SEI MAKURA

Por Everardo Monroy Caracas

chacal portada7 DE MAYO/II

Sei Makura recorrió doce mil kilómetros —ocho mil de mar abierto— para vivir en Montreal.

Era originario de Sapporo, capital de Hokkaido, la segunda isla más importante del Japón.

De ser un excelente abogado en relaciones internacionales, terminó tras una caja registradora del supermercado Canadá Tire, principal corporativo expendedor de productos para la construcción, deporte, mecánica automotriz, excursionismo, floricultura, agricultura y electrodomésticos.

De lunes a sábado, de ocho a las cuatro de la tarde, Sei Makura laboraba de cobrador y las deudas le impedían cortar de tajo ese desfalleciente trajinar. Tenía que permanecer de pie siete de las ocho horas del turno, bajo la inquisidora supervisión de un jefe inmediato y tres cámaras de video.

En dos meses perdería su empleo. Por esa razón de peso tendría que compartir su departamento de dos recámaras para cubrir el pago mensual de la hipoteca: mil cien dólares.

No le agradaba esa decisión, pero tendría que ajustarse a su estrecha situación económica.

Su larga figura de piel ajada, por las continuas preocupaciones, destilaba amargura.

Tenía un rostro común, de ojos oblicuos y nerviosos y nariz achatada que se esforzaba por sostener unos anteojos bifocales, redondos y de estructura dorada.

Los huesudos dedos de sus manos, nos señalaban los lugares de acceso, sin restricción de su parte: la cocina, donde también permanecían la lavadora y secadora; el baño de azulejos plumbagos y un pasillo alfombrado que conectaba a la calle.

 Los muros sostenían infinidad de grabados naturistas con paisajes japoneses.

Mientras recorríamos su departamento, intercambiamos información.

Sei Makura necesitaba desahogarse. Mi hija fungió de intérprete. Fue así que nos enteramos de su tragedia: ser abandonado por su esposa e hijos durante el último invierno y tener un adeudo bancario, superior a los doscientos mil dólares.

Su familia, en ese departamento logró materializar sus anhelos de cambio. Ya dueños de su libertad, esposa y dos vástagos, huyeron del rudo patriarcado. Ella siguió los pasos de un comerciante chino de Nueva York y los muchachos regresaron a Hokkaido con sus abuelos maternos.

En la ciudad portuaria de Kushiro administraron una empacadora de pescado.

El dominar tres idiomas —francés, inglés y japonés— le dio mayor valor agregado al negocio familiar. Buscaron internacionalizarlo, vía Internet.

Sei Makura quedó solo y en bancarrota.

—¿Quieren probar un poco de nihonshu? —–ofreció. Y al ver nuestra cara de extrañeza, aclaró de inmediato—: Es sake, pero en Japón no llamamos así al alcohol de arroz, sino nihonshu

En el trayecto a la parada del autobús, Rosalba y yo no cruzamos palabra.

Sei Makura era otra víctima del sistema financiero predominante en casi todo el mundo. Su único asidero emocional, su familia, quedó al garete. Estaba condenado a una especie de suicidio emocional.

La antigua cultura patriarcal del Japón dejaba de tener preeminencia en una sociedad cosmopolita, independiente e individualista, como la canadiense.

Sei Makura enfocó su tarea cotidiana en trabajar catorce horas diarias para que su esposa e hijos estudiaran inglés y francés. En diez años se independizarían económicamente, supuso. Nunca tuvo consciencia que su vida matrimonial era un fracaso. Incluso, sus hijos ya no toleraban sus arranques autoritarios y violentos, de poseso.

Su esposa conoció en la escuela de francesación al comerciante chino —poliglota, bohemio y exitoso hombre de negocios— y no dudó ni un segundo en convertirse en su amante y huir a Nueva York.

La mujer era feliz y libre en Estados Unidos. Sus padres avalaron a su nueva pareja.

—Demasiadas lágrimas en ese departamento —dije durante el trayecto en el  vagón del Metro.

—Pobre hombre, no quisiera estar en sus zapatos —Rosalba cortó su ensimismamiento—. Aunque la renta estuviera a mi alcance jamás me iría a vivir a ese departamento…

—Los banqueros lo tienen agarrado del pescuezo. Solo muerto se libra de sus deudas y les hereda a sus hijos, dinero o un departamento sin hipoteca… Así funciona la sociedad canadiense.

Y le conté una anécdota, ocurrida tres años antes de mi arribo a Montreal. Sucedió en la bodega de calzado femenino donde laboraba.

El amigo de un compañero de trabajo, Testigo de Jehová, durante el verano fue a nadar a Toronto Island Park y se ahogó.

Roberto Soto era hondureño y vivía con su madre. Acababa de comprarse una casa entre las calles de Jane y Steels.

Un mes antes de su muerte, Roberto le sugirió a su amigo, Carlos Yánez, que se comprara un seguro de vida, porque “nadie tenía la vida comprada”. De él dependía su madre.

 “Ten”, dijo Roberto y le entregó una tarjeta de la empresa aseguradora. “Únicamente tienes que pagar treinta dólares mensuales y en caso de muerte por accidente o enfermedad, tu familia puede recibir hasta un millón de dólares”.

Carlos guardó la tarjeta en un bolsillo del pantalón y olvidó del incidente.

La noche del funeral, Carlos le preguntó a la afligida madre si la aseguradora cubría los gastos del sepelio.

“¿Cuál aseguradora?, preguntó la mujer.

“Qué no le dijo Roberto que había sacado un seguro de vida?”.

La mujer negó con la cabeza y reafirmó:

“Ni idea tenia. Ya sabes que mi hijo era muy reservado”.

Carlos dijo que buscaría la tarjeta que le había regalado Roberto.

Y así, Carlos y la mujer investigaron si en verdad se había inscrito Roberto en la aseguranza.

Resultó que el mecánico automotriz y empleado de la bodega de calzado femenino efectivamente puso como beneficiaria del seguro de vida a su madre.

La empresa respondió a sus compromisos: la mujer recibió el dinero. Además, el banco la libró del adeudo de la casa, recién adquirida.”

Carlos me mostró la arrugada tarjeta que le dio un poco de tranquilidad a esa solitaria madre que se fue a vivir a San Pedro Sula, Honduras, donde siempre anheló morir.

En 1982, embarazada y sin dinero, la mujer abandonó Honduras. Luego de pasar todo tipo de duras experiencias en México y Estados Unidos, logró internarse a Canadá, donde, con ayuda de los cuáqueros, tramitó el refugio político.

Roberto tenía doce años de edad cuando su madre obtuvo el estatus de ciudadana canadiense.

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