EL CELADOR

Por Everardo Monroy Caracas

chacal portada8 DE MAYO/I

El boulevard Pie-IX —nombre impuesto en alusión al Papa Pio IX— es irrelevante en su arquitectura. Ni la puesta del sol le saca brillo a sus construcciones.

Es una tripa grisácea, parda, poco limpia.

Su flora es escasa y los citadinos no ocultan su infelicidad al levantarse.

La tortura es incesante ante el continuo tránsito de los automotores.

Mide más de trece kilómetros y en sus extremos puntean las márgenes de los ríos San Lorenzo (al este) y De las Almejas (oeste). Lo bordean polvosos aparadores, naves industriales y viviendas poligeométricas y absurdas.

Montreal es una extremidad pedestre, calluda, con los dedos señalando al lado oriente.

El boulevard se encuentra a la altura del peroné y hiede a comburentes y desechos orgánicos.

La larga serpiente plomiza tiene un manchón verde del lado poniente: el parque Maisonneuve, donde construyeron un estadio olímpico y un jardín botánico.

Después de ese espacio cuadrangular, no mayor a un kilómetro de longitud, el pavimento se ha apropiado del boulevard. De ahí se desprenden callejuelas, bulevares y avenidas que cruzan de norte a sur o viceversa y alimentan de sangre humana a edificios, casas a la usanza victoriana y establecimientos comerciales.

Montreal cuenta con un transporte público dominado por el azul índigo. El boulevard Pie-IX jamás se sustrae a su presencia.

Las veinticuatro horas del día —durante todo el año—, cientos de autobuses se desplazan de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, de norte a sur o de sur a norte, sin dejar de rugir y ahumar a inmobiliarias y transeúntes. Esparcen su veneno y su rabia ante la exigencia de sus propietarios por llegar puntuales a sus centros de descanso, de esparcimiento, de consumo, de estudio o de trabajo.

La maldición de Sísifo en versión moderna.

Hombres y mujeres oxigenados por el papel moneda para sentirse útiles y sobrevivir.

En uno de los vagones del Metro, en compañía de Oscar Naranjo, dimensionaba mi reciente experiencia en aquella franja plomiza, también habitada por caribeños y centroamericanos.

 Silvestre poco se diferenciaba a los otros moradores castigados por su pasado de pobreza, encono y miedo.

Desde las siete de la mañana, puntual, cuchillo en mano, el salvadoreño se daba a la tarea de despellejar pollos y rescatar sus pechugas, blancas y suaves. Los trozos de carne iban amontonándose sobre una banda metálica. Otras manos, femeninas en su mayoría, las colocaban en charolas de poliestireno para ser enviadas a los supermercados.

—Por eso apesta a sangre descompuesta, porque lleva más de diez años en ese trabajo —reveló Oscar con un rictus de asco—. Por el cansancio no se baña y ya te imaginaras la peste que deja en la cocina… En la mayoría de las veces, prefiero comer afuera, en la calle, que guisar…

En su país, Silvestre era apodado El Garifo por el color quemado de su piel y la espesura rizada del cabello.

Imponía temor y respeto.

Ninguno de sus compañeros de uniforme o los prisioneros se atrevían a enfrentarlo, menos cuestionar su autoridad. No le gustaba socializar, bebía grandes cantidades de cerveza y su apego a las armas de fuego lo destacaron ante sus superiores.

 Era un buen tirador, disciplinado ante sus superiores y sanguinario con los infractores de la ley.

No se le conocía mujer o familia y entendían su proceder: ser policía carcelario significaba estar bajo la horma del crimen organizado y la inmoralidad administrativa de sus superiores.

Silvestre —según me confió Oscar Naranjo—, había asesinado con sus propias manos a los dos secuestradores de un industrial de Santa Ana, propietario de una maquiladora de estufas y televisores, construida a la orilla de la carretera Interamericana.

Los ex guerrilleros cobraron el rescate. Aun así, ejecutaron a su víctima. Lo destazaron y arrojaron sus despojos a un pozo artesiano.

Mientras levantaba leña, una mujer vio el momento en que se deshacían del cadáver y los denunció.

Los aprehendieron en la comunidad de Los Potrerillos de la Laguna, en una casa abandonada, semejante a una dacha con techo de palma y jarilla.

Los traficantes de madera la construyeron en las faldas del volcán de Santa Ana.

La viuda y los hijos del industrial, al enterarse de su detención, buscaron al director del centro penitenciario de alta seguridad. Le ofrecieron treinta mil dólares por aplicar la justicia salomónica. Aceptó. También estaba indignado por la saña que demostraron ante el parapléjico sexagenario.

El teniente Ríos le pidió a Silvestre ser el verdugo. En agradecimiento, recibiría quince mil dólares y una casa en San José de Costa Rica.

El jefe de celadores fue más preciso en sus exigencias:

—No, aparte del dinero, quiero que los parientes del empresario me saquen del país, porque quiero vivir en Canadá, donde tengo una hermana y tres sobrinos.

El policía estaba enterado, porque así quedó consignado en una de las actas ministeriales, que un hermano de la víctima laboraba de agregado cultural en la embajada salvadoreña de Canadá y residía en Ottawa.

Su demanda fue cumplido.

Tras confirmarse el trato, Silvestre ahorcó en su celda a los secuestradores, después de narcotizarlos. Los colgó con sus propios cinturones en los barrotes de la celda.

Los diarios de la ciudad consignaron que se trató de un suicidio pactado por los delincuentes, porque dejaron una carta póstuma firmada con su sangre.

Los internos y celadores conocían la verdad, pero no era un asunto de su incumbencia.

“Cada muerto con su cruz”, sentenció el teniente Ríos al entregar los cadáveres.

Los paramédicos del forense simplemente realizaron su chamba.

En agosto de 1982, Silvestre Peña llegó a Montreal en calidad de refugiado político.

Todo se le facilitó desde el instante que puso un pie en el aeropuerto internacional Pierre Elliot Trudeau. El taxi trepó por la rue Cote de Uesse, hasta detenerse, quince kilómetros más adelante, en la Pie IX. Ahí, el gobierno quebequés, a través de un trabajador social, le otorgó dinero y una vivienda cómoda y la oportunidad de estudiar francés en una de sus escuelas públicas.

Nada le faltaría mientras no alterara el orden público y se ajustara a las nuevas reglas del juego burocrático.

De portarse bien, en tres años obtendría la ciudadanía canadiense, como sucedió.

En el barrio donde se estableció radicaban haitianos, jamaiquinos y salvadoreños.

Ninguno de sus vecinos imaginó que aquel enorme mulato, de ojos de hiena, hosco y reservado, era un torturador y asesino.

Y un prisionero de los fármacos antidepresivos que consumía recurrentemente para apaciguar los infiernos interiores.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s