LAS CONSECUENCIAS

Por Everardo Monroy Caracas

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La juventud  nos impide dilucidar a plenitud.

El crecer en el medio rural nos aleja de la malicia cotidiana de la metrópolis.

Los lugareños de San Francisco de Limache eran campesinos y comerciantes. Tenían puestos sus ojos en la familia, la parcela, las fiestas patronales y la política comunal.

Todo transcurría con sana lentitud, sin alharacas. A través de la radio o la prensa escrita nos conectábamos con la realidad diaria: la actividad de los gobernantes y artistas o las catástrofes del país y el mundo.

En mi caso, a los 18 años, tenía mis ojos y pensamientos para Manuel Ernesto. Su presencia transitaba en mi subconsciente casi la mayor parte del día. Principalmente de noche.

Cada fin de semana aguardaba con ansiedad nuestro encuentro, bajo las sombras de la clandestinidad.

El haberle entregado mi virginidad, significaba quedar atado a él en cuerpo y alma. Estaba convencida de ello.

Mi familia pasaba a segundo término.

Lo mismo que el bufete jurídico donde laboraba o los amigos de la cuadra.

Tenía a Manuel Ernesto metido en la sangre.

Cada vez que respiraba, su presencia me acortaba el aire y deseaba con todo el corazón correr a su lado para escucharlo hablar o sentir sus ardientes labios sobre los míos.

La pasión de una jovencita carece de esclusas.

 Era la experiencia más maravillosa al alejarme de los problemas y temores.

Era la droga más adictiva por tratarse de un sentimiento de dependencia y martirio.

Era indiferente si la persona que amaba y deseaba carecía de honestidad y mentía.

El Chile de 1949 se iniciaba con una ley que favorecía políticamente a las mujeres, al obtener su derecho de sufragio en las elecciones parlamentarias y presidenciales. Desde 1934 participaba con su voto en los comicios municipales.

Emma era una de las promotoras del voto en San Francisco de Limache. Luchaba para obtener los  mismos derechos cívicos y políticos de los hombres.

 El Gringuito la apoyaba.

En las tertulias con los vecinos, el tema era abordado con vehemencia y a grandes gritos.

Los detractores del presidente Gabriel González Videla —había ascendido al poder en 1946 con el voto mayoritario de comunistas y demócratas— aseguraban que era un mandatario manipulado por su mujer, de origen alemán: Rosa Markmann Reijer.

Y había mucho de verdad.

Su cercana amistad con la principal lideresa feminista, Elena Caffarena, era del conocimiento público. Incluso, habían encabezado un mitin de mujeres frente al Congreso Nacional de Chile.

Sin embargo, en aquellas lides, mi único pensamiento se lo destinaba a la persona que amaba. Los asuntos políticos y domésticos pasaban a segundo término.

Cada sábado o domingo en tren viajaba a Valparaíso bajo el pretexto de ir a visitar a Frida.

En marzo de 1947, Doña Carmen, el cocinero de la zona naval y Manuel Ernesto, dejaron Playa Ancha  para vivir en una casa propia. En el número 82 de la calle Donatello del cerro Barón, a quince minutos de la Universidad Católica de Valparaíso y el muelle del mismo nombre.

La calle Donatello sobresalía en el asentamiento urbano por encontrarse en una loma. Desde ahí podría divisarse el mar y los atracaderos.

Las casas de un nivel con techo de teja ahogaban las callejuelas sin pavimento.

La Donatello no era la excepción. Colindaba con la avenida Alfonso Cano, una de las principales arterias del cerro Barón.

Era un barrio laberintico, edificado en una cumbre. Ahí, en el siglo XVIII, construyó su fortaleza el padre de la independencia chilena, Bernardo O’Higgins.

La flora escaseaba. En tiempos de lluvia las calles se convertían en unos riachuelos infranqueables.

Los González lograron edificar su casa de una planta y respirar el viento frio y salino del puerto.

La histórica cumbre era una fortaleza de gente recia, procedente de los atracaderos y con espíritu revolucionario. En 1795,  la municipalidad lo bautizó como cerro Barón, en memoria de O’Higgins, llamado el Barón Vallenary.

Manuel Ernesto me recibía en la Estación Central del Ferrocarril. De la mano, vagábamos durante el día y tarde por los muelles, el mirador de la avenida Altamirano y el parque Rubén Darío.

En los casi tres años de relación, nunca abordamos el tema del matrimonio o el intentar formar un hogar.

Manuel Ernesto, inmerso ya en la literatura marxista, consideraba al matrimonio como una célula burguesa, ajena a los principios de libertad e igualdad de género.

—El capitalismo solo quiere que la pareja sea una asalariada —recitaba— y que ustedes tengan hijos y sometan al hombre sin darles oportunidad de independizarse…

Yo poco entendía de esas cuestiones, por no leer literatura marxista. Avalaba sus dichos, pero en el fondo, lo único que me interesaba era estar a su lado para sentirme amada.

Manuel Ernesto repetía los textos o consignas escuchadas durante sus encuentros con militantes del Partido Comunista o el Partido Progresista Nacional.

 Desde un año antes, en 1948, los comunistas eran considerados proscritos, de acuerdo a la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, recién aprobada por el Congreso Nacional a iniciativa del presidente González Videla. También llamada Ley Maldita.

Lo que nunca imaginamos Manuel Ernesto y yo era que a principios de 1950, en la segunda semana de enero, algo empezaba a gestarse en mi interior y trastocaba mi salud.

El primer anuncio lo recibí a la media noche. Me vi obligada a correr al sanitario. Después de vomitar en el retrete, me senté en el piso tras experimentar mareos y un malestar abdominal. Supuse que algún alimento me había caído mal. Nada dije durante la mañana, sino al retornar del trabajo.

En la mesa del comedor se lo comuniqué a Emma.

—No te preocupes, hija —dijo mientras cenábamos—, si te sigues sintiendo mal, te llevo con el boticario…

HEMEROTECA: Muy Interesante USA 04.2019

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