ECHEVERRIA EN SU INFIERNO

Por Jorge Carrasco Araizaga/Apro

echeverriaEl ex presidente Luis Echeverría, quien fuera todopoderoso en el régimen del partido de Estado, envejeció en su casa, cercado por las acusaciones de perpetrar la matanza de Tlatelolco en 1968 y orquestar el Halconazo de 1971, de las que fue exonerado “por falta de pruebas”. Hasta allá lo alcanzó una intriga, pero no de opositores o de víctimas del poder represivo que una vez encabezó; fueron sus propios hijos los que tomaron el control de su residencia, expulsaron a su personal de confianza y le quitaron la autonomía sobre su dinero. Todo se sabe por las revelaciones a Proceso de quien fue su asistente personal, María Modesta Gil Cedillo.
Luis Echeverría Álvarez, el hombre fuerte que estuvo en el epicentro del régimen que masacró a cientos de estudiantes en 1968 y 1971, vive el exilio interior. Sin bienes ya a su nombre, con menguados recursos propios y despojado de querencias personales, vive confinado, casi en el abandono, en un rincón de lo que fue su residencia en San Jerónimo.
Asistencia las 24 horas
Aunque lúcido, su cuerpo de 97 años requiere de asistencia desde que amanece hasta que se duerme. En silla de ruedas, se mueve con fuerzas ajenas. La prisión judicial que vivió ya anciano no se acabó con la resolución que lo exoneró de la acusación de genocidio por la matanza de Tlatelolco
.
Condenado por los suyos, ahora vive el destierro familiar en un espacio que se reduce conforme sus hijos venden, pedazo a pedazo, la residencia en la que hasta hace algún tiempo, cuando aún se podía mover, recibía a sus amigos, viejos priístas y algunos de sus funcionarios sobrevivientes, como Ignacio Ovalle, ahora responsable de la nueva oficina de Seguridad Alimentaria Mexicana del gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
El control de la información, el gran recurso que explotó durante su carrera política, siguió siendo su preocupación. Desde que entregó el poder, no dejó de hacer el seguimiento de la prensa. Aun en sus cada vez más frecuentes hospitalizaciones por sus crónicos problemas respiratorios, disponía diario de un resumen de prensa que en el último cuarto de siglo le hizo su asistente personal, María Modesta Gil Cedillo. Así fue hasta la última semana de 2018, cuando fue despedida, violentamente, por Benito y María Esther Echeverría Zuno, ante la impotencia y casi llanto del ex presidente.
El principal acusado es Benito Echeverría, quien desde su divorcio, hace más de tres años, vive en la casa del ex presidente. Su hermana, María Esther, administradora de los negocios de la familia, fue acusada de despido injustificado porque a través de la inmobiliaria Administradora de Inmuebles Citlali le pagaba a María Modesta Gil como ayudante general, aunque su sueldo lo completaba con compensaciones fuera de nómina. La asistente también recibía un pago mínimo como empleada de la Presidencia.
La llegada del fin de año de 2018 se convirtió en un infierno en Magnolia 131. El personal al servicio de la casa estaba inconforme porque al 18 de diciembre no habían cobrado ni la quincena ni el aguinaldo ni otras prestaciones de fin de año. Desde que Echeverría cedió sus bienes a su familia, en 2002, empezó a perder su peculio, empezando por los ingresos de las inmobiliarias. Su hija María Esther consideró que ya no los necesitaba, a pesar de que él pagaba sus hospitalizaciones, y comenzaron las restricciones en la casa.
La asistente refiere a Proceso un testimonio de Echeverría: “Vino La Chiquis (María Esther) y me dijo que le costaba mucho dinero mantenerme en esta casa, que si ya no estuviera yo aquí, esto ya se hubiera vendido en millones”.
Las limitaciones económicas alcanzaron al sueldo de los empleados, quienes se quejaban cada vez más de malos tratos.
Dispuestas a renunciar por la acumulación de agravios, alrededor de las 12 horas del 18 de diciembre, las cocineras se dirigieron a la recámara de Echeverría para quejarse y reclamarle directamente. Su asistente las detuvo, al tiempo que la secretaria de su hija María Esther le informaba al ex presidente que no tenía dinero para pagar nada. Afuera de la recámara comenzó un barullo. Echeverría le pidió a su asistente que fuera a ver qué pasaba.
Era su hijo Benito, quien, enérgico, les advertía a las cocineras que si entraban a decirle algo a su padre iban a tener problemas con él. Cuando María Gil Cedillo abrió la puerta, se metieron las quejosas. Colérico, el hijo de Echeverría le dijo: “No sabes con quién te has metido. Te acabas de meter con un Zuno”, le dijo a la asistente personal del ex presidente.
Dijo un Zuno, no un Echeverría, “tal vez por el desapego de sus hijos al licenciado. Tal vez porque no convivieron tanto. Nunca han tenido una buena relación”, relata Gil Cedillo.
Echeverría le pidió a su asistente que acompañara a las cocineras. En el camino, ellas insistían en que querían renunciar y demandar por falta de pago. “Es una opción, pero tranquilas. Tengan en cuenta que somos todo el personal y esto se tiene que arreglar”, les respondió Gil Cedillo.
Benito Echeverría, quien había permanecido cerca, en el invernadero, a un lado de la habitación, se acercó y acusó a la asistente de azuzar al personal para demandar a la familia. De acuerdo con el relato, a partir de ahí, iracundo, ya nada lo detuvo. Se encaminó hacia la recámara de su padre y al advertir que María iba detrás suyo, “me agarró de los brazos, me zangoloteó y me arrojó contra el piso. Volé lo que es la rampa que lleva a la recámara del licenciado”, dice la menuda mujer de 56 años.

EL NEGRO HISTORIAL

En el año 2000 el viejo régimen del PRI estaba por caer, pero Luis Echeverría Álvarez seguía vigente. Hacía un cuarto de siglo que había dejado la Presidencia, pero aún recibía en su residencia de San Jerónimo a personajes políticos, en una práctica que incomodó a quienes lo sucedieron en Los Pinos.
José López Portillo y Miguel de la Madrid tuvieron que actuar para detener el protagonismo del ex presidente, quien desde que salió de Los Pinos rompió una de las reglas del sistema: el silencio de los ex mandatarios.
López Portillo lo mandó lo más lejos que pudo: lo nombró “embajador plenipotenciario” en Australia, Nueva Zelanda y las Islas Fiji, para contener sus ímpetus en la política nacional.
Acabada la “misión diplomática” de Echeverría y de nuevo éste en México, De la Madrid de plano le dijo que sus tiempos ya habían pasado y arremetió contra sus políticas económicas. Era la franca ruptura de la familia del régimen surgido de la Revolución Mexicana.
Bloqueos políticos
El propio Salinas de Gortari, ya en los noventa, acusó a Echeverría de estar detrás de lo que, dijo, era una campaña en su contra, tras haber dejado la Presidencia en medio de una crisis política, financiera y militar, con el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en enero de 1994, contra el que también declaró el habitante de San Jerónimo.
Como secretario de Gobernación Echeverría fue responsable de la Dirección Federal de Seguridad, la policía política del régimen priísta, encargada del seguimiento a los líderes del movimiento estudiantil que fue aplastado en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968.
El 10 de junio de 1971 ocurrió una segunda matanza de estudiantes, cuando Echeverría ya era presidente. Esta vez no fueron los militares sino un grupo paramilitar entrenado por el general Manuel Díaz Escobar en lo que era el Departamento del Distrito Federal (DDF). En San Cosme, Los Halcones reprimieron a los estudiantes que salían por primera vez desde la masacre de Tlatelolco.
La Fiscalía para los Delitos del Pasado lo acusó de genocidio por las dos matanzas. Ninguna de las acusaciones prosperó. Aunque la justicia reconoció que en el caso del 2 de octubre sí hubo genocidio, no encontró pruebas para inculparlo.
En las postrimerías de su gobierno, bajo la bandera de lo que definió como el Tercer Mundo, ni socialista ni capitalista, en la era de la Guerra Fría, abrió su Centro de Estudios del Tercer Mundo. Desde ahí pretendía construir una plataforma para llegar a la Secretaría General de la ONU.
Años después también se supo de la traición de Echeverría a Allende y Castro. Kate Doyle, responsable del Programa México de los National Security Archives, logró desclasificar las grabaciones de un encuentro que en 1972 tuvieron Echeverría y el presidente estadounidense Richard Nixon.
Ahí acordaron que el mexicano se convirtiera en “la voz de América Latina” para contrarrestar la influencia de Allende y Castro. Echeverría incluso le compartió al estadounidense información sobre las actividades de activistas de Estados Unidos, como Angela Davis, en favor de comunidades mexicanas en ese país.
Los planes de ambos mandatarios se vinieron abajo con el Watergate, que derivó en la renuncia de Nixon, y con la revelación de que desde que era secretario de Gobernación, Echeverría había sido cooptado por la CIA y se había sumado a los planes anticomunistas en América Latina. Su nombre clave fue Litempo 8.
El final de su gobierno quedó marcado por el golpe que en julio de 1976 le dio al periódico Excélsior, dirigido por Julio Scherer García. El periodista y sus principales colaboradores fueron expulsados de la cooperativa y en noviembre de ese mismo año publicaron el primer ejemplar de la revista Proceso.

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