LA SEGREGACIÓN

el infierno de gaalia9

Enterarme de lo que se trataba, alteró mi ánimo: debía bajar al gimnasio y llevar un distintivo personal, de acuerdo al color elegido. En mi caso, opté por el rojo.

En una hoja tamaño carta anoté mi nombre y el primer apellido: Moisés Estrada.

     —Todos tienen que llevar la hoja, porque se hará un ejercicio especial con todos los estudiantes de este centro —ordenó Shou Liping al tiempo de comprobar que acatamos la primera instrucción, sin cuestionarla.

     Después, de pie y espaldas a uno de los dos ventanales, ahondó sobre el tema:

     —Ya en el gimnasio serán separados por color, edad, idioma y lugar de origen… (De retour dans la salle de gym vous serez séparés par couleur, âge, langue et lieu d’origine…)

    En el pasillo, una compañera del cuarto nivel, marxista y oriunda de Lima, Perú, me explicó de lo que se trataba:

    —Con el triunfo electoral del Partido Nacionalista de Quebec quieren actualizar cifras para saber cuál es la composición étnica e idiomática en cada Centro de Educación para Adultos y los de la María Curie no vamos a ser la excepción…

     —Eso es segregación, que poca madre… —protesté, pero nada se podía hacer.

     La necesidad económica nos obligaba a actuar como autómatas. No teníamos posibilidades de ausentarnos del evento.

Las puertas fueron cerradas con llave para que ningún alumno abandonara el instituto.

     El lunes 3 de septiembre, un día previo a los comicios provinciales, la directora del plantel y abogada migratoria, Steffane Carvere, envió una circular a los profesores —sesenta— para asistir a una reunión urgente, el mismo lunes, por la tarde.

El propósito: actualizar información sobre las características personales de los alumnos asistentes al Centro.

El encuentro se realizó en el salón de actos, a un costado de las oficinas administrativas.

     Los maestros ocuparon parte de la butaquería. En el presídium, en una mesa con mantel azul íñigo, permanecían Carvere y dos de sus allegados: la subdirectora administrativa y el coordinador general de enseñanza.

Parecían trillizos los tres burócratas de cabellera rubia, ojos claros y cargados de peso.

     Carvere pidió:

     —El jueves tienen que colocar en su escritorio seis paquetes de hojas cartulina. Los colores serán variados: azules, amarillos, rojos, blancos, verdes, violetas y negros. Cada alumno tiene  que elegir una cartulina al azar y en ella deberán escribir su primer nombre y apellido y posteriormente serán concentrados en el gimnasio.

     Ya en corto, uno de los maestros de ascendencia colombiana cuestionó:

     —Creo que nos hemos reunido aquí para aplicar ciertas reglas de convivencia entre el alumnado. Seguramente el nuevo gobierno de Quebec intenta crear las condiciones políticas para iniciar  un proceso sistemático de depuración ideológica. Se trata, a fin de cuentas, de insertar a los estudiantes en un movimiento social separatista y nacionalista. ¿Es así, abogada?

     —Es grave su observación, profesor Helguera —respondió la directora, sin imprimirle a sus palabras un sesgo imperativo. Incluso, sonrió—: No busquemos elefantes rosas en un hecho encuadrado en la legalidad y el respeto a los derechos humanos. La instrucción del Ministerio de Inmigración y Comunidades Culturales es ayudar a que los alumnos se conozcan e identifiquen por cultura e idioma.

     —El nacionalismo no entiende razones porque no es una doctrina racional  —sentenció Marley Helguera, en evidente malestar—. Alguien lo dijo en una reunión de trabajo que tuvimos a principio de año en Gaspesie, donde existe una política abiertamente secesionista.

     La profesora y delegada especial del PNQ en el barrio de Outremont, Gala Plessée, no pudo contenerse:

    —Deje de ver las cosas como militante del Partido Liberal. Son otras circunstancias, colega Marley. No le busque senos a las serpientes. (Ne cherchez pas non plus les seins pour les serpents)

     No hubo reclamo.

Los maestros acataron sus instrucciones.

El jueves, a las diez y media de la mañana, los alumnos terminamos apiñados en la cancha de basquetbol del gimnasio.

La directora del plantel, auxiliada por un megáfono de baterías, dirigió el programa.

En dos horas fuimos separados por raza, edad y color de cartulina.

La secuencia se inició por el color.

La mayoría optó por el rojo y blanco y en tercer lugar, azul (identificado a la bandera de Quebec).

Posteriormente, nos separaron por edad y al final, por idioma y origen étnico.

En la gradería se formaron grupos de chinos, árabes, latinos, indianos, pakistaníes, rusos, búlgaros, ucranianos, africanos, jamaiquinos, haitianos, etcétera.  De los seiscientos ochenta y tres alumnos, ciento once estábamos en el rango de los cuarenta y cinco a sesenta años de edad.

     Aproveché el receso para ir al departamento que compartía con cuatro inmigrantes, desvalidos como yo.

Durante el trayecto en el tren subterráneo la cólera imperaba.

La burocracia del Centro nos humilló.

Sin embargo,  el hambre y la falta de un empleo digno, impidió que protestáramos o denunciáramos.

Tuve deseos de darlo a conocer en los periódicos o radionoticieros de la ciudad. El depender de la ayuda económica gubernamental selló mi boca. Preferí morderme un guevo, comprar cerveza y emborracharme.

     —Malditos nazis, mierdas racistas… —repetía en voz alta y en castellano dentro del vagón.

HEMEROTECA: Einstein_ Su vida y su universo – Walter Isaacson

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