SANGRE GITANA

Por Everardo Monroy Caracas

la otra piel portada_Fotor3

El 3 de noviembre de 1945 nació Martín Gabeta en un recodo del Llano grande. El primer berrido trascendió a la una y tres de la mañana. Noche cerrada, sin luna y estrellas.

Niebla y humedad.

La criatura, toda amoratada por el frio, fue arropada con una frazada de lana por la mujer del cacique, Ana María Asunción Montoya.

El cacique Aldegundo Canales continuaba en la troje, dándole órdenes a la peonada.

En el cuadrante jardinado, impregnado de fragancias silvestres, los gitanos aguardaban la presencia de la madrota Clotilde Caracas.

La madre, Lina Carmona jamás conocería el destino final de su descendencia.

Hubo murmuraciones…

Martín Gabeta inclinaría la balanza a favor de su gente. De paso, tendría bajo su karma la viudez de su protector Adonay y la orfandad de sus hermanastros.

Católica ferviente, Ana María tuvo la paciencia de hojear el catecismo del padre Jerónimo Ripalda. Del pequeño libro de pasta forrada, herencia de su madre, extrajo un nombre: Martin.

 El 3 de noviembre, la grey católica conmemoraba el natalicio del peruano San Martin de Porres: misionero dominico, beatificado en 1837 por el Papa Gregorio XVI, casi doscientos años después de su muerte.

Adonay no quiso enterarse del estado de salud del recien nacido. Al amanecer abandonó la hacienda con el cadáver de su esposa en el carromato de Vlay Sandajé. Sus cinco vástagos, espigados y carilargos, lo acompañaban. Eran indiferentes a su tragedia. Lina no era su madre.

“El hijo de Lina Carmona dejó de ser gitano”, sentenció en tono sombrío Vlay, el viejo patriarca de melena blanca.

Y ordenó continuar la marcha a Zontecomatlán.

La caravana, integrada por dos docenas de gitanos provenientes de la Madre patria —como llamaban a la región de Andalucía— recorría, en cinco camionetas de redilas cubiertas de lonas, la huasteca veracruzana. Cada año, en los meses de marzo y abril, iban tras la caza de dinero y animales de corral. Sobraban incautos.

En las rancherías asediadas exhibían viejas películas en blanco y negro con un proyector de 16 milímetros, alimentado por una planta de energía eléctrica.

La pintoresca vestimenta de los gitanos, en colores vivos, atraía la curiosidad de los lugareños. Instalaban su campamento y un toldo poliédrico de cinco metros de altura en las orillas del pueblo.

Permanecían ahí dos días. Tiempo suficiente para timar y alegrar un poco a los niños y viejos.

Bajo aquel toldo circense, disfrutaban de las chapucerías, golpes, escapes, alegrías y sufrimientos de Charles Chaplin, H. B. Warner (en su papel de Jesús de Nazaret), Keaton Buster, Douglas Fairbanks (el Zorro) y Elmo Lincoln, el primer Tarzan del celuloide.

Las mujeres, ataviadas con faltriqueras, refajos y pañoletas de satín en colores brillantes, mendingaban y ofrecían sus servicios de adivinadoras del futuro.

En Huayacocotla les tenían estima por su tan singular habla y música. Jamás provocaban camorras o robos violentos. Sus principales víctimas eran las mujeres solteronas o los hombres desafortunados, añorantes de allegarse de pesos o dólares por un golpe de suerte.

Los Canales eran sus principales mecenas.

Durante su paso por Huayacocotla, Elfego Canales les regalaba diesel, maíz amarillo, frijol negro, piloncillo, sal y latas de manteca.

La mayoría de pobladores conocía la historia que ablandó el corazón del cacique.

En el verano de 1939, mientras dormía bajo la fronda de un chopo, fue pinchado por un escorpión de cabeza colorada. Su sobrino Juan Reyes intentó trasladarlo a un hospital de Tulancingo.

Durante el trayecto, en una camioneta Ford V-8, se cruzó con los gitanos y su recua.

El encuentro fue providencial.

La vieja curandera de gorro extremeño hizo su parte para salvarle la vida. Maceró con su propia saliva un puño de epazote, ajo y yerbas silvestres.

La masa verdosa y amarga terminó en el estómago del cacique.

En menos de dos horas, la fiebre y los espasmos desaparecieron.

Elfego Canales pudo recuperar la vista y el habla.

Desde entonces, todo gitano que se internara al territorio de los Canales, recibía ayuda material y protección de las autoridades. Hasta el cura Ignacio Guevara cesó, durante las homilías dominicales, en sus acidas críticas al grupo nómada de raíces húngaras.

El cura cuestionaba las prácticas paganas de esa raza gitana que, en torno a una fogata diabólica, baila, canta y se emborracha durante las noches de plenilunio.

Guevara tendría la encomienda de bautizar al recién nacido. Ante la venia de la Virgen María, lo llamaría Martin Gabeta, como el abuelo materno de los Canales.

En realidad, Martin Gabeta era hijo biológico de Aldegundo Canales.

Era un secreto a voces.

Y su esposa, Ana María Asunción Montoya, estaba al tanto de su infidelidad.

—o—

—¿El crio va a conservar el Gabeta del abuelo, Patrona?

Carmelo Torres preguntó sin apartar la vista del parabrisas.

Ana María, casi como un rezo, murmuró:

—Martín Gabeta, siempre será Martín Gabeta y estará bajo mis cuidados y enseñanzas. Aldegundo siempre quiso tener un gitano en la familia. Ya lo tenemos…

La vieja Clotilde prefirió callar y dormitar sobre la lona de la portezuela. Lamentaba ser la responsable de la infertilidad de Ana María.

El Patrón así lo quiso.

El ronroneo del jeep desencadenó otra andanada de ladridos.

HEMEROTECA: La reina del Pacifico – Julio Scherer Garcia

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