VELARDE

Por Everardo Monroy Caracas

la dama9

—Tenga, coma y deje de llorar…

El hombre entrecano y barba de candado me ofreció dos burritos de chicharrón y frijoles refritos y una lata de Coca cola.

Me negué.

No estaba para coqueteos, después de dos horas de viaje. Me angustiaba dejar atrás mis orígenes y amores e internarme a territorio desconocido.

—Las penas con pan son buenas, señorita —el hombre insistió desde su asiento, pegado al pasillo y frente al mío—. Uno nunca está solo y estoy seguro que lo que menos queremos es pelearnos con el estómago. Hágale eco a este modesto maestro…

Acepté y lo hice. Aquel viejo me transmitía un sentimiento de confianza. En los páramos y serranías las mujeres nos convertimos en animales y funcionamos por instinto.

Yo no era distinta.

En el fondo anhelaba un poco de cariño, de comprensión y ser escuchada.

Recibir algo, material o emocional, tendría que pagarlo con el cuerpo, estaba consciente.

Y en esta ocasión, aquel viejo no mal parecido, seguramente me miró las nalgas y las tetas para desprenderse de sus burritos y soda.

Lo supuse.

—Gracias, señor…

—No las de, porque se los ha ganado por su belleza… —asentó sin dar muestras de lascivia. Su mirada era apacible, de hombre proverbial. Me transmitió confianza—. Desde que se subió al camión, descubrí su tristeza y me di cuenta que es la primera vez que sale de su estado… ¿O me equivoco?

Intenté no responder. Necesitaba hablar con alguien. El hombre entrecano y sonrisa plena me daría una oportunidad de desahogarme.

Mi resistencia quedó minada al consumir los burritos y la Coca cola.

—Y no se agüite, soy maestro jubilado y antes di clases en una preparatoria de La Barca, Jalisco y ahora soy delegado sindical. Me llamo Norberto Velarde —dijo.

Y al presentarse, extendió el brazo.

Instintivamente respondí a su saludo. Le estreché su mano, suave y tibia.

Velarde me invitó a acompañarlo al asiento contiguo, pegado a la ventanilla, y así hablar con mayor confianza y soltura.

Accedí.

Ninguno de los pasajeros puso objeción. En su mayoría iban acompañados o dormitaban. Los rostros indianos evidenciaban su origen. No dudaba que, entre ellos, viajaban sicarios o productores de marihuana.

Desde ese momento pude entregarle mi confianza a Velarde. Le revelé el motivo de mi salida de Durango y el viaje a Guadalajara. No le oculté nada. Lo hice porque suponía que aquel hombre probo podría abonarme un poco de luz, tan necesaria en esos momentos.

Después de escucharme en silencio y sin jamás interrumpirme, dijo en tono paternal:

—Creo que debes dejar atrás toda esa pesadilla y romper con tu pasado, principalmente alejarte de ese muchacho que te ayudó a escapar del peligro y el horror. Aun eres muy joven y debes darte una oportunidad de ser feliz…

—¿Y qué debo hacer, maestro, si no conozco a nadie?

—Déjame ayudarte… —al escucharlo algo removió mi estómago, me alertó. Velarde se dio cuenta y suavizó su voz—. No, no pienses mal, muchacha. Mi ayuda es desinteresada. En la prepa yo le daba clases a muchos chamacos como tú y por eso te entiendo… Mira, lo primero que vamos a hacer es conseguirte un lugar donde vivir en La Barca… No te preocupes… Por lo pronto, si no dudas de mi sinceridad puedes llegar a la mia…

—¿Usted es casado, maestro?

—No hija, viudo y vivo solo… Yo jamás te faltaría al respeto y menos en esta etapa de mi vida, en la que le he invertido mucho para ser una persona respetada por la comunidad y ante el magisterio… También tengo hijas, una de ellas de tu edad…

No contesté.

Durante el trayecto me contó algunas anécdotas de los lugares que había conocido en sus casi treinta años de maestro rural: su paso por diferentes escuelas de Oaxaca, Guerrero y Chiapas y la miseria en la que vivían sus alumnos.

En algunas ocasiones fue de cacería a lugares inhóspitos para allegarse de tlacuaches, serpientes, ratones de monte, torcazas y hasta ranas para poder alimentarlos.

Los mismos lugareños le enseñaron a construir trampas o manejar hondas y resorteras. En los riachuelos de Juchitán utilizaban pequeñas porciones de dinamita para pescar truchas o utilizaban cestos de mimbre para atrapar camarones y langostas.

Por primera vez escuché los nombres de Octavio Paz, Salvador Mirón y León Tolstoi. Del segundo me recitó uno de sus poemas, que después me aprendería y recitaría en los jolgorios y bohemias: A Gloria.

Cuando llegamos a Aguascalientes eran casi las cinco de la tarde. Ahí acordamos comer en un restaurante de la terminal de autobuses. Una hora después, continuamos nuestro viaje a La Barca. En el trayecto tomé la decisión de aceptar la ayuda de Velarde, bajo la advertencia de alejarme cuando me allegara de algún trabajo digno.

—Quiero aprender muchas cosas de usted, maestro  —dije y no dudé en tomarle la mano—, porque sé que sus conocimientos y experiencia me ayudarán a evitar más abusos y desprecios. Ya no quiero vivir con miedo y odio, sino tener mayor seguridad de mí y ayudar económicamente a mi madre.

—Depende de ti, Sandra —respondió sin dar visos de querer algo más que mi estima. Su aspecto paternal me conmovió y desarmó—. Ya verás que en un año o menos te sentirás libre y fuerte para vencer cualquier adversidad en la vida. Olvídate de San José de la Parrilla y de Nombre de Dios y pienso en tu futuro. Tú eres una jovencita muy hermosa e inteligente y sabrás vencer las adversidades. Yo me encargaré de orientarte y apoyarte con alimentos y siempre recibirás un trato de respeto de mi parte, como si fueras una hija…

Preferí creerle para no enredarme en las tenebras de la angustia y la desesperanza.

La imagen de Gustavo seguía latente y evoqué sus últimas palabras de amor y la forma salvaje de poseerme y hacerme gemir hasta el agotamiento. Sin embargo, tendría que olvidarlo y concentrarme en lo que haría después arribar esa misma noche a La Barca, Jalisco.

 “¡Que se joda!”, pensé.

HEMEROTECA: en busca de Bolivar – user

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