EL ENCUENTRO

Por Everardo Monroy Caracas

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La mancha de aceite en el mar picado seguía presente ante tu mirada de lince. El cigarrillo encendido, un Yungay sin filtro, permanecía en tus labios de mozalbete.

Tú la observabas desde babor, agarrado a la baranda que segundos antes martillaste con una pica para quitarle el óxido. Otro barco mercante fondeaba a unos cuantos metros. La cuerda aullaba sin soltarse del hongo de acero, empotrado en el muelle.

La escollera no era suficiente para contener el oleaje.

Desconocías que Norma Luisa también te observaba.

Frida la condujo al lugar sin preguntarle.

Por el momento, el muelle Prat resguardaba a media docena de barcos cargueros y tú, uno más de aquella masa trabajadora, intentabas sobrevivir en el Chile convulso, preocupado por los efectos de la guerra.

No durarías mucho en aquella faena de locos: limpiar y repintar la cubierta con anticorrosivos y tinturas de aceite.

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1946 tenía perturbada a su gente.

Los noticieros hablaban de los estragos materiales ocasionados por la locura nazi y las pruebas atómicas del gobierno estadounidense en unas islas de Oceanía, después de experimentarlas con seres humanos en Hiroshima y Nagasaki, Japón.

Los estibadores de Valparaíso conocían al dedillo lo que ocurría. Durante los seis años de conflagración armada, lograron resistir las amenazas de invasión de algunas potencias en conflicto, principalmente las encabezadas por Hitler y el emperador Hirohito.

Para el colmo, el presidente de la república, Juan Antonio Ríos, al igual que su antecesor, no logró concluir su mandato. La muerte lo sorprendió el 27 de junio. El cáncer truncó sus sueños y tuvo que renunciar al cargo. Cuatro años antes había derrotado en las urnas a El Caballo Ibáñez. Por tercera ocasión aspiraba ser el primer mandatario, pero ahora, sin el apoyo político de los fascistas chilenos.

Norma Luisa era una quinceañera de cintura estrecha, ágil y emprendedora.

En San Francisco de Limache laboraba como asistente del abogado Rómulo Cabezas. El puesto pudo obtenerlo por sus propios méritos, después de someterse a un intensivo curso de taquimecanógrafa, pagado por Guillermo.

Una amiga y vecina, Olga Vera, le ofreció la plaza. En dos meses se desposaría y celebrarían su luna de miel en Villa del Mar.

—Si quieres mi puesto, cabrita –dijo Olga a Norma Luisa— tienes que aprender a escribir en máquina y taquigrafía. El curso es de tres meses y vos eres muy aguja y aprendés rápido…

La academia se encontraba a seis cuadras de la casa de los Shaw, a un costado de la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes.

Norma Luisa se inscribió a principios de enero. En mayo comprobó lo dicho por Olga: había superado la prueba y obtenido el diploma de secretaria auxiliar.

Tal vez no fue la mejor alumna en taquigrafía, pero destacó en mecanografía y agudeza mental.

El licenciado Cabezas no dudó en contratarla y presentarla en los juzgados, los consejeros de la municipalidad y la burocracia de los centros de detención.

Norma Luisa abandonó su trabajo de cobradora en el departamento de limpia.

No lo lamentó.

Durante su reciente visita de Frida a San Francisco de Limache, invitó a su hermana de crianza para que conociera Valparaíso, donde vivía con su marido y la familia Avilés.

Por la muerte del presidente Ríos, las oficinas públicas y los juzgados cerrarían sus puertas durante los tres días de duelo.

—Aprovecha estos días para acompañarme, Norma, y ese será mi regalo de cumpleaños —ofreció Frida en presencia de sus padres—. Mi marido anda en altamar y regresa hasta principios de julio…

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Y aun tú eras ignorante de aquellos acontecimientos domésticos. Trabajabas duro y compartías tu tiempo como estudiante de electricista. Deseabas ser contratado por algún buque mercante. Por el momento, fuiste enganchado en el área de mantenimiento.

Un representante sindical de los estibadores, amigo de tu padrastro, logró colocarte en los atracaderos de Prat y Barón. Desconocías que en el mismo barrio de Playa Ancha, donde tenías fama de balsa y enamorado, aquella chiquilla pizpireta, delgada y hosca en el trato te observaba desde el muelle.

Frida te había señalado.

Tú arrojaste la colilla al mar e hiciste un movimiento de cabeza, en señal de saludo.

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—Ese es mi inquilino —dijo Frida y devolvió el gesto levantando la mano derecha—. Vive con su padrastro y su madre que se llama Carmen… Es hijo único y muy carretero el cabro, pero te saca la risa fácil…

Norma Luisa no respondió. Tampoco hizo algún gesto de desagravio. Aquel muchacho casi era de su edad. Lucía una melena oscura, de pirata, y la sonrisa a flor de labios.

Ya habría tiempo de conocerlo.

Minutos antes, las dos mujeres habían descendido del tren eléctrico, precisamente en la avenida Altamirano y frente al muelle Prat.

Frida condujo a Norma Luisa al sitio donde seis barcos mercantes con banderas extranjeras aguardaban su turno para ser descargados.

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Frida tenía conocimiento de tu presencia. Antes de viajar a San Francisco de Limache le comentaste de tu nuevo trabajo en el área de mantenimiento del puerto.

Tu padrastro  —cocinero de la zona naval—, le dijiste,  logró conseguiré esa plaza. Muy agotadora por el constante martilleo de mamparas. Permanecerías ahi mientras te especializabas en el embobinado de rotores generadores de electricidad.

Tampoco fue fortuito el encuentro de las dos mujeres contigo.

Frida te doblaba la edad. Siempre estaba pendiente de tus apremios económicos y apetencias de carne.

En una de tus farras, alardeaste de macho cabrío, como lo revelaría en años posteriores uno de tus allegados del barrio.

Sin embargo, Carmen, tu madre, sospechaba de aquella riesgosa relación y la callaba, por la necesidad de obtener su propia morada y mudarse al lado oriente del puerto, donde su marido había iniciado los trámites de compra-venta.

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—Te va a caer bien ese cabro, vos verás –insistió Frida tras soltarse la cabellera rubia, en un descarado acto de coquetería—. ¿Es muy guapo, a poco no?

La jovencita continuó en su mutismo.

Valparaíso olía a salitre y pescado fresco. Eso le sorprendió.

Por primera vez, Norma Luisa descubrió la belleza de la mar y a una ciudad portuaria con gente generosa y productiva, siempre dispuesta al sacrificio.

Difícilmente lograba sustraerse a ese hecho visible.

San Francisco de Limache se encontraba a cincuenta kilómetros de distancia de Valparaíso. El ferrocarril de pasajeros fue el medio que le permitió internarse a un mundo diferente, de metrópoli. Menos ruralista.

El tren eléctrico que abordaron en la estación del ferrocarril, le causó emoción y sorpresa durante el trayecto.

Le aguardaba la casona de Frida en Playa Ancha, en la calle de Gran Bretaña.

Todo pasaba a segundo término en aquellos instantes de arrobamiento.

Era invaluable la experiencia e irrepetible para una provinciana.

El frio del pacifico lastimaba la piel, por ser invierno.

Y ese día, Norma Luisa estrenó una chompa de lana de llama, regalo de Emma, y unos botines de tacón bajo y forro de antera que recibió de manos de su padre, el Gringuito.

El 21 de junio le festejaron su quince aniversario de vida. En esta ocasión, estuvieron presentes antiguos compañeros de la municipalidad, el licenciado Cabezas, los Vera y Frida.

Su hermana de crianza, tras el abrazo y el corte de la torta, hizo el ofrecimiento del viaje a Valparaíso.

Dos días después, Norma Luisa saludaría de mano a Manuel Ernesto Avilés, el futuro padre de sus hijos.

HEMEROTECA: Cinemanía – febrero 2019

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