ESPERANZA

Por Everardo Monroy Caracas

fusilados22

…el caballero embriagado que llegaba a casa ya

entrada la noche, abría una puerta que no era la suya, se metía en la  habitación que no era la suya, se acostaba con una desconocida, se levantaba temprano y se

marchaba a trabajar sin que ninguno de los dos hubiese notado nada…

Ray Bradbury

Miles de historias de persecución y tortura le dan vida y sentido laboral a su burocracia en el Ministerio de Ciudadanía e Inmigración. Los jueces permanentemente son actualizados sobre el desarrollo político, social y económico de los países generadores de inmigrantes, entre ellos de América Latina.

Una vez al año viajan a México, Centro y Sudamérica y se allegan de información fresca, afín a los intereses políticos y económicos de Canadá.

Sin embargo, algunos jueces de reciente ingreso nunca han tenido la oportunidad de viajar fuera de las fronteras de Canadá, menos a los países tercermundistas. Por lo tanto, ignoran el nivel de corrupción en las altas esferas gubernamentales y la falta de protección oficial a víctimas del crimen organizado o policías y militares torturadores.

La mayoría de inmigrantes ingresan a Toronto por el aeropuerto. En algún tiempo lo hacían por tierra, cuando contaban con una visa estadounidense. Ello se modificó ante la presión estadounidense y la firma del Third Safe Country Agreement (Acuerdo del tercer país seguro).

Eso se materializó a finales de diciembre del 2004.

Los inmigrantes que en el aeropuerto dicen la palabra “refugiado” son esposados e interrogados por agentes migratorios. Entran a la “no zone land” o tierra de nadie. Ningún abogado o familiar tendrá acceso a esa parte del inmueble hasta que lo decida el Ministerio de Ciudadanía e Inmigración.

En la mayoría de los casos son trasladados al centro de detención de la avenida Rexdale 385.

Los agentes migratorios presionan para que el inmigrante se desista de recibir la protección del gobierno canadiense y por su propia voluntad, acceda retornar a su país de origen.

En contadas ocasiones, los detenidos son hospitalizados al presentar síntomas de infarto o derrame cerebral.

La presión ejercida por los agentes pone en riesgo su vida, porque en la mayoría de los casos, no tienen la necesidad de refugiarse. Lo hacen por sugerencia de algún familiar, amigo o abogado.

Tener ese estatus legal en Canadá significa recibir ayuda económica —welfare— durante dos años, estudiar inglés gratuitamente y obtener, en tres o cuatro meses, un permiso de trabajo.

Una mujer mexicana, oriunda de Guadalajara, Jalisco, enfrentó la dureza de los agentes migratorios del aeropuerto de Toronto. Llegó en compañía de sus tres hijos, menores de edad. Presentó dos direcciones domiciliarias de conocidos, y la consigna de solicitar refugio político al ingresar a Canadá.

“¿Qué viene usted a hacer aquí?”, fue lo primero que le preguntaron al llegar a la sala del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración.

“Vengo a refugiarme, porque tengo problemas con mi marido en México y él es un policía judicial federal”, dijo María Isabel Hernández.

“Es usted una criminal”, exclamó la mujer uniformada, de cabello corto. “Usted no tiene problemas en su país, usted viene aquí a robarle su dinero a los contribuyentes”.

“Eso es mentira”, dijo sollozante, María Isabel. Asustados, sus hijos observaron la escena. “Mi marido es judicial y quiere matarme, constantemente me golpeaba”.

“No sólo es una criminal, sino mentirosa. Reconózcalo, usted es una mentirosa”, insistió la agente.

Los otros tres uniformados, erguidos, con los dedos pulgares en el cinturón, dejaron que su compañera hiciera el trabajo sucio.

La escena ocurrió en un reducido cubículo de madera, muy iluminado.

Isabel y sus hijos permanecieron una noche y parte del día en el centro de detención. Un oficial migratorio, después de consultarlo con sus superiores, le autorizó aplicar como refugiada.

“Haga la petición, pero diga la verdad. Muchos mexicanos mienten y sangran las bondades de nuestro sistema migratorio”, le dijo.

El caso de María Isabel no era el único que se registraba en el aeropuerto de Toronto: diariamente un promedio de diez a veinte latinos intentaban establecerse en Canadá, a través de ese medio legal. En la mayoría de los casos funcionaba, porque los agentes jamás lograrían deportar al solicitante, sin darle derecho a ser escuchado en una audiencia por un juez migratorio.

La ley era muy clara al respecto.

Sin embargo, de diez latinos recién llegados, dos se desistían al no soportar la tortura emocional o caer en una serie de contradicciones que ponía en duda su verdad.

De ser así, el mismo agente migratorio advertía sobre los riegos legales a enfrentar de demostrarse que estaba mintiendo.

Eduardo entrevistó a tres abogados latinos contratados por inmigrantes de recién ingreso. Incluso, contactó con Francisco Rico-Martínez, Co-Director del FCJ Refugee Centro, una organización no gubernamental que trabajaba con hispanos.

El abogado salvadoreño, de actitud hosca y  muy bien informado de las políticas migratorias canadienses, estaba convencido de que sentimientos racistas, discriminatorios, movían a algunos funcionarios del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración.

El reportero, tras entrevistarlo en su oficina de la avenida Oakwood, escribió y publicó en el semanario Primera Plana su tesis. Rico-Martínez era Master de Economía y miembro de Refugee Law Advisor Committee y de National Anti-Racismo Council.

«En Canadá hay una política discriminatoria que llega a niveles de racismo lesivo a los intereses de los inmigrantes», le dice al reportero. «De ahí que», agrega, «no se hayan logrado las metas de allegarse más recursos humanos para su desarrollo».

“Para el investigador, Canadá es un país que está envejeciendo rápidamente porque su Población Económicamente Activa en promedio es arriba de los 45 años. Son precisamente los inmigrantes de los últimos 20 años quienes tienen más hijos», aclara.

Y subraya:

“Si Canadá quiere seguir con el nivel de desarrollo que tiene debe aumentar su tasa de crecimiento poblacional. Por lo menos llevarla arriba de lo que es el crecimiento económico anual. Canadá tiene un crecimiento de 4.5 por ciento y su población crece menos del 1.5 por ciento. O sea que los recursos humanos de los cuales tiene acceso Canadá se van reduciendo paulatinamente y la tasa de crecimiento llega al 1.5 porque hay migración.”.

—¿Canadá realmente necesita a los inmigrantes? —se le pregunta.

“Claro que sí. Alguna gente conservadora habla de que el desarrollo tecnológico va a evitar la necesidad del crecimiento poblacional, relacionado al desarrollo económico. Yo no creo que sea cierto, porque no solo está la producción sino también se necesita gente para que consuma y si no hay consumo va a haber una sola sobreproducción de cosas y el sistema tiende a tronar por saturación. En ese contexto desde cualquier punto de vista que se vea, ya sea en el marco de recursos humanos para la producción, de fuentes de adquisición, Canadá necesita un número inmenso de migrantes”.

Abunda:

“Estamos trayendo aproximadamente unos 280 mil a 300 mil al año, entre refugiados, emigrantes y lo demás. En el último estudio que se ha hecho se habla que para asegurar tener una proyección poblacional aceptable para el marco del desarrollo deberíamos estar trayendo como mínimo un millón de personas al año”.

Y asegura que desde la perspectiva de territorio, Canadá es uno de los países más despoblados del mundo. “Se cree”, explica, “que sólo tenemos habitado el cinco por ciento del territorio. Hay territorios vírgenes y muy ricos, que sería todo el polo, toda la zona norte, los territorios, recursos naturales, etcétera”.

“Por lo mismo, considera que los canadienses tienen una obligación histórica para traer un mayor número de personas a este país.

Señala:

“Sobre todo cuando se ve una densidad demográfica en ciertos lugares que genera problemas de carácter social y económico, como sería la pobreza. Canadá es una de las siete potencias. Tiene uno de los Productos Internos Brutos más grandes que hay, es uno de los países que acumula más riquezas en el marco de la producción e intercambio comercial. Por ende, tenemos los recursos en abundancia para poder tener a un millón o dos millones de personas si así lo decide el gobierno en turno”.

—¿Cómo cubrir esa demanda de mano de obra en Canadá?

“Lo que hay que hacer es flexibilizar nuestros programas migratorios y reducir lo que sería realmente el aspecto clasista y discriminatorio que hay en los mismos. Antes, la historia de Canadá era traer al pobre y este país se nutre de los pobres del mundo, de Europa. Cuando el color de la piel cambia ya no le interesan al gobierno canadiense los pobres, sino los que tienen títulos universitarios y dinero para invertir. Hace una política clasista que discrimina a todos los inmigrantes pobres del mundo, que no tienen entre comillas un capital o un título universitario que venir a aportar.

“Sobre esa base, la única forma que nosotros tenemos para lograr este millón de personas al año, es parar la discriminación por pobreza y empezamos a traer inmigrantes que quieren trabajar, quieren vivir aquí, que están huyendo de alguna cuestión de persecución, pobreza o lo que sea. Y les abrimos las puertas sin discriminación, sin exigir un título académico o un capital para invertir, sino simplemente exigir el deseo de construir una sociedad mejor y de trabajar por el futuro de este país”.

Más adelante hace una serie de interrogantes:

“¿Cómo es posible que el mejor país para vivir tenga problemas para llenar la meta que ellos se han puesto de inmigrantes que tienen que entrar a este país? Esto es risible. Y esto es risible porque hay una política discriminatoria que llega a niveles de racismo.

“¿Por qué usted ve que los recursos migratorios han sido divididos, distribuidos a nivel mundial, en base a criterios racistas? ¿Por qué no metemos al mayor número de oficiales migratorios procesando aplicaciones en África? ¿Por qué no los metemos en Asia? ¿Por qué no los metemos en Latinoamérica? ¿Por qué tenemos que concentrar el mayor número de oficiales en Europa? ¿Por qué tenemos que concentrar al mayor número en América del Norte, en Estados Unidos? ¿Por qué?”

Rico-Martínez se responde:

“Porque hay criterios de discriminación establecidos en el marco de distribución de los recursos para ejecutar la política migratoria”.

Y puntualiza:

“Sobre esa base, si nosotros suprimimos todos los criterios de discriminación vamos a lograr una política mucho más equitativa, que le va a permitir a la población necesitada emigrar a Canadá. No vamos a tener problemas para llenar una meta interior”.

Los mexicanos  utilizan frecuentemente los servicios de las líneas aéreas comerciales. Pobladores de otros países latinoamericanos, principalmente de Colombia, Jamaica y Cuba, lo hacían por tierra, desde los Estados Unidos.  Primero ingresaban a los Estados Unidos, se asentaban uno o dos años en Florida, y después se internaban a territorio canadiense. Entonces solicitaban el refugio político sin inmutarse.

Sin embargo, desde diciembre del 2004 esa situación cambió radicalmente. El gobierno canadiense aceptó la propuesta de su igual en Estados Unidos de negarles ese derecho de asilo. Ya no más, les dijeron. Aún así, algunos turistas, principalmente de Cuba, aplicaban como refugiados en su afán de quedarse en Canadá y desde ahí, ya como residentes, tener un mayor acceso a sus familiares en la isla caribeña. De no ser así, el gobierno estadounidense únicamente les permitía visitar Cuba una vez cada tres años. Canadá no tenía el mismo problema.

En México, los interesados en trabajar en Canadá se allegaban de un paquete turístico que incluía hotel, transportación y visita a las cataratas del Niagara y un casino construido en la ciudad de Niagara Falls. 115 kilómetros de carretera hay entre ese lugar y Toronto. En esa aventura obligada invertían hasta 15 mil pesos, unos mil 500 dólares canadienses, y probablemente uno de cada diez mexicanos utilizaba realmente esos servicios. De tener la anuencia de los agentes migratorios para que ingresaran al país en calidad de turistas, lo primero que hacían era buscar a sus contactos y establecerse temporalmente en cualquier habitación prestada. Jamás dormían en la mullida cama del hotel o utilizaban la limusina para apostar en las tragamonedas de los casinos.

“En mi caso, yo sí fui al casino y dormí en el hotel que tenía hasta jacuzzi, de pendejo no lo hago”, comentó Javier Elizalde, su gordura vibraba al soltar una risa parecida a la del tejón.

Eduardo lo conoció en las oficinas de Ontario Work donde aplicaría para el welfare. Iba en compañía de su esposa Lola, quien entró un mes después a Toronto, con un paquete turístico similar al de Javier. Sólo que ella, al descender del avión y lograr evadir la hosquedad de los agentes migratorios, viajó a Leamington, una comunidad rural construida a cuatro horas de Toronto.

Un día después, Lola ingresó a una empacadora de tomate, mientras que Javier trabajaba en la pizca de manzana. Por sugerencia de un compañero de casa, ambos decidieron regresar a Toronto y aplicar como refugiados políticos. El motivo: intentar traerse a sus cuatro hijos y vivir bajo el apoyo económico del gobierno.

“En dos años, mis chamacos aprenderán inglés y si nos regresan, ya llevamos dinero y un nuevo idioma. Por eso vale la pena estar aquí, aunque se encabronen los canadienses”, dijo Javier y una nueva carcajada de roedor atronó en la sala de espera de la oficina pública.

“¿Y vale la pena Leamington?”, preguntó el periodista.

“Pura chinga, día y noche, pero a eso viene uno aquí: a chingarse y ganar dinero”, respondió Javier.

HEMEROTECA: Que sean fuego las estrellas – Paco Ignacio Taibo II

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