LA LEGION

Por Everardo Monroy Caracas

los hijos5

Renna fue la primera en hablar con Marguerete Gallipeau.

La anciana apenas pudo reconocerla. Sus ojos semejaban un par  de  arándanos silvestres nadando en sangre.

Tenía el rostro amoratado.

La abuela balbuceó el nombre de Pierril, su hijo menor. El único sobreviviente del matrimonio Gallipeau-Doyen.

Los otros seis vástagos terminaron en frascos y en una caja de seguridad del banco.

—No hables, abuelita… Ahorita te atiende la enfermera…

La habitación, amplia y sin ventanas, estaba equipada con un tensiómetro-termómetro electrónico. Un cable salía del ordenador y terminaba en el antebrazo de la anciana.

Quince minutos antes del arribo de Renna, la desconectaron del respirador artificial. Se había regularizado su pulso y el movimiento pulmonar.

El cabello blanco, escaso y pegajoso, apenas sobresalía en la blancura de la almohada y las sábanas.

—Quiero hablar con Pier…

—Está con el jefe Garçan, abuelita…

—Me duele el pecho…

—Ya viene la enfermera, no te agites. Estás en buenas manos y ya nadie va a hacerte daño…

Y en efecto, una enfermera rubia, alta y fornida, hizo acto de presencia.  Observó el monitor cardiovascular y palomeó los pequeños recuadros de una hoja. Después, volvió la cabeza para enfrentar a la joven.

—Usted debe descansar —exclamó, mientras preparaba un pañal destinado a la anciana—. Su mamá sigue en la cafetería y su hermano dijo que iría a atender el restaurante de la familia…

—¿Cómo sigue mi abuelita?

—Salió del peligro. Es una mujer muy fuerte y está rodeada de amor, que es el mejor medicamento.

—Me llama la atención la fotografía del buro…

—Es monsieur Romano Mussolini durante su visita a Repentigny. Madame Marguerete la pidió, porque estuvo presente durante la recepción…

—¿Usted conoció al hijo del Gran Mussolini?

—Lo conocí muchacha y también a su madre, en Predappio.

Las pupilas azul acerado de la enfermera, evidenciaron emoción al evocar su viaje a la provincia de Forlì-Cesena, Italia.

—Sí —suspiró Renna—, mi madre me ha hablado mucho de sus encuentros con la viuda del Gran Duce…

Marguerete volvió a quejarse, sin inquietar a la enfermera.

—Y no te preocupes por los responsables de este cobarde crimen… —reveló la enfermera—, ya fueron aprehendidos con la ayuda de la policía aliada a la Legión…

Renna sonrió y abandonó el sillón. Pensó en hablar por teléfono.

—Gracias a Dios, sabremos qué pasó y por qué golpearon a mi abuelita.

—Te adelanto que son negros y adictos, unos asquerosos… pero es mejor que vayas con tu mamá y le des la noticia. No te preocupes por tu abuelita, está en buenas manos. Este hospital es seguro. Todos los doctores y  enfermeras seguimos de cerca el estado de salud de Madame Marguerete. Te confieso que yo fui una gran admiradora de tu abuelo, un excelente periodista y poeta. Extrañamos su ausencia…

Renna besó la frente de su abuela y salió de la habitación.

Cuando la joven entró a la cafetería, Mabelle hablaba por teléfono.

La nieve semicubría parte del ventanal.

El exterior era un mural perlado, lastimado por la nieve. El movimiento humano, apenas perceptible.

Su madre hizo un ademán para que tomara asiento.

Renna prefirió ir al mostrador y solicitar una taza de café y un sándwich de jamón y queso amarillo.

 Era la hora del almuerzo.

—Ya tienen a los desgraciados —le dijo a su madre al retornar—, pero por el momento no serán llevados ante un juez.

—¿Han dicho algo?

—Mucho, según Bela. Parece que solo recibieron órdenes de un mafiosito de Montreal, pero no quieren precipitarse.

—Pero ¿por qué a la abuela?

—En una hora viene Bela y nos da más detalles. Me invitó a ver a esos criminales, pero prefiero no hacerlo. Ya se lo comuniqué a tu padre y hermano. Octave se hará cargo del restaurante mientras siga mi suegra en el hospital.

—Me gustaría ver a esos desgraciados…

—¡Renna, eso no es cosa de mujeres!

—Te equivocas, mamá. Los Gallipeau tienen que conocer de primera mano lo que pasó en casa de mi abuelita…

Mabelle sintió admiración por su hija. La chica tenia veintiún años, dos menos que Octave.

Recordó que a esa edad prefería no asistir a las sesiones secretas de su padre o suegro con los legionarios de Repentigny, en su mayoría comerciantes y profesionistas.

Su madre, Madame Dionne, pintaba su raya.  En esas fechas, los soberanistas radicales, de filiación marxista-leninista, tenían la atención de los quebequés. Los fascistas debían combatirlos.

Por lo mismo, los nacionalistas católicos aguardaban su momento para salir de las catacumbas, como afirmaba su suegro.

Nunca bajarían la guardia.

La Legión tenía la misión de formar a sus futuros líderes políticos, principalmente a quienes controlaban los aparatos de seguridad y justicia. Todos de sangre quebequés, francosajones y católicos apostólicos.

La presencia de Philippe Gallipeau —primo de Pierril— y Bela Garçan impidieron que Mabelle comprometiera su palabra. Cedió ante la valentía de su hija para enfrentar a los canallas que torturaron  a su suegra.

El jefe de la policía, de expresión festiva y en uniforme, auguraba óptimas noticias.

Renna lo imaginó.

Y antes de devolver el saludo, exclamó:

—Yo iré con ustedes al interrogatorio de esos gorilas, tío… Ya tengo el permiso de mi madre…

HEMEROTECA: tvnoras2-4-

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