público.

Durante varias semanas viajó a diferentes ciudades de Canadá, a bordo de un camión rojo fosforescente.

En una pequeña comunidad, levantada a borde de carretera, ayudó a una mujer atacada por un extraño virus que le enllagaba la piel. También se enfrentó a un ex militar que despellejaba a sus víctimas en una vieja mina de metales preciosos.

La experiencia onírica se la comentó a Rosalba, antes de desayunar.

Sin embargo, a esa hora —seis de la mañana— desconocía que Rosalba Luna tenía el propósito de prepararle al Holandés enchiladas rojas con queso.

 Por ser domingo no iría a la florería de los Cappart.

El recuerdo de Abel le dio ánimos para retornar al departamento. Rosalba Luna le prometió llamarlo por teléfono mientras lo cabalgaba en la cama.

HEMEROTECA: Clio Historia N207 2019

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