LOS FIGUEROA

Por Everardo Monroy Caracas

cover_FotorNos conocimos en la sede del periódico Uno más uno.  Don Manuel Becerra Acosta lo fundó en noviembre de 1977.

Rodrigo Huerta Pegueros laboró como corresponsal del diario en Acapulco. Yo, en la misma época, hacia lo propio en el estado de Morelos.

Dejé la corresponsalía por recomendación de René Arteaga, talentoso y gruñón reportero investigador de Uno más uno.

Me trasladé a la Ciudad de México, donde trabajé de reportero redactor en el departamento de corresponsales. Carlos Reynaldos fue mi jefe inmediato.

René, Don Manuel y Rodrigo se han ausentado de la tierra. El primero lo hizo el 22 de octubre de 1978, a los 50 años de edad; el segundo, el 24 de junio de 2000, a los 86 y Rodrigo, el 1 de junio de 2014, a los 65.

René Arteaga murió un mes antes de trabajar en las entrañas de Uno más uno. Sucedió durante la fiesta del primer aniversario del periódico.

El 14 de noviembre de 1978 intercambié mis primeras palabras con Rodrigo. Me invitó a pasar un fin de semana en el puerto, donde su padre, Pedro Huerta, dirigía el periódico Revolución, amigo personal del gobernador Rubén Figueroa.

—Tal vez el próximo año resida en Acapulco, mi segundo hogar… Es posible…—le confié a Rodrigo mientras degustaba un poco de ron Havana.

El barullo apenas nos permitía hablar en voz baja.

Rodrigo era aficionado al surfeo y al heavy metal. También, a usar lentes oscuros, tener una melena rizada y un mostacho grueso de puntas caídas.

Muy preciso al escribir, sin confrontar con los políticos que apoyaban su propósito empresarial. Siempre optaba por abrir puentes de colaboración con la casta divina guerrerense.

Sabía equilibrar la información para conseguir publicidad oficial.

 En Uno más uno, mi trabajo consistía en recibir, por teléfono, la información de los corresponsales de todo el país. Hacia las transcripciones en una ruidosa máquina de escribir mecánica.

En la mayoría de los casos era necesario rehacer las notas; darles un enfoque más noticioso e intentar ganar portada o un lugar destacado en la página tres.

Por lo mismo, hice vínculos de amistad con la mayoría de corresponsales.

Por temporadas cortas, me ausentaba del diario y laboraba en algunos periódicos locales de Chiapas, Guerrero, Oaxaca y Veracruz.

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En Acapulco, por esas fechas, ciento veinte mil colonos —de 355 mil censados—, estaban en resistencia ante la amenaza del gobierno estatal de desalojarlos de sus viviendas.

El bronco gobernador de Guerrero, Figueroa Figueroa  intentaba, por todos los medios, de sacarlos de las cumbres de los cerros adyacentes a la bahía, del Anfiteatro.

Las familias que aceptaran la reubicación recibían un lote y una vivienda en la colonia El Renacimiento, de nuevo cuño.

 El asentamiento, en proceso de urbanización, se encontraba  cerca de la carretera México-Acapulco, a la entrada del puerto.

Figueroa Figueroa basaba su decisión a lo costoso de dotar de electricidad, drenaje y agua potable a los 355 mil colonos del Anfiteatro.

 Las aguas negras contaminan la bahía y afecta al turismo, argumentaban los estudiosos del asunto.

 El estado de Guerrero enfrentaba los efectos de la guerra sucia. La guerrilla rural y urbana aun respiraba y era combatida con ferocidad por el gobierno.

Los periódicos y noticieros de radio y televisión estaban amordazados. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) tenía el control político del gobierno del estado y los ayuntamientos.

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Un primo del gobernador, Febronio Díaz Figueroa, fungía como presidente municipal de Acapulco. Era un palomo al vestir: blanca la guayabera, blanco el pantalón y blancos los calcetines y calzado.

El principal mérito de este personaje tan singular, de lentes oscuros y hablar costeño, fue el haber sobrevivido a un secuestro.

El mítico guerrillero Lucio Cabañas Barrientos retuvo por tres meses a su primo, entonces senador y candidato a la gubernatura.

En el operativo tambien fueron privados de su libertad, Febronio y la secretaria particular de Figueroa Figueroa.

Febronio se consideraba marxista y un gran bailarín. Le gustaba ser llamado el playboy del trópico.

El alcalde porteño amaba el buen coñac, las mujeres de cuerpo exuberante y trotar por el mundo con dinero público, bajo el argumento de promover al puerto.

Ignacio Ramírez, sagaz reportero investigador del semanario Proceso, festinaba las ocurrencias de Febronio. No cesaba de reír cuando recordaba sus encuentros con el alcalde.

En una ocasión, mientras comíamos en un restaurante de Chilpancingo, los corresponsales de varios periódicos nacionales, tuvimos la oportunidad de escuchar detalles de la memorable entrevista que le hizo a Febronio, a principios de mayo de 1979.

— ¿Y dónde dejó el marxismo, señor? —le preguntó Ignacio.

—Un hombre de cultura tiene que conocer esas corrientes y no simplemente de segunda mano, sino en su esencia; por esta razón me dediqué con profundidad a estudiar esta materia. Pero no sólo conozco esto, puede preguntarme de filosofía, de corrientes económicas, de literatura… pero, digo, que no se tome esto como presunción, porque estas materias las he estudiado con pasión.

—¿No claudicó?

—Señor, esas son cosas que, desde el punto de vista histórico, serán juzgadas a su debido tiempo. Todas esas gentes que vociferan contra el capitalismo y viven y se aprovechan de él, pues no son más que verdaderos farsantes. Yo creo que hablar del imperialismo es más bien hablar de preservar la nacionalidad, de defender a México, de desarrollarlo, de prolongarlo a la historia, de hacerlo vivir por muchos y muchos siglos y milenios si se puede.

—¿Es cierto que usted le habla al pueblo utilizando la dialéctica marxista?

—Bueno, mire usted, así como me oye platicando, platico siempre; así daba mis clases. Ahora les ofrecí dar clases gratuitas en la universidad, pero no me aceptaron.

—¿Por qué?

—No lo sé… tal vez porque ahora me consideran gente que le está sirviendo al gobierno.

—Se dice de usted que…

—Mire, a mí me han colgado muchas historias, gentes que son negativas. No soy una monedita de oro, acuérdese que hasta el dinero tiene cara y cruz, pero la gente me quiere; los pobres, la clase media y por qué no decirlo, una gran parte de la población, a pesar de que he sido terriblemente calumniado.

—¿A qué atribuye las calumnias?

—Todo hombre público tiene que decidir sobre problemas y en todos los problemas hay un pro y un contra. Pero yo siempre obedezco las leyes y a la justicia, de manera que quienes las violan tendrán motivos de resentimiento conmigo.

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En abril de 1979 tomé la decisión de irme a radicar a Acapulco y se lo hice saber por teléfono a Rodrigo.

—Vente brother —me dijo—, ya se lo dije a mi jefe y puedes colaborar con nosotros. Por casa y comida no te preocupes…

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