EL DESPERTAR DE TLALOC

sommus portada-SUEÑO 3

Tiritando despierto, sin importar los relámpagos azules que brotan del monitor.

Estoy atrapado en la pesadilla.

La jauría intenta salir del boquete.  Nuestra vida está amenazada.

El jueves recibí las llaves de manos del propietario. Nunca me advirtió de los oscuros secretos de la casona.

Clementina externó su preocupación al internarnos, caja en brazos. No le dio buena espina la obsequiosidad del argentino de ojos pardos y barba amarillada por la nicotina.

Atisbo en un sótano semipodrido. Huele a orines y humedad. Pilly me aseguró que el sonido de los arañazos partía de esa parte del inmueble.

Gala decía otra cosa: el problema estaba en el ático.

Yo intentaba tranquilizarlos:

—Es una construcción vieja… Seguramente hay ratas…

Después, las imágenes dieron un nuevo vuelco.

Los niños, aterrorizados huían de su habitación. Pilly llevaba la piyama desgarrada. Yo abrazaba una polvosa escopeta de perdigones e intentaba protegerlos.

Los animales eran enormes, cuadrúpedos. De pelo crespo y sudoroso y la testa cubierta por placas de obsidiana. Brotaban de donde antes estuvo el closets.

Clementina había desaparecido. Su blusón de dormir yacía intacto sobre la cama.

Una réplica de Tláloc, el dios nahuatlaca de la lluvia, pendía, como un dije, en la araña de cristal de la sala.

Irremediablemente seriamos engullidos por sus feroces guardianes de obsidiana.

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