EL DILEMA

Por Everardo Monroy Caracas

la otra piel portada_Fotor1

Puedes despertar y creer que los recuerdos son verdaderos. Alterar el orden de las cosas y rebelarnos por el simple hecho de no compartir normas establecidas por una autoridad arcaica.

Puedes despertar…

Ellos nos someten con su poder corporal y cognoscitivo. Entonces decides alterar tu visión de vida y sumergirte en una especie de filigrana multicolor ajena a tu vida diaria.

No eres la misma persona.

Has dejado de existir.

Cuánto tiempo tardaste en darte cuenta de tu inexistencia.

 No respiras.

Tu cuerpo se ha corrompido por la misma acuosidad de la penumbra y sus miasmas.

Los gusanos te devoran e intentan abandonar el sarcófago de acero.

Te has multiplicado en menos de dos semanas.

Los filamentos golpean lo tocable y palpitante; dúctil, aprensivo, gozoso y fugaz… el estúpido latido de la vena carótida…

Quieres hablar y no puedes.

Estás bajo presión de tu propia culpa.

“¿Por qué le permití que abandonara la casa y se marchara a Tulancingo?”

 Escucho el sollozo de mi padre.

“Cálmese, lo importante es que lo encontró”, interviene otra voz masculina.

Tal vez es el entomólogo forense.

Tal vez.

Los gusanos rasgan sin piedad mi omóplato.

Los gusanos entran y salen libremente por las porosidades de mis oídos.

Es como si una olla exprés dejase escapar un vapor corrosivo y amenazara con derretir los pocos residuos de cerebro que me quedan.

Huayacocotla es ajena a la tragedia de la familia Soto Barragán.

Los Castrejón tienen dinero y un control absoluto del mercadeo de la carne de cerdo y granos comestibles. Cada rancho depende de sus precios, superiores a los tasados por el gobierno.

De ahí que aún conserve granos de maíz amarillo en el bolsillo trasero de mi pantalón, regalo de la abuela Clotilde.

“Ahorita no le podemos dar información, entiéndelo”, alguien se disculpa.

La otra voz insiste:

“¿Cómo supieron con exactitud que aquí lo desenterraron, comandante?”.

“Por favor, Chela, aguántate un poco… No podemos reventar esto ahorita. Danos un poco de tiempo para encontrar alguna prueba que nos lleve a los asesinos”.

Todo ocurre en la Quinta de los Garrido, en el barrio Agua Caliente, entre la maraña y el ocotal recién removido.

  “El cadáver está en la etapa de descomposición, lleva más de dos semanas aquí”, reitera el entomólogo forense.

“El descarnamiento es evidente, doctor”, dice su acompañante.

Los policías ministeriales aislaron la zona.

Por el norte, zigzaguea el rio Lomas de Yegua, descendiendo de la colina del Muerto cubierta de encinos, enebros y pinos. Sus aguas cantarinas logran ocultarse en el siguiente montículo pedregoso.

Sigo ahí.

En el mismo sitio.

Escucho con claridad sorprendente la caída espumajosa del agua.

Siempre he creído que las larvas de mi carroña son moscas. En cualquier momento me abandonaran.

Coleópteros necrófilos.

Desde su multitucidad visual observaré los lingotes corrugados del infinito: cordilleras y barrancones inhóspitos: culebras barrosas que pacientes reptan entre las lagunas y riachuelos y los valles verdes del altiplano.

Desde mi infancia quise recorrer la serranía de Huayacocotla hasta los linderos de la huasteca hidalguense.

Bajar a las profundidades de Potrero Seco.

Llegar hasta el cenit del Poxtetle y el Corcovado.

Revolotear por los riscos de piedra caliza de La Paloma, de paredones lustrosos por el lagrimeo y donde el sol se ha negado a descender.

De regreso, sobre la agreste conífera natural de la serranía, arrullarme bajo el manto infinito de la noche, en los recovecos de ixtle y líquenes, sedientos de lluvia, de la Cumbre o el Tepolo.

Lo importante es creer y defender una idea liberadora pese al desenlace.

Difícil equivocarnos.

Enfrentar la verdad sin rostro de bandolero, sino de revolucionario.

Partir bajo el terreno social que nos permite acrisolar el abanderamiento de una causa revolucionaria.

El dilema: estar a favor o en contra de la injusticia.

Ejemplo:

Oponernos a la explotación del caolín o ser indiferente a las advertencias y amenazas de muerte del presidente municipal, Conrado Pereira. Intenta impedir el paso de la maquinaria pesada de la compañía minera gringa Walter Run, con sede en Chicago, Illinois.

Tras el escritorio de caoba, sin su sombrero redondo, de lona y canutillo, Pereira me señaló con el dedo índice sin uña. Noté el amoratamiento de sus labios y lo hediondo del aliento.

Pereira conservaba en los bigotes pringos del zacahuixtle.

 Retornaba del acostón con la secretaria del ayuntamiento e hija de su comadre Refugio Muñoz, lideresa del mercado municipal.

Imaginé abrir los ojos y hurgar el estrecho espacio circular, resolver el misterio de mi propia desaparición.

Seguí de cerca el estallamiento de la piel, la gasificación de mis músculos y tejidos, como pequeñas erupciones.

Gemí de terror al descubrirme en una coladera herrumbrosa.

No habría salida.

Sin tiempo preciso: aislado del mundo exterior, de las coníferas, caseríos, huertos frutales cuajados de duraznales, olmos y manzanos y llanuras pelonas con las marcas repetitivas por el paso de las recuas, hatos, rebaños, jaurías, piaras…

Imposible alcanzar mi libertad para denunciar a mis verdugos.

“El puto viejo no sabe que los zapatos que le regaló, tendrán pellejo del nieto. Es usted muy cabrón, Jefe”, fue lo último que escuché al percibir el ronroneo de la sierra eléctrica.

HEMEROTECA: pro211

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