EL JUEZ DE PLAZA

Por Everardo Monroy Caracas

fusilados24

Pueden forzarte a decir

cualquier cosa, pero no hay manera de que te lo hagan

creer. Dentro de ti no pueden entrar nunca.

George Orwell

El paralegal habló por teléfono con Eduardo. El permiso de trabajo le había llegado y era necesario solicitar el Social Insurance Number.

En la oficina del abogado invitó al periodista a tomar café en un  restaurante cercano, el Tim Horton. Normalmente era la sede de los canadienses de piel blanca. Los afrocanadienses preferían reunirse en el Coffee Times.

En la entrevista, Carlos aclaró varias dudas sobre el sistema migratorio del país. Le confirmó que un promedio de 250 mexicanos diariamente ingresaban al aeropuerto de Toronto. Una parte eran solicitantes de refugio.

De 1996 al 2000, los países suministradores de inmigrantes fueron China, India, Pakistán, Filipinas, Corea del Sur, Sri Lanka, Estados Unidos, Irán, Yugoslavia, Gran Bretaña, Taiwán, Rusia y Hong Kong. En años posteriores hicieron lo propio Guatemala, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Chile, Argentina, Paraguay, Ecuador, Uruguay y Colombia.

Los mexicanos centraban su pedimento de refugio en persecución policíaca, alentada por el crimen organizado, y abuso doméstico: maridos golpeadores protegidos por jueces venales y personajes mafiosos.

Otro tanto, aplicaba al considerar que su opción sexual era la causante de su trágica existencia: su entorno social o familiar estaba cargado de burlas, enconos, torturas o amenazas de muerte.

En México, principalmente en los estados de Chiapas, Querétaro y Guerrero. Dos centenares de homosexuales habían sido asesinados. Los testimonios de homofobia intentaban fundamentar su miedo y solicitaban la protección del gobierno canadiense. Argumentaban: Si me deportan seré asesinado.

No todas las historias estaban imbuidas en los asuntos domésticos o de homofobia.

Por ejemplo, un mexicano del norte del país, presentó una demanda de refugio político por un asunto relacionado a la apuesta y el narcotráfico.

Eduardo lo contactó y reconstruyó tan singular historia.

Joaquín López Rodríguez vivía con su esposa en un basement de la Victoria Park, y trabajaba en una empacadora de shampoo. Su ingreso lo complementaba con dinero del welfare.

El periodista escribió:

LA AMENAZA DEL GALLERO

Un millón de dólares apostaron y la pelea de gallos tendría lugar en la finca de Manuel Garibay Félix, capo del narcotráfico mexicano.

El 16 de abril de este año fue la fecha programada.

El juez de palenque, Joaquín López Rodríguez, jamás imaginaría que su decisión final lo convertiría en un solicitante de refugio político en Canadá ante el riesgo de perder la vida.

Su patrimonio de 30 años de trabajo continuo difícilmente lo volvería a recuperar.

Fue el regidor de mercados de San Luis Río Colorado, Sonora, quien lo contactó para ofrecerle trabajo de juez de plaza para una pelea de gallos.

Le dijo:

“Eres de los mejorcitos y quieren los apostadores que tu manejes la pelea”.

“¿De quiénes se trata, sólo por preguntar?”, inquirió Joaquín.

“Los Garibay y uno de los hermanos Félix Arellano”, fue la respuesta.

Joaquín no se inmutó.

Los doscientos mil pobladores de San Luis Río Colorado estaban acostumbrados a convivir con narcotraficantes, militares y policías. Una zona fronteriza de paso obligado de la marihuana y cocaína a los Estados Unidos.

El dinero abundaba.

Los hermanos Arellano Félix controlaban la parte oeste de la frontera mexicana y tenían su sede en Tijuana, Baja California Norte.

Dos de los seis hermanos purgaban condena en prisiones mexicanas, mientras uno, Ramón, había sido ejecutado en Puerto Vallarta, Jalisco.

Por el contrario,  solo uno de los hermanos Garibay tenía su área de influencia en una parte del estado de Sonora.

San Luis Río Colorado colindaba con Arizona y Baja California. Eran de su propiedad hoteles, restaurantes, centros nocturnos, avionetas y ranchos ganaderos.

 El capo entraba y salía a Yuma sin ser molestado por autoridad alguna.

Durante dos semanas se difundió ampliamente la pelea.

 El gallo colorado era propiedad de los Arellano Félix y el giro, de plumaje dorado, de los Garibay. El segundo animal había sido criado en una reservación india de Tohono O’Odham.

“¿De cuánto será la apuesta?”, preguntó Joaquín.

“Un millón de dólares y en «cash»”, dijo el regidor.

Joaquín se entusiasmó.

Una jugada de esa envergadura podría generarle entre 50 mil a 100 mil dólares.

Normalmente los apostadores se portaban espléndidos con los amarradores y jueces de plaza.

A Joaquín le correspondía anunciar el triunfo o la derrota de uno de los animales. Incluso, en algunas ocasiones entregaba personalmente el gallo ganador a su dueño.

Era una manera de congratularse.

Manuel Garibay tenía apego por la apuesta de gallos.

Tras purgar una condena de cinco años en la penitenciaría de Yuma, por posesión y tráfico de enervantes, regresó a su finca y reconstruyó su imperio.

Su crueldad no tenía límites.

La Procuraduría General de la República lo responsabilizó del asesinato de siete jovencitos, estudiantes de preparatoria, por haberle robado un cargamento de cocaína. Una de sus avionetas se desplomó en el desierto del Altar y el cargamento fue sustraído por los muchachos.

El narcotraficante les envió un aviso para que devolvieran la mercancía. Jamás dimensionaron el peligro con su negativa. Prefirieron malvender la cocaína en Mexicali.

Un comando de sicarios, bajo el mando del Chucky, los ejecutó. Los cuerpos fueron esparcidos en la orilla de San Luis Río Colorado.

Sábado 16 de abril, día de la apuesta.

Unos quinientos invitados se concentraron en el rancho de Manuel Garibay.

Políticos y policías hicieron acto de presencia.

La pelea estaba programada a las diez de la noche. La pachanga inició desde las dos de la tarde.

Tres mariachis y una banda norteña amenizaron el lugar.

Una veintena de prostitutas, importadas de Yuma, fueron las acompañantes oficiales de capos, políticos y lugartenientes.

Joaquín madrugó. Le pidió a su esposa la ropa que usaría durante la pelea de gallos. Vestiría como caporal: vaquera, corbata de moño y sombrero de palma entretejida.

Las botas de piel de avestruz relumbraban por los casquillos de oro macizo incrustados en las puntas.

El redondel fue construido en una de las galeras cercanas a la casona de dos niveles, estilo californiano.

Los comensales pudieron contemplar en las caballerizas una cuadrilla de caballos pura sangre.

El barullo tenía inquietos a los animales Godolphin Barb, importados de Inglaterra.

El palenque quedó cubierto por los invitados.

En dos extremos del círculo de madera fueron colocados los apostadores.

 Tejanas, chaquetines y camisas vaqueras, destacaban entre la concurrencia.

Joaquín, en entrevista, recuerda los pormenores de esa pelea.

Se trataba de un asunto poco común por el tamaño de la apuesta.

La gente andaba armada.

Y los pistoleros, encargados de la seguridad, usaban walkie talkie para comunicarse. Cargaban pistolas y fusiles metralleta.

Eduardo Arellano Félix se hizo presente. Gustaba usar ropa informal, a la usanza europea.

El juez de plaza anunció la pelea. Pidió a los amarradores que se hicieran presentes. Estos, acompañados de su ayudante, levantaron su gallo para ser observado por la concurrencia.

“¡Hagan su apuesta señores que la pelea va a comenzar. El gallo giro de Los Garibay, contra el colorado de los Arellano Félix!”, gritó el animador.

Mientras los amarradores hacían su faena, un mariachi entonaba La Muerte del Gallero.

El alcohol y la música ranchera entusiasmaban a los invitados.

Joaquín supervisó que el amarre de las navajas cumpliera con el requisito pactado —peso, metal, filo y tamaño— y confirmó que el pesaje de los animales fuera el correcto. Cubierto ese requisito dio la orden para iniciar el duelo.

El palenque quedó silenciado. Únicamente se pudo escuchar el aletear y golpeteo de los gallos.

“Nunca voy a olvidar el desarrollo de esa pelea”, dice Joaquín. “Claramente veo cómo el gallo giro antes de enfrentarse a su adversario, cantó en dos ocasiones. Luego echó a correr y chocó estrepitosamente con el giro, quien simplemente lo recibió con las patas en alto. Tuve que intervenir para separarlos porque se atoraron con las navajas. El giro empezó a chorrear sangre del pecho. Aun así no se inmutó, volvió al ataque y durante varios minutos se trenzaron en una encarnizada pelea que tenía a la concurrencia en un hito.”

En tres ocasiones, el juez asintió a que los amarradores contuvieran a sus gallos para intentar reanimarlos y detener sus hemorragias.

El colorado enfrentaba los sinsabores de las heridas. Manchones de sangre negruzca aparecieron sobre el suelo terregoso.

“Cuando la sangre toma ese color es que las lesiones son mortales”, dice Joaquín.

Las dos aves estaban malheridas. Su coraje natural las tenía en pie.

El gallo giro no logró levantarse, quedó patas arriba.

El colorado lo picoteó para desplomarse sobre el pecho de su adversario.

Ningún amarrador intentó intervenir.

El juez de plaza tendría que hacer su trabajo.

Los animales estaban muertos, pero uno de ellos, el giro, sin duda, se le adelantó a su adversario.

Joaquín tragó saliva y observó que cientos de ojos vidriosos lo observaban con atención.

 Él tenía la última palabra para decidir la gesta mortal.

No dudó.

“¡Ganó el gallo colorado de los Félix Arellano y perdió el gallo giro de los Garibay!”, exclamó con una voz ronca, de ultratumba.

Manuel Garibay no protestó. Se puso de pie y entregó el maletín. Lo recibioo un enviado de Eduardo Arellano.

Un amarrador le sugirió a Joaquín:

Pélate cabrón porque ya no vas amanecer”.

Por tratarse de una persona apreciada por los lugareños, el juez de plaza logró abandonar la finca a bordo de su camioneta.

Lo primero que hizo fue buscar a su esposa, comentarle lo ocurrido y pedirle que agarrara algunas pertenencias, dinero y documentos, y lo siguiera.

Joaquín buscó a uno de sus compadres que era taxista y los internó a Arizona. De ahí a Yuma.

En Phoenix adquirieron los boletos de avión para internarse a Canadá.

Lo hicieron a tiempo.

Un comando de cinco sicarios, encabezados por el Chucky, llevaba la consigna de ejecutarlo por no tomar la decisión correcta.

VIDEOTECA:

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