BUSINESS-TO-BUSINESS

Por Everardo Monroy Caracas

chacal portada7 DE MAYO/III

Rogelio Celaya era mexicano. Delgado, de tez morena y cara alargada, muy semejante al Torombolo de Archi y sus amigos. Su corta cabellera lacia la cubría con una cachucha de beisbolista.

Nos sorprendió su aspecto de adolescente vivaracho, sanguíneo y la velocidad como nos lanzaba las palabras: una verdadera tarabilla condicionada a los negocios exprés.

Recordé lo que me comentó un vendedor de publicidad del periódico El Universal, de México.

—En este mundo todo es vendible y comprable, hasta a tu abuelita puedes alquilar para promover cremas antiarrugas, lentes bifocales, dentaduras postizas, ropa interior, funerarias y sillones reclinables… Solo tienes que tener los siguientes atributos: carácter, energía, perseverancia, entusiasmo, sinceridad, control y confianza en sí mismo, equilibrio, simpatía, buen humor, habilidad mental, inteligencia, atención, memoria, observación, claridad y precisión de ideas, adaptabilidad, ponderación, comunicabilidad y empatía y sentido de la realidad.

Rosalba presionó el timbre de acceso al edificio.

Rogelio apareció sonriente y sin mohín de fastidio, por la espera, nos estrechó la mano con camarería.

Arribamos al lugar veinte minutos mas tarde de lo acodado. Nos recibió como si la cita estuviera dentro de los cánones de la puntualidad.

Dio visos de ser un negociador paciente y tolerante.

—También voy llegando —dijo en su afán de hacernos creer que el tiempo le era indiferente.

Tal respuesta evidenció que su interes era el de rentar la habitación.

—Pensamos que en media hora llegaríamos  —dije—, pero entre  el camión y el Metro tuvimos que invertir otro tanto…

Lo importante era materializar el propósito del encuentro: rentar un cuarto y dar el dinero de adelanto.

Business-to-business”, dirían los gringos.

Bajo esa dinámica nos ajustaríamos.

De entrada, el departamento estaba limpio.

Cuatro recámaras (una sin puerta), un baño y una cocina amueblada: aparato de microondas, estufa de cuatro parrillas, mesa con tres sillas y refrigerador.

Supuse que no existían reglas de juego claras.

Desde la llamada telefónica, Rogelio jamás se preocupó sobre mi estatus migratorio o si poseía tarjeta de crédito.

—Antes de tomar una decisión, quiero aclararle tres cosas: aquí no firmamos contrato de renta, ni pedimos el mes de adelanto y se pueden salir cuando quieran. Únicamente notifíquemelo quince días antes de abandonar el departamento… ¿Cuándo se quieren pasar?

—Solo yo —puntualicé—, pero creo que necesitamos primero ver los cuartos…

Inició la procesión:

—Bueno, este vale trescientos dólares… Este otro, trescientos veinte… Este más grande, trescientos cincuenta y hoy mismo, si le interesa, le pongo la puerta; y este último trescientos ochenta. Se encuentra cerca del baño y la cocina…

Cada habitación no presentaba problemas de iluminación. Tenía ventanas, cortinas, mesa, silla, lámpara de pie y una cama individual con un desnudo colchón recién comprado.

Lo necesario para resguardar a un estudiante, pensionado o soltero.

El piso era de parquet y los muros muy blancos, recién pintados.

En la cocina ronroneaba un viejo refrigerador no muy entero, pero funcionable. Pudimos comprobar que en esa parte del edificio era posible acceder a un patio trasero con añosos arces y pinos que lo sombreaban.

—Me interesa el de trescientos dólares, pero lo ocuparía hasta el primero de junio…

—Todos están desocupados y si alguien viene y le gusta uno, se queda ni más ni más… solo paga los días del mes que faltan por concluir…

Mi hija intervino.

—Te presto los trescientos dólares y ya cámbiate, Pa…

—¿Qué cubren esos trescientos dólares?

—En este caso, no serían trescientos —aclaró Rogelio. En una calculadora de mano hizo una estimación—. Usted tiene que pagarme diez dólares con sesenta y seis centavos diarios… ¿Cuándo se cambiaría?

—El 10 de mayo, sería lo más prudente, porque tengo que traer mis cosas entre mañana y pasado…

—Tendría que pagar, en esta ocasión, doscientos diez dólares… A partir del primero de junio, serían los trescientos…

En tres de los cuatro cuartos había closet. No en el de trescientos cincuenta dólares, por tratarse de la sala. Fue adaptado con un muro falso.

El closet de entrada para guardar los abrigos y el calzado de los invitados, terminaría en manos del interesado en alquilar el salón-cuarto.

—Normalmente solo le rento a estudiantes —precisó Rogelio—. Muy cerca de aquí existe una universidad privada y dependen del dinero de sus padres. Si me rentan, tienen derecho a Internet. Tambien apoyo con muebles, microondas, trastos, utensilios de limpieza y chapas con llave en cada habitación.

Después de afianzar el convenio de renta y entregarle los doscientos diez dólares, Rogelio nos confió que tenía cinco departamentos en Montreal con las mismas características.

Nos reveló que era originario de Monterrey, Nuevo León e hijo de empresarios. Frisaba los 21 años.

Su modus operandi era simple: hablaba con los propietarios de los edificios, los convencía para que le rentaran en diez mil pesos anuales un departamento de tres recámaras y sin necesidad de firmar un contrato que los obligara a declarar ese ingreso al fisco.

Les exigía libertad de acción para adaptar los espacios inmobiliarios a sus necesidades comerciales.

Por ejemplo, el dividir una habitación en dos o meter una cama en la sala.

—En Montreal, un departamento de tres recámaras, como este, tiene un costo mensual de novecientos dólares, pero todos los inquilinos exigen un contrato para justificar sus gastos a la hora de pagar sus impuestos. Yo no les pido nada a los propietarios. Les pago el año por adelantado. En este caso, el trato lo cerramos por diez mil dólares que les entrego en cash… Lo demás es asunto mío…

HEMEROTECA: Cronica de la eternidad – Christian Duverger

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