LA CAIDA DE ROMUALDO VILLA

Por Everardo Monroy Caracas

soledadq12

La edad hace de las suyas.

Romualdo Villa manotea antes de desplomarse bajo el rellano de la puerta trasera. Lo hace de espaldas y evita gritar para no ser auxiliado.

No es la primera vez que ocurre.

En esta ocasión el daño es mayor.

Romualdo se fractura el cráneo y alguna vértebra lumbar o el hueso sacro.

–Puta vejez…

El dolor empieza a reptar por su esqueleto. Teme quedar paralizado.

El mismo dolor experimentado en Oaxaca, en la década de los setenta.

—0—

El autobús que lo trasladaba de la Ciudad de México a Juchitán rodó al salirse de la carretera.

Romualdo —uno de los treinta y seis pasajeros— quedó sepultado bajo una decena de cuerpos inermes y sanguinolentos. Recuperó la consciencia tres horas después del accidente.

El periodista fue auxiliado por una enfermera de cara redonda, chata, pálida y ojos enrojecidos, por la falta de sueño.

Romualdo despertó en una cama del hospital rural de los ferrocarrileros. Permanecía desnudo, cubierto con una sábana manchada de sangre y enchufado a una sonda plástica que lo alimentaba de suero.

—¿Estoy completo?

—No hable…

—Respóndame…

—Ahorita viene el doctor López y le aclara sus dudas…

—Por favor…

Los seiscientos kilómetros recorridos durante la noche pasaron inadvertidos al narcotizarse con media botella de mezcal, rebajado con refresco de cola.

Ni siquiera se bajó a orinar en Córdoba o Cosamaloapan. Tampoco comió en el sucio tendejón de Acayuca, donde, sin costo, los choferes eran agasajados.

—0—

—Puta vejez…

Repetirlo lo reconfortaba.

El tiempo se había acumulado en su piel hasta agrietarla y convertirla en una cáscara bofa, reseca.

Durante setenta años intentó descifrar su paso por la vida terrenal y comprobó que, después de ser parido por una madre piadosa y cristiana, estuvo condenado a enfrentar sus yerros con miedo y remordimiento.

El México de sus orígenes apestaba a trementina quemada y metano.

La bosta y boñiga de las calles sin pavimentar convirtieron a Huayacocotla en un perenne abrevadero de moscas y zancudos. De ahí su constante expresión, ante quienes le preguntaban de su origen:

—Pertenezco a un pueblo caquero, donde siempre me sentí un escarabajo…

Durante quince años, Romualdo estuvo constreñido a un espacio contaminado por la niebla y los rezos al apóstol Pedro.

Una caterva de franciscanos, bajo la protección real y del encomendero Guillermo de la Loa, logró doblegar el espíritu rebelde de los tepehuas y otomíes. Por el cruce de sangre y verbo, los Villa González despuntaron como tréboles silvestres y se arraigaron en Huayacocotla, Tlachichilco, Chicontepec y Zontecomatlan.

—0—

Ahora todo era distinto.

Romualdo sangraba del oído derecho. Estaba de espaldas, con medio cuerpo en el descanso de madera del porche trasero. Sometido a los rigores dolorosos del frio invernal. Su cabeza semicalva, abollada por el terrible golpe en el quicio de la puerta, continuaba sin dar muestra de vida.

Lo creyó.

Romualdo experimentaba tranquilidad. Supuso que al despertar se reencontraría con Raquel Mendieta. Le negaría su derecho a comer carnes rojas o beber un poco de whisky irlandés o cerveza alemana, negra y espumosa.

Vivir en Montreal, en aquellas confusas circunstancias —alentadas por su miedo a la tortura y una violenta muerte—, lo involucionaban a un espacio de calor artificial: el murmullo incesante de la estática del televisor y el hedor picante y molesto de sus propias flatulencias.

No tuvo tiempo de actualizar la fecha del calendario electrónico: Mardi o Tuesday o Martes 30 de febrero…

(En realidad tendría que leerse como Mercredi o Wednesday o Miércoles 31 de febrero…)

—o—

Día a día, desde los nueve años de edad, tenía un apego religioso a su reloj de pulsera —Vacheron Constantin de 1911—, regalo de su abuelo Liborio Villa, el gallero y boticario más respetable de las tres huastecas.

Durante el accidente carretero de 1976, el reloj permaneció desaparecido.

Tras recuperarse de la lesión lumbar, se lo devolvió el alcalde de Matías Romero, un abotagado personaje con patillas a la Elvis Presley. Recordó que “un periodista de su talla” siempre sería su invitado y protegido.

Una atractiva oaxaqueña, de pelo castaño claro y ensortijado —vestida a la usanza tehuana—, fue la responsable de colocarle la costosa joya en la muñeca izquierda y besarle las mejillas.

—Puta vejez…

—¿Por qué lo dice? Tiene 31 años y escribe en uno de los diarios más importantes del país, Excélsior…

–Que por cierto está por desaparecer… El presidente Echeverría alienta la caída de nuestro director general…

—¿En serio, don Romualdo? Pus en estas tierras de mixes y zoques, solo nos preocupamos de sacar adelante nuestras cosechas y que no le falte sus ofrendas de cempasúchil a San Matías Apóstol…

—Después de sobrevivir a la volcadura y casi asfixiarme con el montón de cadáveres que me quitaron de encima… Imagínese como me siento, alcalde… Tendré que caminar como anciano un par de meses antes de soltar el bastón…

—Usted tiene cuerda para largo, don Romualdo y por algo no se lo llevó la calaca…

—0—

—Puta vejez…

Romualdo Villa lamentaba que el tiempo huyera por su boca, en un agitado resuello.

En tan despreciable final, no volvería a reencontrarse con su única hija Raquel.

Seguramente está en Huayacocotla, junto a su media hermana Clafira Robles Mendieta, pensó.

La hija de quien fuera su esposa durante veinte años: Raquel Mendieta Monroy, juchiteca y enfermera jubilada del hospital de ferrocarrileros de Matías Romero.

Raquel fue quien le reveló que su reloj Vacheron Constantin lo recuperó el presidente municipal, padre de Clafira y futuro gobernador de Oaxaca.

HEMEROTECA: De Adolf a Hitler – Thomas Weber

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