REPORTERO POLICIACO

Por Everardo Monroy Caracas

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No me sorprendió la noticia.

Mi propia curiosidad y apego a registrar asuntos sobre la inseguridad pública, tuvieron su desenlace laboral.

Sergio Melgar, oriundo de Chiapas, fue apartado de la fuente policiaca.

El Norte de Ciudad Juárez le ganaba notas al Diario. Publicaba hechos relevantes, obtenidos por pitazos de funcionarios de la Procuraduría General de la Republica.

El propietario del Diario no toleraba las debilidades reporteriles. Por lo mismo, ordenó el cambio del reportero de la fuente.

V, N, J y L me citaron en la oficina del primero.

V me informó que yo sería el nuevo reportero de la fuente policiaca.

—Vas a sustituir a Sergio Melgar… te encargarás de las fuentes de la PGR, Cereso, juzgados federales y barandilla…

Protesté:

 —No tengo vehículo propio y las fuentes están en puntos geográficos lejanos…

—Es tu problema —sentenció V—. Si algún fotógrafo quiere apoyarte, es cosa que le preguntes…

J avaló su comentario con un movimiento de cabeza.  N y L simplemente me observaron con un rictus de burla.

Me tienen de los guevos, pero se la van a pelar, pensé encabronado.

Hablamos así en la Ciudad de México cuando manos ajenas se apropian de tu capacidad de decidir.

La maldición de los asalariados.

Por lo pronto, ese sábado, viajaría al pueblo de Samalayuca. En ese asentamiento fronterizo —desértico y olvidado por el gobierno—, la delincuencia organizada traficaba con drogas, inmigrantes, automóviles robados, armas…

J sería el responsable de tomar las gráficas del reportaje.

—Si no tiene inconveniente, yo puedo apoyarlo en el traslado —me ofreció el jefe de los fotógrafos.

La fecha quedó registrada en mi diario personal: sábado 29 de junio de 1996.

El 28 y 29 de junio, el Diario publicó dos reportajes de mi autoría, relacionados al destino incierto de los agricultores del Valle de Juárez, víctimas de los caciques, la inmoralidad gubernamental y la contaminación de sus tierras productivas por las aguas negras de la ciudad.

La Maldición Citadina/I

 ZARAGOZA Y LA REALIDAD DE SU AGRO

Los comuneros y agricultores de Zaragoza viven sus últimos momentos de esplendor.

Los 176 ejidatarios —productores de algodón, sorgo, avena, alfalfa y frijol—, en breve, de no intervenir el gobierno de la República, pueden convertirse en personajes de museo, en trashumantes de la economía estadounidense o en simples jornaleros de sus propias parcelas.

En una palabra, ante los efectos destructivos de la contaminación de sus tierras y la falta de agua de riego —cara y escasa—, su único camino práctico para sobrevivir es malvender sus campos.

Y, como ya lo han hecho un sinnúmero de habitantes, emigrar a los Estados Unidos de Norteamérica.

 Otros —como las familias Maldonado y Gordillo—, han optado por abandonar su oficio de agricultores y convertirse en prestadores de servicios.

Hijos y nietos atienden dos balnearios domésticos, con sus modestas albercas, marisquerías y cervezas heladas a la entrada.

Su lucha, en sí, no ha sido fácil.

El pequeño productor de algodón en Zaragoza, Armando Maldonado, en trece palabras sintetiza el sentir de sus compañeros de aventura:

“Estamos, muy, pero muy tronados y no vemos por dónde está la salida”.

Y no es para menos.

La Comisión Nacional del Agua (CNA), como lo denuncia el señor Juan Gordillo —agricultor en desgracia—, tiene abandonado al 80 por ciento de los productores medios y pobres de Zaragoza.

El agua rodada del tratado internacional —de la Acequia Madre—, únicamente beneficia a los ricos productores de los 16 ejidos y a parte de la pequeña propiedad del Valle de Juárez.

El precio del algodón se encuentra en manos de los coyotes o prestanombres de empresas estadounidenses.

Por lo mismo, al cosecharlo a principios de septiembre temen que les ocurra lo experimentado en la siembra del año pasado: el desplome del precio del quintal y obtener más pérdidas que ganancias.

El inicio de su debacle económico.

En este ciclo agrícola, ante la devaluación del peso frente al dólar, algunos ejidatarios de Zaragoza se animaron y decidieron jugársela con la producción del algodón.

—Nosotros creemos que al pagarse el quintal de algodón con divisa americana, nuestras ganancias pueden ser mayores y así compensar la inversión —dice Estanislao Solís, rentista y posesionario de tierras agrícolas de ese ejido.

El principal problema que enfrentan antes de iniciar la preparación de la tierra —asegura—, es la falta de agua de riego.

La CNA, a través de la Asociación de Usuarios, es quien tiene la responsabilidad de programar la irrigación de los 200 campos agrícolas que hay en Zaragoza. Con una cuota oficial de 45 pesos por hectárea, en teoría existe un compromiso para recibir la dote del líquido en una fecha preestablecida. Sin embargo, en la mayoría de los casos no sucede así.

Juan Gordillo, subraya:

—En repetidas ocasiones nos vemos presionados por quienes tienen bajo su responsabilidad el manejo del agua. Desgraciadamente, es la falta de unidad la causa de que perdamos nuestra dignidad y nuestros intereses patrimoniales.

El agua de riego es monopolizado por una decena de familias, entre las que se encuentran los Hernández y Vargas: ricas y rentistas del Valle de Juárez.

El 70 por ciento de las 852 hectáreas del ejido Ignacio Zaragoza está sembrado de algodón. El resto, de frijol, alfalfa, avena y trigo.

Las 255 hectáreas de cultivos para consumo humano —la alfalfa es para los hatos ganaderos— son irrigadas con aguas negras y de rodada.

Ninguna autoridad sanitaria constata o evita que ello suceda.

135 kilómetros encanalados recorren con aguas contaminadas las tierras agrícolas, verdes y prolijas, del Valle de Juárez.

 Su punto de partida es en un lugar denominado Loma Blanca del ejido de Zaragoza.

Ahí, el canal de aguas residuales arrastra los desechos orgánicos e inorgánicos de un millón 200 mil habitantes de Ciudad Juárez. Se une a la Acequia Madre, abastecida por el Río Bravo.

Los 16 ejidos y las cinco mil hectáreas de pequeña propiedad dependen de sus beneficios.

—No nos queda de otra —asienta Armando Maldonado, propietario de quince hectáreas sembradas de algodón. Diez alquiladas y regadas con aguas contaminadas.

El 90 por ciento de las veinticinco mil 456 hectáreas del distrito de riego de Valle de Juárez son irrigadas con las aguas del drenaje citadino.

 La Acequia Madre alimenta a los ejidos de Zaragoza, San Isidro, San Agustín, Jesús Carranza, Tres Jacales, Juárez y Reforma, Guadalupe, Ahogadero, Práxedis G. Guerrero, Colonia Esperanza, Guadalupe Victoria, San José de Paredes, El Porvenir y Vado de Cedillos.

En Guadalupe existen tres mil 191 hectáreas de pequeña propiedad y en Práxedis G. Guerrero, dos mil 36. En ambas invierten dos mil 412 productores que, a su vez, en cada ciclo agrícola le dan empleo a 150 mil jornaleros.

En Zaragoza, dos productores —Manuel Hernández y José Vargas— rentan doscientas hectáreas de las 852 del ejido para la siembra de productos agrícolas.

Pagaron mil pesos por cada diez mil metros cuadrados para el ciclo primavera-verano.

Otros pequeños productores son dueños de dos a cinco hectáreas y tratan de imitarlos, Por ejemplo, Manuel Maldonado renta entre 10 a 15 hectáreas.

Las familias Fuentes y Zaragoza poseen un número indeterminado de campos, a decir de los lugareños.

Juan Gordillo, precisa:

—Para que el algodón concluya su ciclo de vida y pueda ser cosechado, es necesario aplicar cinco riegos desde el mes de marzo, cuando se inicia la preparación de la tierra. En agosto las irrigaciones deben hacerse cada veinte días. Sólo por este concepto, quienes posean cinco hectáreas sembradas le deben pagar a la CNA, mil 325 pesos.

La inversión total por hectárea algodonera es de dos mil pesos.  En caso de no dañarse la planta por alguna enfermedad, es posible cosechar seis pacas y obtener tres mil pesos.

De acuerdo a estimaciones hechas por Estanislao Solís, un agricultor con cinco hectáreas, puede obtener cinco mil pesos de ganancia.

Por su parte, Juan Gallegos asegura que son escasos los beneficios, si se toma en cuenta que, en el caso del algodón, es necesario laborar durante doce meses.

Y habla de su experiencia:

—En enero y febrero desyerbamos y preparamos la tierra; en marzo, sembramos y, a partir de ese momento, hasta principios o mediados de septiembre, iniciamos la cosecha. En algunos casos, este proceso puede concluir hasta noviembre. En diciembre viene la primera quema o limpia.

Una paca de algodón es adquirida a 80 dólares por los coyotes del estado de Puebla. Son prestanombres de empresas texanas o de Nuevo México. Los ejidatarios de Zaragoza denunciaron que sus ingresos varían al no existir precios de garantía.

—Aquí nos sujetamos todos al vaivén de la oferta y la demanda —acota Armando Maldonado.

Su gasto familiar lo cubre como empleado del balneario Los Sauces, propiedad de Juan Gallegos.

Su hermano Manuel, tiene un negocio similar. Sin embargo, por una rencilla de borrachos, el ayuntamiento juarense le canceló su permiso para la venta de cerveza.

Las familias Gallegos y Maldonado han logrado sobrevivir a sus debacles económicos. Otras, como los Ríos, Solís y Hernández, deben internarse a los Estados Unidos para trabajar y conseguir los ansiados dólares.  

Los productores entrevistados, coincidieron en una verdad: el 60 por ciento de las familias dedicadas a la agricultura en Zaragoza tienen parientes en Estados Unidos. No tuvieron suerte en los menesteres agrícolas del Valle de Juárez.

Estanislao Solís, explica:

—Lo práctico para nosotros es rentar las parcelas y vivir con ese dinero mientras se colocan nuestros parientes en algún jale con los norteamericanos. Quince o veinte años atrás podíamos jactarnos de que Zaragoza era el mejor ejido del Valle. Nadie nos ganaba en rendimiento por hectárea. Con la llegada de la industria maquiladora, nuestras tierras mermaron por el agua contaminada, llena de tóxicos que algunas arrojan al drenaje. Y pasamos del esplendor a la tragedia.

Y puntualiza:

—Nos la estamos jugando con la cosecha de algodón en este ciclo agrícola. De fallarnos el mercado o afectar las plantas la contaminación, quedaremos a expensas de quienes realmente monopolizan la tierra. En cinco años usted verá que poco a poco se irán vendiendo los campos y entrarán de llenos las inmobiliarias, los negociantes de bienes y raíces. Es el gobierno el único que puede ayudarnos. Nada más se requiere un poquito de voluntad política.

HEMEROTECA: Sobre el periodismo – Joseph Pulitzer

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