PIADOSA RUTINA

Por Everardo Monroy Caracas

polvos ajenosDas de tumbos.

Metes la cabeza en el contenedor para pescar basura.

¡Eureka!:

Verduras y frascos con retazos de jalea o mayonesa.

El dépanneur hindú está a unos cuantos pasos de donde buceas.

No necesitas ser adivino para encontrar el origen del hallazgo.

Monsieur Ravi se deshizo de dos cajones de tomates y cebollas arruinadas.

Tu llegada fue oportuna.

Te le adelantaste a las ratas y mapaches del quartier.

Lo lamentas.

Todos tienen derecho a sobrevivir.

Metes los desechos orgánicos en dos bolsas de polietileno. Ansioso te alejas con tu valiosa carga. Te diriges a la pocilga de trescientos dólares mensuales.

Estás gozoso.

En el doliente refrigerador conservas un par de trozos de pollo congelado, recolectados en otrora correría callejera.

Antes, y solo evocarlo te provoca una temblorina, vaciarás el pequeño frasco de aguardiente chino rebajado con concentrado de limón.

No paras de cantar  durante la caminata.

Tampoco importa si algún vecino irascible te arroja zapatos o una andanada de maldiciones.

El quartier apesta a lodo podrido. Ningún arce o fresno conserva su verdor o queja.

Aun es invierno.

En diez o doce días abandonará Montreal.

La primavera recibirá la estafeta del odioso anciano de túnica blanca.

El Ver Primum o Entrada del Verano te complicará un poco la existencia. Los desperdicios difícilmente conservarán su consistencia comible.

La misma rutina de cada año.

El viejo Noël, patizambo, barbado y barrigón, dejará las fechas difíciles de su mendicidad.

Es dipsómano como tú.

Has tenido suerte de acompañarlo en sus excesos etílicos.

Papa Noël vive en el cuarto contiguo al tuyo.

No para de reír.

Noche sin luna y estrellas.

Decidiste compartir tu guiso de pollo enjitomatado.

Lo escucharás repetir los tristes relatos del benefactor compulsivo que fue echado del Polo Norte por enamorarse de una elfa ninfómana. Lo siguió en el exilio y un año después lo abandonó en Montreal.

Ella trabaja en un circo ambulante. Es maga y comparte su lecho con Luc Champlain, el contorsionista.

Tu canto trasciende. Lo anima el alcohol que has consumido.

La primera botella que vaciaste terminó en un contenedor ajeno.

Mientras trepas por los escalones del edificio, improvisas un nuevo joropo.

Jacinto reza contrito

por el trabajo a seguir.

Como parte de ese rito

tiene deseos de vivir.

 

Su herramienta está engrasada,

descansa sobre la mesa

y en una cama arrugada

dormida sigue Teresa.

 

“Diosito cuida a mi vieja,

sácanos de este barranco”,

dijo con dejo de queja

antes de asaltar el banco.

 

Benito yace tendido

sobre la acera sin vida

y en un hogar bendecido

Teresa sigue dormida.

 

Los jojojos del viejo Noël retumban en el umbral.

Te alegra escucharlos.

Es domingo y tienes ánimo de continuar la farra.

HEMEROTECA: Scherer Garcia Julio – Carceles

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