PATAS DE POLLO

Por Everardo Monroy Caracas

cover_FotorNo es necesario ser tan descriptivo.   Lo que importa es dar el brochazo que estimule sentimientos o provoque curiosidad. Trazos sin complicaciones, precisos, como un dibujo de Pablo Picasso.

Tan simple como el recuerdo mozo de un junio sesentero…

Curiosidad y añoranza.

Ejemplo: ver a Tarzán sobre el farallón de La Quebrada, rodeado de cientos de nativos rijosos en la isla prohibida de Acuaria. Intentan rescatar a la princesa Mara del apetito sexual de un falso dios solar: Balu.

El Acapulco de 1947.

Veinte un años después, en 1968, frente a los ojos hipnotizados de dos adolescentes y en las pelonas gradas del cine Bahía, el de la avenida Aquiles Serdán 509.

Sin techo.

Un temps de chien, como dirían los franceses: calores demenciales, de revuelta estudiantil…

—¿Trajiste las patas de pollo?

—Sí y también la salsa Búfalo, brother… y la Cocacola es para los dos…

Pinche Pedro, ¿cuándo me llevas a la casa donde vivió Tarzán?

—El domingo…el dueño de la tienda de pinturas, donde compra mi papá, le consiguió una chamba en el hotel Los Flamingos… Vamos a pintar dos habitaciones…

Tarzán en el cine Bahía de Acapulco.

 Aún no oscurecía.

La gran pantalla intentaba descifrar la intermitencia de unas imágenes en blanco y negro, apenas perceptibles por la luminosidad del crepúsculo.

 La película estelar, Tarzán y el gran río, arribaría en hora y media, durante el plenilunio de junio. Ocurrió tras la derrota de Vargas: el falso Balu y traficante de perlas, en Tarzán y las sirenas.

Chiflidos y mentadas de madre al cácaro por escucharse los diálogos en inglés, sin imagen.

Dulceros y refresqueros, cual Flash, recorrían las escalinatas. En repetidas ocasiones nos obligaban ponernos de pie para evitar ser pisados.

Se internaban entre la butaquería con los productos demandados.

—¡Refresssssscooosssss, pidaaaaaa sus sssscooooosssssss…!

—¡Palomiiiiiiitasssss…!

—¡Paleeetaaaaasssss, hay paleeetaaaassss!

El cine Bahía, según lo recuerdo, albergaba no menos de tres mil personas. Era considerado el local de mayor dimensión de Guerrero. De ahí su falta de techo.

La propaganda, voceada insistentemente en el Mercado central, aseguraba que por primera vez la película Tarzán y el gran río sería estrenada en Acapulco.

El papel del aristócrata escocés John Clayton III y El rey de la selva recaería en el jugador de futbol americano, oriundo de California, Michael Dennis Henry.

—¡A colores y en cinemascope, sólo este fin de semana, no falte a su teatro cine Bahía..!

—¡Dos, dos grandes películas de Tarzán por un solo boleto!

¡Niños lleven a sus papás! ¡Papás lleven a sus abuelos! ¡Abuelos lleven a sus vecinas!

Y en los volantes —distribuidos por un enjambre de chiquillos en short y playera deslavada—, se leía que, en la película estelar, el hombre mono viajaría a Brasil, a la selva amazónica, para combatir al dictador y hechicero Barcuna que se oponía a la medicina moderna: una doctora estadounidense, rubia y joven, que intentaba vacunar a los nativos contra enfermedades virales. Los adoradores del dios Jaguar amenazaban con asesinarla.

De ahí que un profesor —amigo de Tarzán y ejecutado por Barcuna— demandara su ayuda.

Un león y la mona Chita —rescatados por el hombre mono en un zoológico brasileño— lo acompañarían en aquella aventura justiciera.

Sin embargo, la película a proyectarse, Tarzán y las sirenas, tenía un mayor atractivo para los lugareños. Había sido filmada en Acapulco, Teotihuacán y los estudios Churubusco. La protagonizaron —además de Johnny Weissmüller y Linda Christian— actrices y actores mexicanos: Andrea Palma, Gustavo Rojo, Magda Franco, Lilia Prado, Silvia Derbez y Armando Silvestre.

Dolores del Río, cercana al presidente Miguel Alemán Valdez, invitó a Johnny Weissmüller a filmar su última película como Tarzán en el puerto de Acapulco.

El actor, de 43 años, tuvo una gran acogida entre la socialité mexicana. Incluso, le organizaron una comilona en la residencia oficial de Los Pinos, construida por un rico hacendado en el bosque de Chapultepec, en 1853. El gobierno federal la adquirió en 1934.

Tambien asistieron al agasajo, los actores hollywoodenses, Tyrone Power y Linda Christian. Alemán Valdez poco se despegó de Linda, su paisana, que nació en Tampico, Veracruz e hizo el papel de Jane en la película de Tarzán y las sirenas.

Weissmüller, de origen rumano, jamás imaginó los alcances de su personaje en territorio mexicano.

Ejemplo: en Huayacocotla despertó algarabía al exhibirse la película Tarzan de los monos. Medio pueblo se concentró en el galerón de don Higinio Solís, construido en la Ygriega de la avenida Revolución.

En 1965, mi tía Ana María me llevó a ver la película, filmada en 1932 en blanco y negro. Nos apoltronamos en dos sillas de madera e ixtle que cargamos desde la casa. En el mismo lugar, en fechas posteriores, disfruté de otras dos cintas del ex campeón olímpico en su papel de Tarzán.

La última aventura de Tarzan con Weissmüller fue filmada en Acapulco.

Los asistentes del cine Bahía —entre los que me incluyo— se entusiasmaron y acudieron a la sala en masa. La mayoría conocía los escenarios naturales de Acapulco.

Johnny Weissmüller compró una casa de descanso —Los Flamingos—, en uno de los acantilados adyacentes a las playas de Celetilla y Caleta.

Carmela, la joven amante de don Guido Gándara, no quiso acompañarnos al Bahía.

El propietario del cine, don Jacobo Jaca Avayou, ordenó a sus empleados impedir el ingreso a niños menores de cinco años. Sus berridos, acicalados por el calor, hambre o aburrimiento, desencadenaban peleas y lesionados.

—Mejor cuando salgan me traen dos pesos de semillitas o unos tamalitos de pescado —pidió Carmela.

 Los sábados y domingos, don Guido y Pedro la pasaban en casa de doña Zulema.

Yo convivía con Carmela, de 22 años, y su bebe.

Al término de la función de cine, fui el encargado de llevarle los dos cucuruchos de papel estraza con semillas y cuatro tamales de merluza (pescado sin espinas). Los compramos en el restaurante El Zombie.

Don Guido me pagaba doscientos pesos semanales por lijar puertas y barandales.   La mitad, cien pesos, le daba a Carmela, de 22 años.

Modesta compensación por alimentarme  y lavar mi ropa.

Gustaba que le leyera las fotonovelas que le regalaba don Guido. Lo hacía echado en su cama y con el televisor encendido, sin volumen.

Difícil olvidar aquel sábado de plenilunio, un 29 de junio.

Lo recuerdo perfectamente.

Esa noche, en uno de los muros de la cocina, Carmela dibujo el número 29 con pintura vinil roja.

Sucedió diez minutos después de contarle lo ocurrido en las dos películas de Tarzán. Serian casi las dos de la mañana.

—Hoy quiero que nos bañemos juntos antes de dormir —me dijo—.  Y este número lo voy a borrar cuando te vayas…

Ahora descifro aquel repetitivo comentario del maestro Juan José Arreola, durante sus talleres de cuento:

—No es necesario ser tan descriptivo…

VIDEOTECA:

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