TERCERA LLAMADA

Por Everardo Monroy Caracas

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Johnny Morales viajaría en una semana a Quito. Le pidió a Roberto que me lo dijera y lo hizo.

Sobre el respaldo del sofacama dejó una nota:

Urge se ponga en contacto con el hermano Morales, porque el próximo viernes visita a su familia de Ecuador.

Los efectos de la cerveza y el aguardiente chino me tenían turulato.

El retorno al sótano fue tortuoso y confuso.

El trayecto lo hice en autobús y caminando.

Mi arribo al hogar de los Mina ocurrió a las tres de la mañana. Los únicos ruidos visibles fueron el ronroneo del refrigerador y los lejanos ladridos de un perro.

La noche en Montreal le pertenece a las cucarachas y ratas humanas. Al integrarme a su hábitat, pude percatarme que, en su mendicidad, el alcohol —muy semejante a la sangre del Alíen de Ridley Scott— era el mejor tónico para la desmemoria y el suicidio.

No tuve necesidad de hablar inglés o francés para ser aceptado. Simplemente compartí la botella de Martell, aportada por Susana.  Ellos, los dos sans-abris o homeless —como les llaman en Montreal— me integraron a su corro de alcohólicos suicidas.

Lo que menos interesaba era conocerme, saber de mi pasado o presente.

El coñac acortó distancias y desconfianzas.

El brebaje chino, adquirido en alguna farmacia del viejo Montreal, terminó en mis intestinos. Tenía la seguridad que al día siguiente orinaría sangre.

El cachimbeo a una alcohólica arrugada y sebosa, con una falda negra embarrada de excremento, estuvo a punto de sacar mi espíritu pro-feminista y salir en su defensa.

No lo hice. Fui indiferente.

Dimitri Gessen se interpuso entre ella y su camarada. La mujer tuvo que alejarse. Era un asunto amoroso, salvaje.

Memoricé el nombre del ruso al enseñarme su credencial de salud (Carte Maladie).

Difícilmente pude sustraerme a los rostros tumefactos y espantosos del par de condenados, consumidos por aquella bebida del infierno.

No dormí.

Me entretuve viendo el televisor, recién colocado frente al sofacama.

En un par de horas amanecería y buscaría a Johnny Morales. Hablar con él era apremiante, porque el dinero escaseaba.

Cuando el reloj despertador empezó a quejarse abandoné mi escondrijo, sin molestar a Roberto y Lisandra.

La llamada la hice de un teléfono público de la estación del metro Bonaventure.

La voz de Johnny Morales brotó del auricular como agua bendita:

—Hermano, Dios lo bendiga. Es urgente que rente hoy mismo un cuarto compartido y tenga una dirección fija. De esa manera, mañana lo llevo a la dependencia de ayuda legal y a Empleo Quebec, donde lo apoyarán económicamente mientras consigue trabajo y estudia francés. Hágalo ya, porque estoy por irme a Quito y estaré ausente tres semanas.

Estaba por iniciarse el segundo acto del drama de mi vida.

Tercera llamada, tercera…

HEMEROTECA: TvNotas.2019.03.05

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