EL CLARINETE

Por Everardo Monroy Caracas

soledadq14

Nos negamos a envejecer, caray.

Lino ya me reclamó por decirle a Teresa que mi cuate es sesentero.

“Es mejor mentir que bailar solo”, protestó.

Los dos optamos por ir al centro nocturno de la calle Ontario y buscar una pareja temporal.

Un par de vejetes solitarios con ganas de divertirse.

En Montreal pululan los viejos rabo verde.

Las mujeres de la tercera edad, llamadas Cougar, tampoco se hacen las modositas.

La mayoría sobrevive en soledad absoluta.

A ningún descendiente sanguíneo —hijos o nietos— le interesa protegernos. Nos envían a los asilos públicos o privados, tras recibir dinero de la pensión.

Le Cheval Blanc es un establecimiento con una enorme pista luminosa, rodeada de mesas circulares y sillas con alto respaldo tubular. Al fondo, sobre un entarimado de madera, media docena de músicos negros hacen rechinar las guitarras eléctricas, la pianola, la batería y el bruñido saxofón.

La polilla cae a lo que da.

Las ancianas y ancianos se han puesto sus mejores garras.

Lino se puso gomina en el cabello, como buen argentino, y mocasines bicolores de charol.

Por el contrario, yo visto pantalones bombachos y saco negro ajustado que logré someter con la ayuda de una faja elástica.

Los veinte dólares donados a la risueña y cachetona mesera, nos permitió allegarnos de una mesa VIP. Nuestro interés es atraer la mirada de las parroquianas ganosas y afines al alcohol.

Es viernes.

Lino tenía la seguridad que la jamona Carmina Calles, de origen antoquiano, daría su brazo a torcer. Sus cincuenta y tantos años los somete con tinturas, cremas y liposucciones y dos suculentas prótesis en su pecho de mulata.

Noche para descarriarte, cargada de Viagra, alcoholes, lociones y perfumes.

Las mejores garras y pelucas para lucir y seducir.

No podía quejarme.

Era el  momento de demostrarle a la concurrencia lo asimilado en mis clases de baile. En mi caso, según madame Ménard, podía defenderme ante los frenéticos acordes de la samba, cumbia y rock and roll o los deslumbrantes ritmos del jazz y tango.

Lino era un maestro en esos menesteres.

Llevaba toda una década asistiendo al centro comunitario para socializar y aprender nuevos pasos de baile.

Desde que enviudó optó por no encerrarse en la tristeza e intentar recuperar el tiempo perdido.

Trabajó duramente durante treinta y cinco años en una sastrería. Sus cuatro hijos lo dejaron solo para que rehiciera su vida afectiva. No los desgastara emocionalmente con sus achaques y exabruptos de borracho.

Nunca hacíamos referencias alusivas al tema. Una manera estratégica de no sentirnos más viejos y desvalidos, de lo que estábamos. Así que los fines de semana, Lino buceaba por los arrabales de Montreal, cazando pensionadas solitarias y despertando en camas ajenas o en bancas públicas, mientras llegaba el amanecer. Odiaba recibir la luz diurna en su habitación, desordenada y apestosa a sudor.

“A ninguna de estas señoras o señoritas les interesa conocer nuestra edad o el cuchitril donde el insomnio nos castiga”, reiteró Lino, después de restregarse con sus ajados y flacos dedos el delgado bigote plateado, de dandi pueblerino. “Lo que buscan es divertirse y echarse una canita al aire. Ellas saben que los viejos somos un desastre y que nuestros departamentos están llenos de cachivaches, botellas vacías y telarañas”.

En esta ocasión la suerte estaba de mi parte.

Una negra bustona y de nalgas como almohadones abandonó su mesa y me abordó sin mucho miramiento.

—Me fascinas como mueves las patas, chaparro, y de la pista de baile te llevo derechito a mi cama. Empecemos socio a desgastar piso…

Y acalorada por los whiskys y derrapes, me dijo que se llamaba Teresa Arantes, descendiente de uruguayos y amazónicos.

De algo no podía quejarme: de su gran apego al clarinete…

HEMEROTECA: 50.Hst.N.g30.abr.19

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