BOLETINERO

Por Everardo Monroy Caracas

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La ciudad porteña se convirtió en una pista peatonal, de descubrimientos.

Un mes antes de meterme en un lio periodístico —encontrar un tiradero de cadáveres en dos fraccionamientos semiabandonados— decidí dar una caminata playera por la avenida Costera Miguel Alemán.

Y sin plan alguno llegué al Centro Internacional de Convenciones de Acapulco.  Ahí se celebraba un encuentro nacional de directoras de  un organismo descentralizado de apoyo a la infancia mexicana: el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia: DIF.

Iba en short, camisa holgada y mocasines grises sin agujetas. La barba me llegaba al pecho y el cabello rozaba mis hombros.

En ese año —1980— reporteaba en el periódico Revolución.

Leía la Biblia —por sugerencia de un compañero de oficio y las obras completas de José Revueltas, impresas por la editorial Aguilar.

Martin del Toro, primo hermano de un reportero gráfico del periódico El Trópico de Acapulco, me consiguió un cuarto de azotea en el hotel Romanos Le Club. Desde ese lugar privilegiado, en cada amanecer, observaba cabrillear el farallón del Obispo. Me apropiaba visualmente de la inmensidad de un mar perlado, somnoliento y de una ciudad plena de vida, amurallada por una cordillera infectada de construcciones miserables.

—¿Le puedo servir en algo?

Frente a mí, un policía de zapatos polvosos, sosteniendo un tolete.

—Soy reportero y vengo a cubrir el evento— mentí.

Sabía que en la Sala de prensa, adaptada por personal del DIF, habría café caliente y galletas.

La sesión de las directoras del DIF Nacional inició a las nueve de la mañana.

El intenso calor provocaba sudoraciones excesivas.

—Tiene que ponerse un gafete con el nombre del periódico que representa…

—Solo tengo la credencial —dije y se la mostré.

El cartón a dos tintas con mi rostro de anarquista desvalido era avalado por la firma del director general del periódico Revolución, Pedro Huerta.

De una canasta plástica, colocada a la entrada de la Sala de prensa, tomé un listón blanco con una mica vacía. En ella introduje la credencial.

De esa manera me allegué de una falsa identificación oficial.

Para no verme tan descarado, opté por asistir al salón donde presidia el evento la esposa del presidente de la república, Carmen Romano de López Portillo.

La presidenta nacional del DIF aun no pronunciaba el discurso de clausura frente a las directoras estatales del organismo.

Previamente, dos atractivas edecanes distribuyeron el discurso escrito entre los reporteros.

Sin embargo, aguardé a que la polémica funcionaria honoraria lo leyera. Por simple instinto, algunos de sus dichos los anoté en una libreta de taquigrafía.

El gruñido de intestinos me hizo abandonar el lugar y opté por meterme a la sala de prensa.

Antes de beber una taza de café o saciar mi apetito, me apoltroné frente a una máquina de escribir y empecé a redactar la nota.

Al término del cuarto párrafo, escuché a mis espaldas una voz ronca, pedregosa, de afónico:

—Exacto, exacto… así quiero la entrada, concretita y corta…

Se trataba del señor Oscar Kaufmann, director general de Comunicación Social del DIF nacional.

Era un sexagenario voluminoso, rubicundo, de ojos azules, lentes de grueso calado y barba caprina.

 Después de leer la hoja continuaba en la máquina de escribir, inquirió:

—¿Usted ha trabajado en alguna agencia de noticias?

—Fui corresponsal de Uno más uno, en el estado de Morelos…

—¿Y quién le enseñó a redactar así las entradas?

—El señor René Arteaga…

—Mi hermano René… Un enorme periodista, un gigante de la pluma…

El señor Kaufmann pidió que continuara con la redacción de la nota y aguardara su regreso. De paso, le ordenó a una edecán de falda diminuta que me ofreciera el platón con sándwiches de atún, jamón y pepinillos y una Coca cola.

Mi real interés de asistir al Centro Internacional de Convenciones era por beber café y comer galletas, como lo escribí previamente.

Más cornadas da el hambre.

 Y Luis Spota tenía razón.

Pedro Huerta me pagaba mil pesos mensuales.

Por esas fechas el dinero escaseaba y mi dieta se reducía a una comida diaria.

El cuarto de azotea del hotel Romanos Le Club me permitía darme unos modestos lujos. Por ejemplo, el comprar uno o dos libros al mes y beber cerveza los fines de semana en los bares de la playa La Angosta, cerca de la Quebrada.

No pagaba por el hospedaje. Dormía en un sleeping bag, aportado por Rodrigo Huerta, hijo del editor.

Una gruesa Biblia de pastas negras me fue regalada por otro reportero del periodico donde colaboraba. El colega siempre aparecía con los ojos rojizos y brillantes y los labios secos, por su afición a la marihuana.

Intentaba hacerme un converso de la iglesia cristiana donde militaba.

—¿Quiere trabajar en el DIF? —preguntó el señor Kaufmann al recibir mi nota.

Un hombre robusto, carilampiño y en camisa blanca con corbata roja, lo acompañaba. Me lo presentó como el “licenciado Daniel Alvarado”.

El abogado era el subdirector de Comunicación Social del DIF.

 Dudé en mi respuesta.

El señor Kaufmann, sin desdibujar su bonachona sonrisa, agregó:

—Haga el boletín de hoy y se lo entrega al licenciado Alvarado… Y claro, le pagaremos por este servicio…

La necesidad era canija.

Me di a la tarea de sacar adelante el texto oficial del evento. Lo terminé en quince minutos y entregué al licenciado Alvarado.

Su padre, Manuel El Gordo Alvarado, había participado en un centenar de películas en la época dorada del cine mexicano.

En uno de los cubículos, donde colgaba la fotografía del presidente José López Portillo, revisó el resultado de mi trabajo.

—El señor Kaufmann quiere ayudarlo, porque le gustó la lead de su nota y ese es el tono que quiere darle a los boletines…

Me sentí halagado, no lo niego.

Los quinientos pesos y la tarjeta personal del señor Kaufmann también abonaron ese sentimiento banal.

Y seis meses después de aquella circunstancial experiencia, ya como boletinero del DIF nacional, conocería la verdad de lo ocurrido por boca del señor Kaufmann:

—Lo vi con hambre y antes de ir por un café se puso a escribir con responsabilidad periodística y eso es meritorio… Nunca el hambre o el vicio deben volver leguleyos a los que aman el oficio

Los quinientos pesos terminaron en la caja registradora del bar Barracuda y en el bolso de ixtle de La Chepa, su mesera estrella.

Acapulco siempre fue en mi vida una ruleta o un paquete de naipes de Las Vegas

HEMEROTECA: revistapais-24-2-19

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