PARQUE LAURIER

polvos ajenosLa gente entra y sale de la estación del Metro Laurier. Pisa rápido.

Te tranquiliza enterarte que el narcofestín es controlado. De no ser así, el despelote obligaría interrumpir el tráfico y cerrar comercios.

El día fenece.

No importa.

El parque luce brillante y alegre, como una estampa shakesperiana.

Y en plena primavera.

Los viejos desconfían de los jóvenes, por haber sido jóvenes.

Permite horrorizarte por la chica sin playera que exhibe sus senos, blancos y duros, de zagala.

La autoridad indemne, observa.

Retumban los aplausos.

Una cantante quebequés se desgañita.

La noche, larga.

La luna, oculta.

La luz crepuscular, ajena.

Los árboles, desnudos… dormitan.

La primavera intenta reverdecer.

Las feromonas y los andrógenos inoculan de concupiscencia….

El ciclo de la concepción está por revelarse…

Cita premonitoria la de Juan, el evangelista:

—En el principio era el Verbo… Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad…

Te niegas alejarte.

Afecta tu cordura la ausencia de Yvon.

Temes encontrarla en aquel aquelarre de alcohol y psicotrópicos.

Te faltan arreos para zambullirte en el bullicio y hurgar rostros.

No te atreves a demandarle apoyo a las dos parejas de policías.

Hacerlo, exhibiría tus miserias…

No es fácil ser negra y defender tu verdad de ser buena madre…

No es fácil…

Y menos en este barrio…

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