AVES DE MAL AGÜERO

Por Everardo Monroy Caracas

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coverLo intuía y callaba.

Había perdido mi capacidad de queja.

El doctor Lorenz intentó dorarme la píldora, pero en estos casos la verdad se impone por muy dolorosa que parezca.

“Tiene cáncer de útero y muy avanzado, señora Quiroga”.

Hugo no pudo escucharlo. Prefirió permanecer en la camioneta para intentar dormir un poco.

Al enterarme de mi mal, aspiré profundamente.

Exclamé:

“Por fin voy a descansar, doctor… Gracias a Dios”.

Los sangrados vaginales eran continuos. El dolor de vientre insoportable.

“Es la menopausia”,  justificaba ante mi marido y me negaba al chequeo médico.

Siempre he comparado a los médicos con aves de mal agüero.

Hugo también no quiso enterarse de mi encuentro con el doctor familiar y su diagnóstico. Nada quería saber de los resultados de los análisis de sangre, orina, papanicolaou y rayos X.

Únicamente abrió la portezuela y preguntó si tenía hambre.

“Podremos comernos una sopa vietnamita o tailandesa antes de meternos al departamento”, sugirió.

 Me negué.

Preferí encerrarme en mi recámara, tragarme un par de calmantes y dormir.

Las pastillas lograron alejarme de ti y reencontrarme con mi hijo.

Me negué a recibir el tratamiento contra el cáncer y opté por controlar el dolor con morfina.

El doctor Lorenz fue honesto: predijo que sin las radiaciones podría morir en seis meses, a lo sumo.

No me inmuté. Por el contrario, dejaría de ser un estorbo para mi marido.

“No entiendo, señora Quiroga, porque jamás se vacunó contra  el Virus del Papiloma Humano, de haberlo hecho, esto no ocurriría. Su cáncer es cervical y necesita quimioterapia.”

“La felicidad no un asunto común, en estos tiempos, doctor. Tenemos que trabajar mucho para pagar nuestras deudas y no quedarnos rezagados. Tal vez estoy pagando mis continuos pecados. Como le dije antes, por hacerle caso a mi marido tuve que abortar en cuatro ocasiones y cuando acordamos tener un hijo, lo perdimos al nacer.”

Cada palabra la repito dormida.

El miércoles deja de tener olor y color.

Es Hugo quien me alimenta y allega basamentos al hogar.

No me importa.

“¿Qué día es hoy?”, pregunto por preguntar.

“Viernes”, escucho la respuesta.

Vuelvo a sumergirme en un mar lechoso, el del paraíso interior.

Lo único verdadero es que no terminaré en la morgue de Bello Monte, en Antímano, donde los ciento cincuenta mil vecinos nos acostumbramos a sobrellevar la muerte y convertir el duelo en protesta pública.

Ahí perdí a mi padre. También dos primos e infinidad de amigos y vecinos.

Los paramilitares y no las bandas de malandros —como nos hicieron creer— se apoderaron de nuestro barrio y tranquilidad.

Las balaceras eran continuas y aterradoras.

Aprendimos a guarecernos en nuestras casas desde las cinco de la tarde.

Los más arrojados, como Hugo, se reunían en alguna aula universitaria o sede sindical. Desde ahí, organizaban la resistencia para derrocar al gobierno de Carlos Andrés Pérez  e intentar recuperar la república bolivariana y el petróleo venezolano, entonces controlado por las corporaciones gringas, inglesas y españolas.

Tiempo de sacrificio y lágrimas.

La codeína, aplicada por el doctor Lorenz, hizo su trabajo.

Me siento más relajada, lúcida y sensible al esfuerzo que realiza Quiroga para no perder nuestro espacio vital, obtenido con mucho sudor y angustia.

Yo misma me pondré las inyecciones subsiguientes.

Mañana empezaré a tramitar ante el Ministerio de Salud la asistencia médica para obtener el derecho legal de acelerar mi muerte.

De no hacerlo, Hugo perdería su oportunidad de tener una vejez feliz, en caso de vender el departamento y allegarse de cien mil o ciento cincuenta mil dólares, después de finiquitar la hipoteca.

Tiene derecho de rehacer su vida con una mujer más joven y sana y, de ser posible, procrear un hijo.

Dios mediante.

HEMEROTECA: En defensa de la envidia – Sealtiel Alatriste

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