LA BARCA

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 La Barca es Chinahuatengo.

Es una ciudad jalisciense con sabor a provincia.

Sus hombres y mujeres cargan en la sangre el estigma del coloniaje francés del siglo XIX. Son de piel sonrosada y ojos vivarachos, como rescoldos aguamarinos del rio Lerma. El mismo que los separaba del territorio michoacano.

Es gente apegada a su terruño. Siempre lleva por delante su religiosidad.

Velarde lo advirtió al descender del autobús:

—La mayoría es mocha y no le gusta que los fuereños se metan en los asuntos del municipio. Tu nada más escúchalos y calla…Así te evitas problemas…Pero son buenas personas, muy trabajadoras y responsables… Jamás querrán hacerte algún daño…

Durante la década de los treinta, La Barca fue cuna de guerrilleros cristeros, liderados por sacerdotes católicos.

 Es la Virgen de Guadalupe su Santa patrona. En su honor, durante dos semanas de diciembre hay jolgorio. Lo realizan en la plaza de Armas y sus alrededores.

El templo de Santa Mónica apenas logra arropar a los feligreses que arriban de todas las rancherías lejanas y cercanas.

Miles de ceras, veladores e inciensos amenazaban con incendiar el altar mayor.

 Las cúpulas de cristal y palo dulce resguardaban a sus vírgenes, arcángeles, crucifijos, santos y santas.

Pensé ir a la iglesia para darle gracias a Dios por la oportunidad de seguir con vida.

Por simple instinto, olvidé orar por mi madre y hermanos. No quería contaminar mi presencia en una ciudad llena de verdor y olores agradables, a madroño y buganvilia.

Lo mismo ocurrió con Octavio. Dejó de estar presente.

—Aunque no seas feliz, debes darte a la idea de que lo eres m’ija, es lo mejor —sentenciaba Serela cada vez que regresaba a la cabaña, tras ser violada por mi padrastro.

Me sedujo La Barca.

Tuve deseos de abrazar a Velarde para agradecer su apoyo, en esos instantes confusos de mi vida.

 Me contuve.

Tenía ante mí a un hombre cargado de virtudes y defectos que aun desconocía.

Los demonios afloran en la persona cuando la confianza es plena y cercana. Eso algo normal en un país sin apego a las leyes, ni respeto a la vida.

El taxi nos dejó frente a una casona de muros encalados.

Tuve miedo y hasta deseos de defecar.

Lo primero que vi fueron dos polvosos ventanales de hierro dulce con terraza y un portón de madera, ancho y renegrido, por la humedad y el tiempo.

 La Plaza de Armas se encontraba a nuestras espaldas.

Y más atrás, del otro lado del quiosco, vislumbré un largo portal de cantera con arcos y columnas de piedra.

Después me enteraría que el profesor Velarde habitaba en la calle José María Morelos y Pavón, dentro del corazón de la ciudad.

En esos instantes, el vasto alumbrado público y la animosidad de los lugareños, le daban un gran esplendor al lugar, como si celebraran una fiesta en honor a mi arribo.

Los temores —y lo afirmo en plural— me impidieron gozar a plenitud aquella belleza arquitectónica. Aun evoco con añoranza las sonoras carcajadas de los lugareños, acicalados por los alipuses.

Una pareja joven saludó a Velarde, en el instante que empujaba el portón y encendía la luz.

—Ya lo extrañábamos —dijo la mujer de buen porte y mirada alegre.

Su pareja, de la misma edad, cargaba varios libros bajo el brazo.

Frente a nuestros ojos vislumbré un estrecho pasillo de losetas rosas, en medio de un cuadrante con follaje, flores, limonares y naranjos.

—Los espero mañana —dijo Velarde, después de despedirse de mano—y no es necesario que traigan sus papeles, porque en la delegación de la SEP tienen todo los documentos que les envió la normal donde se titularon.

El viejo profesor utilizaba como hábitat una parte de las oficinas del sindicato magisterial. Quiso cederme su cuarto y convertir en su cama un viejo sillón forrado con pana gris. Estaba arrinconado en la habitación contigua que utilizada como sala de espera.

—Si vamos a caber en el infierno, esto es peccata minuta, chamaca —justificó sin perder su buen humor.

Lo contuve.

Y sin meditarlo, exclamé:

—No maestro, su cama es grande y cabemos los dos. Y yo no quiero dormir sola, por favor…

Norberto Velarde me miró sin evidenciar sentimientos oscuros.

Mi permanente contacto con los hombres adultos, lascivos en su mayoría, me enseñó a conocer el tamaño y el brillo de las pupilas.

El profesor me imprimió confianza.

La tranquilidad retornó a mi estómago.

El viejo era pulcro y ordenado.

—¿Estás segura, muchacha?

—No se hable más maestro, que ya no soy una escuincla. Tengo veintidós años, y si voy a compartir su casa, lo que menos quiero es que usted se vea afectado con mi presencia…

—De todos modos para evitar habladurías —sugirió Velarde—, vamos a hacerles creer a los compañeros y padres de familia que eres una sobrina y que yo duermo en la oficina, mientras conseguimos otro lugar donde vivir…

—Si así lo quiere… —titubié—. Y nuevamente le doy las gracias por tenderme la mano, maestro.

Después de cenar conchas con nata y un vaso de leche tibia, Velarde encendió el televisor.

Ya en la cama, cada uno utilizó su propia almohada y una frazada de lana.

Dormí esa noche sin pesadillas o sobresaltos.

Ni los ronquidos del viejo mentor alteraron la placidez de mi sueño. Fueron trinos de felicidad.

HEMEROTECA: empire04-19-

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