AGUAS ROJAS (Relato 2)

Por Everardo Monroy Caracas

crisalidaLas aguas arrastraban cadáveres, troncos y marañas. Eran pastosas y pestilentes. Habían desgajado los bordes —semipoblados de  jacalones y cercos— y derrumbado los dos únicos puentes de las carreteras San Fernando y Los Reyes Magos.

Pedro Lora y Nelson Galindo aguardaban lo inevitable.

Su equipo y comida enlatada fue devorada por la turbulencia del rio San Juan.

Los constantes relámpagos aluzaban instantáneamente las aguas turbias y espumorosas, donde flotaban y descendían, a gran velocidad, basura inorgánica e infinidad de bestias hinchadas e inermes: perros, gatos, vacas, burros, mulas, yeguas, cerdos, caballos, toros, gallinas…

 Los sicarios estaban atrapados en una isleta de cañabrava y manglares.

El huracán los agarró de repente, embotados por el sopor de la mariguana y el mezcal.

La orden de deshacerse del Mayor Pérez estaba resuelta. Otro hecho les preocupaba.  La vida de sus hijos.

El cuerpo destazado (si así podría llamársele) seguía a sus espaldas, sin brazos ni cabeza, junto a los “cuernos de chivo” y media caja de municiones y cargadores.

En dos bolsas negras reposaban las tres extremidades humanas, sanguinolentas.

La orden de Gabo Mujica fue rotunda:

—Se deshacen del cuerpo de ese cabrón, pero la cabeza y los brazos los arrojan frente al Palacio Municipal de San Juan.

Les entregó una cartulina con grandes letras rojas, donde se leía:

“Este puto era dedo y ya se lo yebo la chingada y asi acabaran los osicones…”

Pedro y Nelson, ajenos a los estruendos y el ajetreo hiriente del pasado —por ser eso, pasado—, seguían en la misma posición: encuclillas, ensimismados y, por el momento, sin entender lo que ocurría.

  Un día antes, a la medianoche, entraron al pueblo de Los Reyes Magos donde ejecutaron a tres hijos del Mayor y seis guaruras.

Lograron acatar las instrucciones de su jefe: secuestrar al capo, darle una madriza, obligarlo a escuchar una grabación y finalmente descuartizarlo a machetazos.

Jamás imaginaron lo que ocurriría después.

La tormenta obligó al gobierno abrir las compuertas de la presa del Carmen. Las aguas del rio San Juan se precipitaron encabritadas hacia los valles y arrastraron e inundaron todo lo que encontraban a su paso. Desaparecieron jacalones, bardas de contención y los dos puentes.

La loca carrera fluvial provocó derrumbes y ahogamientos.

El infierno.

En menos de dos días, como lo vaticino el alcalde Josefat Carrera, todo ser viviente de San Fernando seria “vomitado en el océano y devorado por los tiburones”.

Los sicarios tardarían varias horas en asimilar lo ocurrido. Carecían de un plan de contingencia, a pesar de poseer el don de las bestias: crueldad e instinto de sobrevivencia.

En su cerebro solo resonaba la amenaza de Mujica:

—No tolero los errores. El que falla, paga y no importa si caen antes. Mi venganza alcanza a sus padres e hijos… Y lo saben.

El viernes por la noche ascendieron por la ladera poniente del cerro Bola hasta la cumbre. De ahí, en una camioneta prestada, incursionaron a Los Reyes Magos.

Los lugareños, protegidos y amenazados por el Mayor, avalaron el ataque. Le temían y odiaban. Sus hijas y esposas padecieron los infiernos de su lascivia. Sus matones también los ultrajaban y saqueaban. Eran sudamericanos, principalmente de Colombia y Paraguay.

Pedro y Nelson no encontraron  resistencia en el poblado. Por el contrario, una colaboración absoluta.

El presidente del comisariado ejidal, don Lencho les describió a detalle la rutina del cacique y sus sicarios y cada rincón de la amurallada casona de muros de roca y techumbre de acero.

Todas las noches, El Mayor, cual batracio de aguas pantanosas, nadaba en un brazo del riachuelo La Joya. Lo hacía en compañía de dos mujeres extranjeras, desnudas y jariosas por tanto pasón de coca. Nunca lo abandonaban en sus zambullidas.

Los guardaespaldas, pertrechados con fusiles metralleta, confiaban en el entorno natural y la colaboración de los lugareños de Los Reyes Magos.

El Mayor ordenó crear cinturones de seguridad a treinta kilómetros de su fortaleza. Los halcones tenían instrucciones de informar cada movimiento extraordinario en las rancherías y cabecera municipal. Lo hacían a través de radios walkie—talkie.

Los policías municipales y algunos militares estaban en su nómina.

El jefe de seguridad del cacique subestimó la astucia de los dos sicarios contratados por Gabo Mujica, el temible capo del Cartel de La Sierra. Nelson y Pedro cruzaron el anillo de seguridad e incluso traspusieron los puestos de vigilancia de militares acantonados en San Fernando.

El Mayor y sus matones fueron sorprendidos en su madriguera, como suricatos y topos.

En pocos minutos, protegidos por la oscuridad, Pedro y Nelson exterminaron a sus adversarios. El estupor invadió a las dos mujeres y al Mayor, aún atolondrado por el alcohol, viagra y cocaína.

Nada pudieron hacer los sicarios sudamericanos frente el poder de la metralla de sus verdugos, gatunos y de piel oscura.

Nelson tuvo la puntada de darles el tiro de gracia en la nuca.

Al jefe de seguridad, atlético y rubio, le orinó la cara antes de cortarle la cabeza.

Después de la carnicería, el problema era otro. El huracán Rosa trastocó el plan original.

Los sicarios, oriundos de la Arauca colombiana,  quedaron atrapados en una saliente del rio San Juan. No lograron cruzar el puente de Los Ángeles.

En medio de una reducida mancha verde, plagada de manglares y huizaches y de tierra movediza, impávidos observaron la fiereza de las aguas rivereñas. Los lagartos y serpientes huían a gran velocidad, sin encontrar salida por tierra firme. Luchaban por su sobrevivencia, indiferentes a la presencia de los sicarios y su sanguinolenta carga.

Su hábitat ya no era el mismo.

El torrencial y los vientos huracanados confundían los olores de la naturaleza y la sangre humana.

Perdidos en un trozo de páramo maltrecho, Nelson y Pedro intentaban sacar fuerzas. No rendirse. El propósito final era encontrar una sólida salida para cruzar las aguas turbulentas y oscuras.

Una avioneta aguardaba su arribo en la cabecera municipal de San Juan.

Pedro y Nelson tenían algo en común: su mudez. De ahí que el esquelético Gabo Mujica confiaba ciegamente en su lealtad.

En su época de paramilitares optaron por cortarse la lengua al ser detenidos por guerrilleros de las FARC. Obtuvieron su liberación en un intercambio de rehenes con el Ministerio de la Defensa.

Y un detalle más:

Pedro y Nelson, quince años antes de su incursión a Los Reyes Magos, se casaron por lo civil en San Francisco, California. Un mes después, por acuerdo mutuo, adoptaron a dos niños de un barrio pobre de Belice.

Pedro II y Nelson II —brillantes alumnos de una high school montrealense— eran huéspedes de honor de Gabo Mujica, en su hacienda de Guadalajara.

HEMEROTECA: Clio.Historia 03.2019

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