LA DIVA DE HUAYA

Por Everardo Monroy Caracas

mil veces5

Tuve la oportunidad de conocerla y tocarla después de mi amarga experiencia en una prisión canadiense. Valió la pena.

Una beldad serrana.

Sofía Estrella semejaba una diva hollywoodense: sinuosidad corpórea; cejas altivas, a la Greta Garbo; grandiosos ojos celestes y pestañas naturales, largas y enchinadas; nariz pequeña, delineada sobre unos labios frugales y semiabiertos. No ocultaban la admirable textura de unos dientes incisivos, enemigos de cualquier impureza e imperfección.

Cuando me narró la parte trágica de su vida y la urgencia de conocer el paradero de su hija, decidí ir a Las Higueras. Lo haría, de conseguir un salvoconducto del comandante de la guarnición, aliado de Adiel.

Mi encuentro con el teniente Sigfredo Romo seria de suma importancia. Me permitiría obtener detalles del comportamiento de sus subalternos y la inexpugnable cordillera, controlada por los traficantes de heroína y madera.

De Huayacocotla a Las Higueras necesitaba desplazarme a pie. La perenne humedad de la serranía convierte los senderos en pantanos. Ni una bestia de carga podría transitarlos, menos un vehículo automotor.

Tendría que caminar los setenta kilómetros de acantilados y onduladas llanuras encharcadas, invadidas de ajolotes y renacuajos.

Sin una ruta directa para acortar distancias.

Por el contrario, requería internarme en rancherías inhóspitas y fantasmales como Los Helechos, Cerro Gordo, Los Naranjos, Tlalmatlan, Nanayatla, Conatlán, El Lindero, Benito Juárez y Achupil.

 Sus habitantes, acostumbrados al agreste entorno serrano, sabían desplazarse a ciegas por los barrancones desforestados, semiocultos en una niebla, pegajosa, gélida y reptante.

Adiel Mijares aun no designaba al matón que me apoyaría en la aventura. Su yeguada estaba a mi disposición. Incluso, ordenó que me ensillaran al Palomo,  su potro preferido. Un nervioso cuadrúpedo de fina crin y corvejones y cuartillas entrenadas para recorrer largos trechos de terreno pedregoso.

El  matancero Tobías Iñiguez, al enterarse de mi inminente odisea, me hizo una recomendación:

—Tiene que ir de la mano de los indios, porque si no se lo va a cargar la chingada y se lo digo con mucho respeto…

Los vidrios de sus lentes le agigantaban el tamaño de los ojos y córneas, disminuidas por las cataratas, y achicaban sus flácidas mejillas devastadas por la diabetes.

El anciano desconocía que su esposa me había metido en ese brete.

—Le agradezco la recomendación, don Tobías, pero estoy a la espera del  ranchero  de Zacualtipán que conoce esa zona… —le mentí.

En ganchos de acero colgaban grandes trozos de res y cerdo, arriba del mostrador de lámina inoxidable y cristal en la fachada. Las chuletas, costillas, pancetas y cabezas estaban a la vista del cliente.

Tobías Iñiguez era un esclavo de la filipina blanca, manchada de sangre. Los cuchillos y afiladores siempre estaban al alcance de la mano. Su esposa nunca lo asistía en el establecimiento. Odiaba el tufo de la carroña.

Por acuerdo mutuo, pactado con Adiel Mijares, dormían en camas separadas desde el mismo día que se desposaron.

Pos’tenga cuidado, compadre. No cualquiera se atreve a meterse por los linderos del Libanes. Los tepehuanes son más salvajes que los apaches de las películas gabachas y no le miento al afirmar que me ganan en destazar al prójimo y eso que yo ya tengo más de cuarenta años en el oficio. Es gente sin razón, unos verdaderos ladinos muy cabrones

La carnicería formaba parte de una tira de establecimientos comerciales construidos en los costados de la avenida Revolución: tramo de grava suelta que enlazaba a la carretera a Tulancingo. Ahí se apiñaban tendejones, casas de tabique o adobe, el cementerio municipal e infinidad de terrenos baldíos protegidos con alambre de púas o tablones de ocote.

Un ejército de trabajadores del gobierno federal desolló parte de la cordillera para lograr esa proeza arquitectónica. Su esfuerzo acercó a una veintena de pueblos y rancherías con Tulancingo, Pachuca y la Ciudad de México.

Cientos de buldócer, excavadoras, camiones dámper y dinamita convirtieron el camino real de recuas y leñadores, en una vía mal asfaltada, zigzagueante, pero transitable para los autobuses foráneos y las camionetas de redilas.

Tobías Iñiguez heredó la propiedad de su abuela materna. Adiel le dio dinero para abrir la carnicería y construir una vasta casa estilo colonial con altos muros calizos, techos de teja roja, adquirida en Querétaro, y un amplio jardín cuadrangular donde las golondrinas veraniegas se anidaban durante sus tres meses de permanencia en Huayacocotla.

Sofía Estrella, como aquella vieja canción de Miguel Hernández,  La Calandria, tuvo que sobrellevar su matrimonio de fachada. Nadie de los lugareños la juzgaba públicamente, menos el sacerdote. Adiel Mijares repelaba el chisme o el ensuciar las honras de sus protegidos.

Los lenguasueltas descansaban en el cementerio municipal.

Tener a su amante en la cabaña refrendó mi interés en ayudarla. El Libanes, seguramente ya estaba al tanto de mi encuentro con Adiel Mijares. Me tendría vigilado.

Casandra, de seguir viva, continuaría en Las Higueras.

—Adiel autorizó  este encuentro, señor Valdés —aclaró Sofía Estrella, majestuosa entre el marco de la entrada—. El hombre que lo acompañará llega mañana y trae todo lo necesario para el viaje… Le estoy muy agradecida por tenderme la mano…

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