VIBORILLAS

Por Everardo Monroy Caracas

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Los mismos pasos de siempre.

De la peletería a la cantina de Poncho Solís. Y por la noche, después de la siete, al galerón destartalado que nos asignaron para las horas de asueto.

 La peletería era un sucio tendejón con tendederos de ixtle trenzado, losas de piedra pómez para el lavado del cuero y anaqueles cargados de bidones, bultos de calhidra y cepillones con cerda metálica.

El negocio de Poncho Solís fue levantado con adobe y láminas petrolizadas al borde de la carretera de Viborillas.

Nuestras jornadas eran de lunes a sábado, durante doce horas continúas y sin posibilidades de renunciar.

Siempre apestando a fiera montaraz y pegosteado de disolventes, alumbre potásico y colorante. Difícilmente lográbamos erradicarlos de nuestra vida. En mi caso, a mis dieciséis años, los traía inoculados en la piel y la ropa, como una coraza.

Trabajar el cuero crudo no era cosa sencilla.

La paga apenas permitía hacer planes para alcanzar una existencia distinta a la que imaginábamos en la cama.

En el negocio de Pancho Solís teníamos que convivir con asesinos y compartir sus alardeadas, miedos, tristezas y alegrías.

Las prostitutas nunca faltaban. Lo mismo, la estridencia huapanguera, las peleas de gallos, torneos de tiro al blanco o encuentros boxísticos sin guantes.

La cantina —a pesar de la funcionar las veinticuatro horas en una modesta construcción— contaba con una barra de roble laqueado en forma serpiente. Filiberto Canales la adquirió en una subasta durante una de sus visitas a Nueva York. Perteneció al trasatlántico Titanic, hundido por un iceberg el 14 de abril de 1912.

En la tragedia murieron mil quinientos diecisiete pasajeros, según me reveló en uno de mis viajes a Huaya, don Elpidio Monroy.

Las reses destazadas arribaban a Viborillas cada fin de semana en tráileres .

Los empleados de Anselmo Julián, veterinario y cuñado de Aldegundo Canales  —hermano de Filiberto—, descargaban los cueros, aún con carne sanguinolenta adherida, en un tendejón construido en las márgenes del único arroyuelo del pueblo. Por lo mismo, los langostinos y camarones proliferaban. Desde niños, los extraíamos con ayuda de una red cónica de alambre plástico.

La descarga de cueros y trozos de carne bovina se realizaba en la clandestinidad. El motivo: el ganado era robado. Le pertenecía a los hacendados de Palo Bendito, Tlalchilchilquillo y Agua Blanca.

Las advertencias de los hermanos Canales eran precisas:

“Peón chivato, peón clorato. Y si lo dejan vivo y me entero, mejor se dan un balazo en la cabeza”.

Nadie cuestionaba.

En la región, los privilegios económicos se notaban.

Un gatillero leal y certero tenía derecho a poseer una parcela de diez hectáreas. La cercaba y poblaba de borregos cimarrones y cerdos de engorda.

En el mismo terreno edificaba su casa de piedra o ladrillo colorado y cemento. Nunca le faltaba dinero e influencias.

La gavilla se hizo compacta y ajena a los escándalos y reventones públicos.

Cualquier indiscreción tenía un solo costo: la muerte.

En Huayacocotla se conocía el historial negro de cada familia adinerada.

Por ejemplo, sabíamos con lujo de detalle sobre el origen de sus malhabidas fortunas. Sin embargo, los Hernández, Gutiérrez, Montoya, Castrejón, Garrido, Perea, Torres y Galindo dependían del poder omnímodo, político y financiero, de los Canales. Éstos controlaban la producción y comercialización de granos y frutas y la venta de alcohol y cerveza. Su poder coercitivo alcanzaba a los responsables de extraer arena y piedra de rio, calhidra y caolín. Lo mismo la tala y exportación de madera.

La familia Gutiérrez controlaba la siembra de amapola en sociedad con los Canales. Los ejidatarios eran obligados a producir la pasta del enervante. Un general de brigada, compadre de Filiberto, acaparaba la goma para convertirla en morfina.

La demanda del fármaco fue un asunto de vida o muerte durante la segunda guerra mundial.

De la morfina, científicos estadounidenses extrajeron la heroína. En años posteriores, agentes de la DEA la colocaron a precios irrisorios en los barrios pobres de Los Ángeles, Chicago y San Francisco y así diezmar políticamente a las comunidades afrodescendientes, latinas y homosexuales.

La familia Perea tenía bajo su responsabilidad la cría de gallos de pelea y toros de monta y organizaba durante las fiestas patronales la venta de alcohol y las apuestas en palenques y rodeos.

Bajo la venia de los hermanos Canales, la familia Montoya controlaba el abigeato y la venta de carne al menudeo. Eran los propietarios visibles de las principales carnicerías y supermercados de la huasteca.

La primogénita de Aldegundo, Melinda Canales, abrió una cadena de zapaterías —La Huella del Ángel SA de CV—  en Huayacocotla, Tulancingo, Pachuca y la Ciudad de México. En la fabricación utilizaban el cuero del ganado vacuno robado.

En Viborillas se instaló la peletería.

La ranchería fue guillotinada por la carretera federal Huayacocotla-Tulancingo. Los pobladores, en su mayoría iletrados y de huarache, sobrevivían del cultivo de maíz y frijol y la pesca de truchas, lubinas, camarones y langostinos.

La infinita llanura conservaba un verdor incandescente por las continuas lloviznas y arroyuelos que se deslizaban hasta el horizonte y por un costado de la carretera.

Melinda, rechoncha y malhablada, adquirió ilegalmente doscientas hectáreas ejidales, sin importarle el daño ecológico que provocaba su peletería.  Ninguna autoridad de los tres niveles de gobierno intervenía en el asunto.

En esas tierras de vocación agrícola y ganadera, Melinda construyó su imperio: una mansión bardeada y el enorme tendejón de polines, varillas y cemento, donde ablandábamos los pellejos con calhidra y químicos corrosivos de alta toxicidad.

La peletería era fuente de trabajo para los campesinos del municipio y entre ellos me incluyo.

Mi abuelo fue el único ejidatario que intentó llevar el asunto a los periódicos de Pachuca. Nunca retornó a nuestra morada. Lo asesinaron.

La Procuraduría General de Justicia archivó el asunto de su ausencia.

Y argumentó:

“Próculo Soto Barragán, de sesenta y tres años de edad, viudo, con seis hijos y doce nietos, huyó a los Estados Unidos con su amante de Tulancingo”.

El alcalde, Conrado Pereira, le dijo a mi padre que existía una orden de aprehensión en su contra por haber participado en un asalto a mano armada de un camión repartidor de cerveza, “propiedad de don Aldegundo Canales”.

Mi familia, muy a su pesar, dejó de buscar al abuelo y aceptó los diez mil pesos que les entregó uno de los hijos de Aldegundo, el diputado local, Juan Reyes Canales.

Frente a mis padres y tres tíos, a la entrada de nuestro jacal, expresó:

“El viejo Próculo representó a los ejidatarios de Viborillas durante más de quince años y el gobierno del estado lo agradece de esta manera y no importa donde se encuentre”.

Y de pie con la  pistola al cinto, agregó:

“Y no se preocupen, mi primo que es el agente del ministerio público le dará carpetazo al asunto del asalto, porque esas son jaladas inventadas por la policía judicial. Nosotros conocemos la integridad moral de don Próculo y si se fue con otra ruca, como decimos en Huaya, es muy su pedo, ¿o no Proculito?”.

“Así es diputado, ya nos dará la razón el viejo cuando regrese”, dijo contrito mi padre, con la cabeza baja.

Mientras escuchaba al hijo del cacique no dejó de estrujar el sombrero de lona con sus calludos dedos de labrador.

Ya a solas, frente al tlecuil, lo doblegó el llanto.

Esa noche bebió aguardiente hasta el amanecer.

Mis tíos prefirieron esconder su dolor y recogerse en su casa. Decidieron aguardar pacientemente a que los acontecimientos tomaran su propio cause.

Los Soto dependíamos del dinero malhabido de Aldegundo Canales.

El domingo fui informado de la partida de mi padre.

No hice preguntas.

Durante nuestro trayecto a la cabecera municipal, donde entregaríamos unos documentos en la Secretaria de la Reforma Agraria, mi padre me confió que se uniría a un grupo de guerrilleros, encabezado por un teniente coronel del Ejército Agrarista Plan de Ayala: Rubén Jaramillo Ménez.

En dos semanas viajaría a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, donde se entrenaría en tácticas de guerra de guerrillas.

“¿Quieres que te acompañe, apa?”

“No, mi hijo. Usted quédese con su madre hasta que regrese. Después veremos si se une a nosotros. Y no se preocupe por sus hermanos… ellos ya están grandecitos y conocen la vereda que deben escoger… Ellos son pasto de este potrero…”.

HEMEROTECA: 3-19-rollingstone

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