EL VIEJO PAYETTE

Por Everardo Monroy Caracas

la dama10

Nathan Payette empezó a interesarse seriamente de mis problemas. Incluso, quiso que mejorara en mi francés para ser menos vulnerable ante los quebequés. Me inscribió en una escuela particular en la Petite Italie. Lo ignoré, porque el francés era lo que menos me interesaba.

Un viernes por la tarde, su hijo Luciano lo visitó en su departamento. Nathan me presentó como su novia.

Yo vestía un transparente negligé de encaje negro y unas diminutas pantaletas carmín.

Por el inesperado encuentro tuve que cubrirme con una bata del viejo.

—Es usted muy attraente molto bella, como nos dijo nuestro padre.

Luciano era mofludo y cachetón y de sonrisa simpática. Me regaló un perfume de arándano. Quiso que un fin de semana los acompañara a una cena familiar. Aquello me confundió. Desconocía cual era el propósito de Payette y su prole.

Vivir con un septuagenario me parecía un exceso cuando, en mi caso, anhelaba una pareja vital y atractiva.

Yo me consideraba apetecible, energética y potencialmente sexual.

Era una mujer apasionada de los orgasmos. Siempre los buscaba a pesar de tener un hombre maduro a mi lado, cargado de huesos frágiles y pellejos.

Payette tenía dinero y poder y una familia algo tradicional. Sus seis hijos lo amaban y deseaban que el viejo fuera feliz hasta el último segundo de su existencia.

Mis cuidados le soltaron la lengua y convenció a sus descendientes de que yo podría convertirme en una especie de amante-enfermera. Todos avalaron su propósito. De esa manera disminuían sus preocupaciones al dejarlo solo en el departamento.

—Nosotros te podemos ayudar a arreglar tu permanencia en Canadá, si aceptas el trato —prometió Luciano mientras nos atragantábamos un espagueti elaborado con sus manos.

Las dos botellas de vino tinto que consumimos me animaron e irresponsablemente, ya efusiva, acepté desposarme con Payette, que no dejaba de acariciarme las piernas. Deseaba sorprender a su hijo. Reafirmarle que aún era capaz de excitar a una mujer de mi talla y ser un auténtico macho italiano.

Me calenté al suponer que el viejo libidinoso me compartiría en la cama con Luciano.

No fue así.

El solo imaginarlo me permitió tener un par de orgasmos esa noche. Payette se vio obligado a lamerme los labios vaginales hasta desfallecer sobre mi vientre.

Sus pesados ronquidos de marrano me arrullaron y permitieron alejarme de Montreal y navegar en las abruptas y oscuras brechas de San José de la Parrilla donde Octavio me poseía sexualmente.

Ni Leonardo o Norberto me calentaron el útero en esos instantes, sino únicamente el aprendiz de sicario.

Fue el tendero Bruno Racano el primer viejo que me felicitó por mi decisión de formar parte en la vida de Payette. Lo abordé en su negocio para recordarle sobre nuestra cita en uno de los moteles de Laval, como lo hacía con Umana.

Después de saludarme con un beso en el dorso de la mano, dijo que había encontrado a Payette en el bar de la calle Saint Dominique.

—Estoy invitado a la boda por lo civil y claro que estaré presente —confirmó y sentí que perdía una parte de mi al recibir ese trato de dama comprometida.

El tendero, como el carnicero Quattrocchi, era uno de mis asiduos y generosos clientes de cama.

Racano siempre estaba al tanto de mi despensa y gustos sexuales. Era un fanático de mis nalgas y hasta le permitía eyacular en mi culo. De ahí su apego a la relación. Jamás lo trataba como un simple cliente que pagaba un servicio sexual y no tenía derecho a ser besado en los labios o recibir una buena mamada de verga.

—Bruno, siempre serás bienvenido —le aclaré sin soltarle su arrugada mano—. Cuando quieras, podremos seguir cogiendo y tú sabes que me encanta hacerlo contigo.

—No te preocupes, ricura —dijo en voz baja—, Nathan me pidió que te diera todos los alimentos que solicitaras y que él los pagaría. Yo te recomiendo que lo aceptes, porque la vida no da este tipo de oportunidades. Nathan ya es un hombre muy viejo y en cualquier día ya no se despierta. Aprovéchalo, ricura…

Mientras caminaba por el bulevar Saint-Laurent, rumbo al departamento, tuve deseos de salir esa noche y emborracharme.

Iba molesta.

Lo haría en el viejo puerto de Montreal, sin la vigilancia de algún conocido de la cuadra.

Mi único temor era provocar algún jaleo y terminar en manos de la policía migratoria.

El solo imaginar ese escenario hizo que recapitulara y optara por embriagarme en mi habitación. En este caso, pensé, lo haría de la mano de Gretzky. El viejo ruso amaba los peligros y excesos.

No en balde era un condenado a muerte y también estaba interesado en legalizar mi estadía en Quebec.

En algunas ocasiones tuve la sensación de estar desnuda en la riviera francesa y ajena a mi condición de esposa o manceba moscovita.

—Te agradezco la invitación, moye serdtse  —se exculpó el ruso—, pero esta semana seguiré en el hospital  —y abatido, replicó—: Lo que hay que soportar con este infernal tratamiento contra el cáncer de hígado, moye serdtse.

Escuché una voz trémula, dolorosa, de enfermo terminal.

Me arrepentí de haber alterado su reposo con mi imprudente llamada telefónica.

Después me enteraría, por boca del conserje, que un enviado de Payette le había informado sobre su decisión de convertirme en su esposa.

Luciano, al despedirse en el departamento de su padre, me advirtió que mi vida daría un vuelco radical. Por lo mismo, era necesario que lo asimilara.

—Escucha mia bella matrigna —me advirtió subrayando las palabras—, ahora tienes que cuidar nuestra reputación y ser la esposa que merece mi padre, una vera signora.

La borrachera impidió que dimensionara sus palabras. Fue al destapar la botella de tequila y nuevamente rellenar ambos vasos, cuando comprendí los efectos de esa decisión.

No habría marcha atrás.

Estaba atada al entorno social de los Payette. Ellos jamás permitirían que alguien le perdiera el respeto al patriarca del clan.

El viejo Hubert Caron quiso brindar conmigo y tras consumir su buena ración de tequila me felicitó por abandonar mi glorioso oficio de prostituta y transformarme en una mujer decente.

“Que se jodan estos miserables”, murmuré y con rabia volví a llenar mi vaso con el quemante jugo de agave mexicano.

HEMEROTECA: PRO210

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