TU AUSENCIA

Por Everardo Monroy Caracas

el infierno de gaalia11

La soledad es una atadura sin candado. Es el retorno al vientre y al sonido del agua.

Lo supe al momento de observar, desde mi cuarto, aun revuelto, el desplome del cielo y la conversión multicolor de la ciudad en un mojón de nieve.

Montreal no era la isla gris con manchones verduscos y brillantes. Semejaba un lomo albo, peludo, de un oso polar que se niega a morir.

     ¿Quién puede decirme que la felicidad se encuentra bajo la mascarada del guerrero vencido?

Llevo cinco meses aquí. Todo me apabulla y deprime.

He dejado de degustar el amaranto intáctil de Lluvia Amor y ablanda la tierra donde piso. Las calles tienen nombres de próceres e intelectuales: reminiscencias del colonialismo inglés. Palabras intermitentes que pululan.

Los metis, inuits y algonquinos siguen ausentes en la orografía de la ciudad. No sirven para la nomenclatura de los vencedores.

En el supermercado, la gente se arremolina en los estantes cargados de cerveza y botellas de alcohol. Manotea. La sidra desaparece y reaparece en los carritos que se desplazan a lo largo y ancho de ese portento arquitectónico. No faltan alimentos y bebidas salvajes.

     Ni para dónde ir.

Finalmente decido por dos botes de cerveza Bleu y compruebo sus alcances curativos: seis grados de alcohol…

…y supongo que con dos litros es suficiente.

 Después, me encamino al área de las carnes frías. Le solicitó a la encargada, en cofia blanca y mandil rojo, un pollo rostizado de diez dólares.

Por tratarse del 31 de diciembre, hay un regalo extra: medio kilo de papas fritas y un jarabe de tomate picante.

     Mi paso por la avenida Queen Mary es estruendoso. Chapoteo al pisar los charcos negruzcos de nieve derretida. Traigo las calcetas empapadas, por algún defecto de fabricación en las botas plásticas.

     El paso de los vehículos tiene en problemas a los transeúntes. Es casi imposible caminar sobre las banquetas. La nieve tiene la apariencia de un inmenso pantano de aguas lechosas y reptantes. Por lo mismo, el asfalto es el medio más seguro para desplazarse a pie.

El gobierno de la ciudad ha contratado los servicios de cientos de propietarios de camionetas equipadas con rastras metálicas para limpiar permanentemente las principales arterias. La sal ayuda a disolver la nieve que se amontona en las orillas.

     Las clases se reanudarán en la segunda semana del siguiente año. El mismo día que la ministra de Inmigración y Comunidades Culturales visitará el Centro de Educación para Adultos María Curie.

Catherine Pearcen lo anunció ante las cámaras de televisión. Le espera una gran fiesta, eso planean los directivos y maestros.

 No logro superar el estrés provocado por la presión pedagógica de Shou Liping. Desconozco los resultados del examen de francés, oral y escrito. Temo que repetiré el trimestre.

Difícilmente logro comprender esa jerga nasal y gargajienta.

El francés quebequés es mucho más sonoro, difícil de entender o pronunciar. Su jerga es única. Ha perdido su pureza original. Las palabras se acortan y escuchan en un rápido silbido.

     Los edificios rojizos o pardos trasudan nieve y los balcones y cornisas chorrean una intermitente lava blanca. Los arces —esqueletos maltrechos— carecen de piel y pelo. Todo es óseo, albo.

Las ardillas, los mapaches, las ratas y los pájaros les han perdido el respeto. No son comestibles, por el momento.

Los contenedores de basura son los principales abastecedores de alimentos.

     —¡Hey amigo, regálame una moneda! —el pordiosero está en cuclillas, de espaldas al muro de un comercio.

Es indiferente al clima.

La fría agua escurre por la sucia gorra de fieltro con orejeras y el chaquetón gris está oscurecido por la humedad.

No lo dudo.

Detengo mi marcha y le regalo cinco dólares. Es posible que los invierta en alcohol o cocaína. Me tranquiliza saber que poseo dos cigarrillos de marihuana en el bolsillo.

 “Si te piden, da y no preguntes”, repetía el abuelo y quedé inmerso en esa maldición.

“El que siembra, cosecha, no lo olvides”.

No se equivocó.

La marcha continua.

El nuevo año se acerca y el mundo se aleja.

Es el destino de la vida: el agua amniótica es el océano del mundo. Lo salado es dulce, mientras los ojos tengan lágrimas.

Leduc afirmó que quien mucho llora poco mea y le creo.

Es la tristeza eterna de los enamorados sin testosterona. Imaginemos al eunuco enamorado de una prisionera del Sultán Schariar.

     Veo la hora en la torreta del templo de la basílica de Saint Joseph.

Va a oscurecer y sigo cuerdo.

Los pies me duelen y cargo las cuatro bolsas plásticas con alimentos.

El año se va y suspiro.

El año se va como un suspiro y lo entiendo.

Suspiro…

Ella no está a mi lado y sufro. Maldigo su ausencia.

Lluvia Amor me ha condenado al martirio.

El revólver sigue en el mismo lugar, en una mochila de excursionista, embarrada de sangre y envuelta en una pantaleta negra.

     La nieve chapotea bajo mis pies y lastima los dedos.

Ni modo.

No cambiaré las botas. El italiano dijo la verdad. Mi libre albedrío me tiene en esa desastrosa condición.

No debo culpar al vendedor. Es su negocio.

—Muchas gracias, amigo —escucho a mis espaldas.

     El merci beaucoup es musical, como es el amor a la vida.

No detengo mi marcha ni volteo. Estoy por llegar al cuarto para emborracharme.

Debo trasponer la puerta, antes de empezar a llorar.

Lluvia Amor jamás volverá a calentar mi cama…

¡Hijos de su puta madre, como los aborrezco!

HEMEROTECA: tvnotas9-4–19

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