VIDA DE PERRO

Por Everardo Monroy Caracas

EL ESCUPITAJOLos dos perros charlaban frente al establecimiento de don Toribio Lara. Intentaban entender su condición de vagabundos.

La ciudad de La Piedad había perdido su grandeza.

Los habitantes dejaron de preocuparse por la conservación de sus calles y parques.

Optaron por encerrarse en su cotidianidad.

En manos de la delincuencia dejaron el comercio y el orden público.

De ahí el malestar de los perros labrador, sin dueño.

—Tú los ves entrar impunemente al pueblo… nomás así, en sus camionetotas, armados con cuernos de chivo y sin taparse la cara, y mira, hasta los policías los saludan y hasta les hacen caravanas…

El Pinto escuchó a su compañero y aleteó el rabo repetidamente.

El Huesos odiaba a los paramilitares. Habían asesinado a dos de sus mejores amigos: la Laica y el Duque.

Lo hicieron por divertimiento.

Les dispararon desde el atrio de la iglesia de San Nicolás, después de que el cura bendijo sus armas a cambio de quinientos mil pesos.

—Los perros no existimos, amigo —reflexionó el Pinto—, tenemos que acostumbrarnos a sobrevivir, como cualquier pelado

—Tenemos los mismos derechos que ellos —protestó el Huesos—, aquí nacimos y si estamos en la calle es porque fueron ejecutados o exiliados nuestros dueños…

—Mi recomendación es que pasemos desapercibidos para evitar las balaceras y no pelearnos con el carnicero y los empleados del rastro municipal…

—Siempre ha sido así, Pinto —acotó el Huesos luego de lamerse una pata y restregarla en su oreja derecha—. Lo que te quiero decir es que no es justo el trato que recibimos, solo porque unos sicarios jaliscienses tienen atemorizado al pueblo…

—¿Y entonces qué recomiendas?

—Organizarnos y atacar, defender nuestro derecho a la vida… —sugirió el Huesos. Después de hacer una breve pausa, agregó—: También tenemos que proteger nuestro territorio y no dejarnos asesinar con tanta impunidad…

La Piedad siempre había sido una comunidad tranquila, productiva y limpia.

 Los ciento tres mil seiscientos ochenta y tres habitantes, de acuerdo al último censo, vivían de la exportación del aguacate, piloncillo y café en grano.

Sus problemas empezaron al elegir a un alcalde, enemigo del gobernador y el Partido Nacional Revolucionario.

Hombres armados obligaron al candidato triunfador a abandonar el estado y de paso quemaron su casa, la empacadora de aguacates y los potreros.

En menos de cinco años, el pueblo se fracturó.

La delincuencia impuso sus normas y autoridades.

El Pinto fue abandonado por los Armenta a los pocos meses de haber nacido.

Los dos animales de pelambre y ojos negros como tizones, provenían de un mismo tronco: una cuadrilla de trece perros labrador, donados al ayuntamiento por un cónsul inglés. Sucedió dos años antes de las elecciones municipales.

El primer edil los rifó durante las fiestas patrias de septiembre.

Las familias Armenta y Mireles compraron los boletos ganadores.

El Pinto quedó en manos de Luis Armenta, uno de los productores de aguacate, y el Huesos con Rafa Mireles, médico de profesión.

 Por desgracia, eran adversarios políticos del gobernador.

El Pinto, luego de escuchar la descabellada sugerencia de su amigo, prefirió guardar silencio.

Sus camaradas de calle se comportaban como la mayoría de mujeres y hombres de La Piedad. Se traicionaban para sobrevivir y conservar su carnada.

El hambre y miedo los habían paralizado y convertido en leguleyos y soplones. Por esa razón, los paramilitares del Loco Tovar continuaban gozando de fortuna y buena salud.

—Es mejor morir de pie y con dignidad, que hincados y con cobardía… —recitó el Huesos, sin atisbar a su compañero de vagancia.

En esos momentos, don Toribio Lara salió de la carnicería. Les arrojó huesos y pellejos de res y conminó a retirarse.

El comerciante, viejo y achacoso por la artritis y abdomen de hipopótamo, estaba harto de los animales. Había decidido envenenarlos.

El Huesos y el Pinto serían sus primeras víctimas…

HEMEROTECA: A salto de imagenes – Jorge Ayala Blanco

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