SKY (Cap.3)

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Florentine tuvo que correr hacia el vestíbulo, perseguida por una jauría de fotógrafos. No cesaban de accionar los flashes. Raynald Gellar, en abrigo, sombrero de pana y paraguas. Todo de negro, la aguardaba en la entrada.

No parecía molestarle la desnudez de Florentine y que la lluvia arreciara.

Florentine intentó abrazar a su novio. Una voz agitada y estruendosa se lo impidió.

—¡Princesa, Princesa… Despierta… Despierta!

—¿Qué ocurre?

 No tuvo ánimos de despertar.

—Tienes que comer algo, has dormido bastante…

—Prefiero dormir…

Garance insistió:

—Si no te alimentas, tendremos problemas, ¿lo recuerdas?

La advertencia hizo efecto. De inmediato se incorporó. Dos días antes, la voz robotizada les ordenó ejercitarse y alimentarse correctamente. De no hacerlo, los separarían y restringiría la calefacción, el agua y algunos productos de la alacena.

A Florentine le recordó el número de días de cautiverio.

Las dos semanas le parecieron eternas.

Sin la presencia del anciano, lo reconocía, posiblemente hubiera enloquecido.

En algunas ocasiones, acordaron echar las colchonetas al piso de parquet y dormir abrazados, sin importar el rancio olor del viejo o sus ronquidos.

Temía quedarse sola.

Florentine se sentía vigilada.

—Me hubiera gustado haber tenido un amigo como tú —confesado Florentine.

—Eres muy bella y no te faltaran amigos —dijo el anciano.

Aspiró con fruición la fragancia natural del cabello pajizo de la chica.

—Gracias otra vez Garance, por darme fortaleza…

Mientras degustaba su tazón de lentejas, ante la mirada apacible del anciano, Florentine reveló que su novio estudiaba medicina en la Universidad McGuill. Después de titularse viajarían a la Republica de Senegal para incorporarse a la organización altruista Médicos sin frontera.

La boda por la iglesia la realizaron  al retornar de África. Sería en la ciudad de Quebec, en la Basílica Menor de Notre-Dame.

—Con mayor razón —sugirió el viejo—, debes ser fuerte y no resistirte a lo que nos ordenen… Si quisieran hacernos daño, ten la seguridad que no tendríamos esta conversación. ¿Lo comprendes?

—¿Pero qué quiere de nosotros? —inquirió Florentine. Sus ojos enrojecieron e hizo un gran esfuerzo para contener el llanto.

—Lo desconozco… Pero es lo de menos…

La respuesta llegaría el mismo día, tras ver el noticiero.

Nuevamente escucharon la voz robotizada. Yacían en su camastro.

Atención, Atención… Escuchen bien lo que les voy a decirles… Atención, atención… Tu Florentine Dugès tendrás relaciones sexuales con Garance Cávalos, pero en esta ocasión, solo permitirás que te masturbe con su asquerosa lengua de pecador… ¿Has comprendido? Únicamente te masturbarás sin llegar más allá. Y tu Garance Cávalos, deberás complacerla… Hay cámaras ocultas en la habitación y si violan mis instrucciones, tendrán que sufrir las consecuencias… En una de las cajas de sal en grano, hay unas pastillas éxtasis… Deberán ingerir una para estimularse… En una hora lo harán y todo llegará a su fin hasta que eyaculen…

El anciano reaccionó de inmediato. Fue a uno de los canceles en busca del paquete de sal. En su interior encontró una pequeña bolsa transparente con las anfetaminas de varios colores. La palabra Sky grabada por las dos caras. Tomó una verde, semejante a una aspirina, y ya en su mano, levantó la cabeza y tragó con prontitud.

El encuentro sexual no sería confortable. Florentine se vería forzada en colaborar. Sin embargo, le preocupaba un hecho: tenía setenta y dos años y el esfuerzo podría matarlo.

—Ten Princesita, es mejor que la tragues —le pidió a la chica, que aún no digería a plenitud lo ordenado por el altavoz.

Florentine no la rechazó. Sabia de los efectos de la pastilla. En algunas fiestas de la high school la ingería con alcohol. El calor uterino era mayor y placentero.

—Por favor, necesito tomar agua y asearme un poco —pidió Florentine—. Te agradecería que tú también lo hagas para evitar alguna infección…

—Admiro tu valor, Princesita —musitó el viejo. Le acarició delicadamente el cabello y besó la frente—. Y no te preocupes, seré cuidadoso…

Florentine apretó los labios e hizo lo que le sugirió al anciano: bebió tres vasos de agua del lavamanos y con una toalla húmeda se frotó el cuerpo y la entrepierna.

La presencia de Garance ya no le provocaba vergüenza. Le solicitó ayuda para cubrir de crema su espalda. Después, el viejo permitió que ella repitiera la misma faena.

Princesita, es posible que tenga una erección y me preocupa que pienses que te falto al respeto. No quiero perder tu amistad —dijo el viejo al sentir las manos de la chica en su cuerpo.

Florentine sonrió.

Y en tono condescendiente, mirándolo con fijeza, dijo:

—En estos momentos eres muy importante en mi vida, Garance. Yo también quiero que a ti no te hagan dañó. Juntos enfrentaremos este infierno y juntos saldremos bien librados…

 

HEMEROTECA: El sexo en el cine y el cine de sexo – Ramon Freixas

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