LA RUE WALKLEY

Por Everardo Monroy Caracas

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El departamento que ocuparía —un 4 ½— fue construido en la planta baja, frente a otro de las mismas dimensiones y habitaciones. Tenía cocina-comedor, cuarto de cachivaches, sala de estar y baño con tina, lavamanos y retrete.

El número uno.

Su puerta de madera chocolate crujía y anunciaba nuestra presencia.

El inmueble formaba parte de un edificio de tres pisos con seis departamentos, espacio jardinado frontal con yerbas y pasto amarillento.

De la puerta principal a la banqueta, era necesario recorrer un sendero encementado de quince metros. En el patio trasero predominaban fresnos y arces de gran tamaño. Nunca escaseaban los graznidos y piares de la fauna citadina: ardillas, mapaches, zorrillos, ratones y aves.

Durante cincuenta años, la calle Walkley resguardó a gatilleros, prostitutas y mercaderes de drogas duras. La prosapia del vicio y violencia con protección policiaca.

La zona de tolerancia funcionó entre las avenidas Fielding (al este) y Monkland (al oeste).

Se trataba de una fortaleza inexpugnable para sus ocupantes y visitantes.

El departamento estaba marcado con el número 8900, según la nomenclatura impuesta por el servicio de correos.

La calle Walkley iniciaba en la Chamin de la Cote Saint-Luc y concluía en el bulevar de Maisonneuve Ouest.

En veinte minutos recorría a pie las ocho manzanas. En su entorno pululaban los dépanneurs (tiendas de abarrotes),  supermercados, restaurantes, lavanderías, sucursales bancarias, estéticas o peluquerías y bares.

Los europeos, indianos y chinos acaparaban el comercio legal y la renta de bienes inmuebles.

Los salvadoreños y afroantillanos tenían el absoluto control de las calles y el mercado de drogas.

 Parte del barrio de Notre-Dame-de-Grâce les pertenecía.

Los pequeños comerciantes pagaban protección para no ser molestados por los pandilleros de otros barrios.

Yo desconocía los antecedentes de mi futuro hábitat. En mi convivencia diaria con sus principales protagonistas —Mauricio el Ronco Rentería y Carlos, su primogénito; Alessia Lombard y el boliviano, Lucho Cabrera el Mocho— fui allegándome de información y conocimiento.

Martin convenció al Ronco Rentería para que me apoyara para rentar un cuarto compartido. No hubo oposición. El salvadoreño recordó que, días antes, me hizo un ofrecimiento similar. Su palabra era invariable.

 Por lo tanto, tres horas después, durante la puesta de sol, nos encontramos en uno de los accesos de la estación del metro Snowdon. Tras el saludo y por iniciativa de mi anfitrión, nos metimos en un restaurante-bar vietnamita.

Ahí rompimos el protocolo con dos Pichet à bière de diez dólares.

El Ronco Rentería de entrada, dijo:

—El encargado del edificio es un pipían italiano y vos devés ser simpático ante sus ojos para romper el hielo, ¿comprendes? Tú le dices que eres primo mío y que tuviste líos con la justicia por defender a un hueco, como ustedes llaman a los maricones

—¿Y para qué tanta vaina? solo es cosa de abonarle la renta del mes y el depósito ¿o no?…—respondí con tono de ironía.

¡Púchica! Haz lo que te pido y no habrá necesidad de pagar el depósito. Yo a vos le presto los trescientos dólares, como me lo pidió Martin, y vos me los pagas en el momento que Empleo Quebec te libere el pisto… ¿Estamos?

—No se hable más, ¡Salud!

—¡Santé! —respondió en francés.

Y chocamos los tarros para sellar nuestra hermandad.

HEMEROTECA: PRO212

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