TODO EMPIEZA EN CASA

Por Everardo Monroy Caracas

EL ESCUPITAJO—Discutir de política no es algo que me agrade. Hemos perdido nuestra identidad de clase. Nos anclarnos a la verdad más cómoda, como individuos asalariados: la de nuestros patrones. El temor a ser pobres nos impide reconocernos unos a otros en el mismo centro de trabajo. Los productores del campo —propietarios de una parcela— son víctimas de la misma tragedia. Se consideran capitalistas. Tienen un rechazo sistemático a cualquier intención que socialice su esfuerzo productivo.

El argumento podría convencerlos ante la necesidad de tener su apoyo para encabezar al gobierno municipal.

Higinio López insistía, parado sobre una silla y con el aliento contaminado por los alipuses. Su pinta de indio puro abonaba un poco. La concurrencia era tan pareja en la forma de vestir: sombreros de lona o palma, camisas de sargal, pantalones dril y albarcas o alborgas.

—¿Y qué podemos hacer, si aquí está el mal?

El mal, el mal…

La palabra encajaba perfectamente en el terreno de la diplomacia palaciega. Un sustantivo lesivo.

En Santa Rita entraba a un terreno doloroso y letal.

Beto Torres tuvo la delicadeza de no identificarlos por su nombre. Sus adversarios controlaban al municipio, política y económicamente.

—No me corresponde meterme y lo saben —dijo sin titubear—. Es un asunto de organización y lucha. Nada es fácil. El mal penetra cuando las condiciones objetivas lo permiten. ¿Me explico? Ustedes pueden abrir cualquier libro sagrado y encontrarán respuestas. Lo mismo en cualquier libro de ciencias sociales relacionadas a despertarles una conciencia transformadora. Hay buenos y malos productores agrícolas que prefirieron olvidarse del maíz y el frijol. Optaron por otros cultivos. Principalmente aquellos que tienen más demanda en países industrializados y que destruyen a su sociedad…

—Pienso que usted es re’culo maestrito, que solo quiere gobernar para hacerse rico…

Tito Retes trastabillaba sin soltar la botella de sotol. Sus ochenta y dos camaradas lo observaron en silencio. De todos, fue el único que tenía enjaretado el sombrero de palma y la faca envainada a la cintura.  De ojos-tizones y palabras-navajas.

—Es posible —reviró López—. Si ustedes le han permitido robar a quienes gobiernan. ¿Por qué yo no? Aquí nací, de aquí son mis antepasados y si lo piensan, ninguno de los que han gobernado al municipio, están relacionados con Santa Rita… Pero, aclaro: ninguno de ustedes puede afirmar que soy un delincuente o que he traicionado mi origen y amistades…

La mujer del panadero, Paz Corrales, intervino.  En rebozo atado a la cintura y pañoleta roja en la cabeza. Un mes antes había parido.

El rebozo hacia las funciones de faja.

—No me opongo a que  Higinio aspire a ser alcalde. Todos lo conocemos y es un buen maestro. Lo vemos al hablar con nuestros hijos. Nosotros nos conocemos y prefiero que mis muchachos tengan un buen maestro y no un mártir. De nosotros depende mejorar las cosas de por acá, pero tenemos que vencer el miedo…

—¿Nos estas diciendo que nos alebrestemos? —cuestionó el ayudante municipal, torcido de piernas y cara cascada por el acné.

Todos conocían sus ligas con los matones y corruptos. Cada palabra representaba una amenaza.

El panadero Liborio Yescas salió al quite de su mujer, antes de que los enconos vomitaran nombres y apellidos.

—Más bien, lo que dice Pacesita que es cuidemos al maestro, a pesar de tener ideas peligrosas. En el fogón solo se queman quienes meten la jeta o las manos. En mi caso, me gusta escucharlo, porque se aprende un poco y seguimos en la parcela desyerbando y preparando la tierrita para la siguiente siembra y nada ocurre… ¿Me entienden?

Retes, después de vaciar la botella de sotol, soltó una risita cavernosa, burlona.

Y exclamó:

Pa’eso me gustabas, Liborio…

Higinio estaba satisfecho. Comprobó sus alcances políticos. Quedaba demostrada su capacidad de convocatoria. Estaba convencido que, con la ayuda de su primo Ernesto Barrios, podría continuar con el reclutamiento de la gente.

Ernesto era sargento primero del batallón catorce, adscrito en los suburbios de Santa Rita. Harto estaba de torturar y ejecutar a los detenidos por órdenes superiores. Eran tiempos nuevos.

Parar y desobedecer. Tal proeza se materializaría de predominar un pueblo consciente, organizado y armado.

Eso pensaba…

VIDEOTECA:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s