CELIA

Por Everardo Monroy Caracas

polvos ajenos—¡Aguarda un poco más!

—Traigo los mil dólares que me pediste…

—Me estoy poniendo bella para ti, papito… no soy una vulgar mesera o vendedora de alfombras…

—Ahorré un par de meses para lograr esta cita, no seas  injusta, el frio es molesto…

—No te vas a arrepentir, papito… Gracias por tu paciencia. Voy a estar contigo y no te vas a arrepentir… Después de regresar del hospital y ver a mi madre, haces de mi lo que quieras, papito

—C’est bon, j’espère…

—o—

Brutt Coruel inamovible. En plena calle. Flaco y desgarbado, con sus ropas de mal gusto.

Un cliente asiduo de LArmée du Salut.

Por Facebook hizo la cita (rendez vous).

Cada detalle de Celia estaba tatuado bajo su bragueta.

Desconocía los principales aspectos de su vida diaria: asiduidad a los pericazos y su pasión suicida por Úrsulo Márquez el Patrón, su chulo.

—0—

En Montreal los viejos odian su condición de viejos.

Úrsulo y Celia no eran la excepción.

Los negocios florecían. Eran dueños de la calle y un cuarto de hotel, en la rue Saint-Huber.

En cada bar sembraban amigos. De amantes solitarios a swingers y de swingers a estafadores y dealers. Imponían miedo y respeto.

 Un jefe de policía toleraba sus correrías delictivas por una cuota mensual.

—0—

El Stilson, un obsesivo periodista de Nueva York, dejó de escribirle en Facebook.

 Durante sus chateos nocturnos comprobó que Celia ya no era coherente en sus respuestas. Mentía con facilidad y la traicionaban sus constantes demandas de dinero.

“Mi madre está enferma. Su diálisis la recibe dos veces al mes. Un dineral.”

En chateos posteriores variaba su versión.

Papito, me urge juntar un dinero para cubrir los gastos de hospitalización de mi madre. Su cáncer me tiene en bancarrota”.

El periodista tuvo el apoyo de la policía cibernética para aclarar sus dudas.

Y un dato extra:

En tres o cuatro meses la pareja sería aprehendida.

Úrsulo era el cerebro de la estafa.

Ningún cliente enganchado a través de Facebook tenía las suficientes agallas para denunciar el chantaje.

La policía los cazaría por la venta de anfetaminas.

Celia servía de carnada.

La perfecta tarántula de la historia.

—0—

—Por favor… el frio me está afectando… Estoy aquí desde las nueve de la noche…

El tipo de piel oscura y cuerpo de pesista olímpico suelta la carcajada. No se aparta de la puerta. El hall del hotel presenta un escenario desolador. Solo es posible ver el mostrador, un gran paisaje al óleo y las dos placas metálicas del elevador.

—Debes aguardar un poco más. Ella va a bajar en cualquier momento… —le dijo con dureza a Brutt Coruel.

El sonido del minutero podía percibirse: ruidos repetitivos y molestos.

Celia abrió la ventana de su habitación. Miró hacia abajo. Brutt continuaba en el mismo lugar. Le pareció tan miserable y estúpido.

Brutt levantó la cabeza protegida con un gorro de lana y lentes de carey. Celia estaba desnuda. Sus senos de silicón, grandes y lustrosos, se desbordaron por el alfeizar.

 —Pobre pendejo —murmuró Celia.

En el buró la aguardaban dos rayas blancas para esnifar.

El Patrón, en cueros y peluquín entrecano, estaba echado en la cama, viendo el televisor. Parte de la nariz y el bigote presentaban residuos de cocaína.

Su mundo en blanco y negro, sin colores deslumbrantes.

—Mil dólares los tenemos seguros con este pendejo, papito…

—0—

El Stilson decidió sugerir un cabezal para el reportaje.

LA CHASSE DES LYCOÏDES CARNIVORES

No le convenció. La fatiga impidió continuar con el trabajo.

La edad y los dolores de espalda y cadera impusieron sus reglas. Prefirió recostarse y consumir los restos de la botella. Dos vasos más de whisky serian el sedante perfecto.

Oralia —el verdadero nombre de Celia, su exesposa— no volvería a reírse de su invalidez.

De paso, el viejo periodista vengaría el atentado pertrechado por los matones del Patrón.

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